Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.
El cambio estructural y el reequilibrio son empresas formidables para cualquier economía. China se ha centrado en estos objetivos durante cinco años, con el propósito de transformar un poderoso pero desequilibrado modelo de crecimiento, basado en gran medida en las exportaciones y la inversión, en uno impulsado cada vez más por sus consumidores. El éxito es esencial si China quiere evitar la temida «trampa de los ingresos medios», es decir, la desaceleración económica que experimentan la mayoría de las economías en desarrollo de rápido crecimiento cuando alcanzan umbrales de ingresos comparables a los que China tiene hoy.
Los resultados han sido desiguales. China ha tenido un gran éxito en sus primeros esfuerzos por desplazar la estructura industrial de su economía de la manufactura a los servicios, que durante mucho tiempo se han considerado la base de las sociedades de consumo modernas. Pero ha avanzado mucho menos en el impulso del consumo privado. China ya no tiene más remedio que abordar de frente esta desconexión.
El desempeño del sector servicios de China ha sido especialmente impresionante en los últimos años, con una participación en el PIB que pasó del 44% en 2010 al 51,6% en los primeros tres trimestres de 2015, según las estadísticas oficiales. Eso supone casi el doble del aumento de cuatro puntos porcentuales que se había previsto inicialmente en el 12.º Plan Quinquenal, que está a punto de concluir.
Los avances han sido especialmente notables en los sectores de distribución (comercio mayorista y minorista), así como en las finanzas y el sector inmobiliario. Y el cambio de China hacia los servicios apenas acaba de comenzar. Debería extenderse a los servicios de tecnologías de la información, la atención sanitaria, el transporte nacional y la hostelería y el ocio, a medida que el sector en su conjunto avance hacia una participación del 60-65% del PIB en la próxima década.
En cambio, el crecimiento impulsado por el consumo ha tardado mucho más en materializarse. Tras tocar fondo en el 36% del PIB en 2010, la participación del consumo privado en el PIB subió hasta el 38% en 2014: un aumento de dos puntos porcentuales que equivale a apenas una cuarta parte de la magnitud del cambio hacia los servicios en la estructura de la economía.
Con su pericia en la planificación central, China siempre ha sido hábil para impulsar cambios en su estructura industrial, como demuestra el giro hacia un crecimiento impulsado por los servicios. Pero China, al parecer, es mucho menos competente para reproducir el ADN de una cultura de consumo moderna; en concreto, para modificar las normas de conducta de su población.
La desconexión entre el auge de los servicios y el lento crecimiento del consumo privado ha ido acompañada de un aumento constante de la tasa de ahorro urbano de China, hasta el 30% en 2014 (frente al 24% de una década antes). Esto ha ocurrido pese a un aumento significativo de la participación de los ingresos personales en la economía china, impulsado por el crecimiento del empleo en los servicios y el efecto de palanca de los ingresos derivado de la urbanización. Las familias chinas se han mostrado reacias a destinar buena parte de estos ingresos recién adquiridos al gasto discrecional.
La elevada y creciente tasa de ahorro urbano de China, en un contexto de vigoroso crecimiento de los ingresos per cápita refleja una persistente preferencia por el ahorro precautorio frente al consumo discrecional. Desafortunadamente, se trata de una respuesta racional ante el futuro incierto al que se enfrenta la mayoría de las familias chinas, agravado por la falta de una red de seguridad social fiable. Además, la preocupación por las provisiones insuficientes para la jubilación y la atención sanitaria está destinada a intensificarse a medida que una población que envejece rápidamente entra en la fase más vulnerable de su ciclo vital.
La buena noticia es que el 13.º Plan Quinquenal (que abarca el período 2016-2020), cuya aprobación está prevista para marzo de 2016, parece probable que aborde explícitamente estas preocupaciones. Las primeras indicaciones del Quinto Pleno del 18.º Comité Central del Partido Comunista de China, celebrado a finales de octubre, sugieren que el próximo plan se centrará en la pieza que falta para un reequilibrio impulsado por el consumo: una red de protección social sólida.
En este sentido, es particularmente importante la propuesta de unificar los planes rurales y urbanos de pensiones y atención sanitaria esencial, así como el compromiso de las autoridades de permitir que los trabajadores trasladen su hukou (permisos de residencia), junto con las prestaciones sociales asociadas, allá donde se desplacen. Para los 270 millones de trabajadores migrantes de China, la portabilidad de las prestaciones podría ser decisiva para desplazar el equilibrio del temor y el ahorro precautorio hacia la seguridad y el gasto discrecional. Igualmente significativo fue el énfasis del Quinto Pleno en utilizar el capital estatal para financiar una red de protección más robusta, mediante un aumento de los impuestos a las empresas estatales que se propuso hace un par de años.
Pero el avance más importante en la transformación de las normas sociales fue la política de planificación familiar, que sustituyó el límite de un solo hijo, vigente desde 1980, por un límite de dos hijos a partir de 2017. Orientado a abordar el grave problema del envejecimiento de China, no se pueden minimizar las consecuencias a largo plazo de este cambio, con demasiado retraso. A medida que cambie la unidad familiar, que es central en la herencia confuciana de China, también cambiará el carácter social y económico del país.
En los últimos 35 años, el poderoso modelo de crecimiento de China ha generado extraordinarios avances en términos de crecimiento y desarrollo económicos. Pero la rápida aplicación del cambio de la producción al consumo será vital si el país quiere mantener el rumbo y evitar la trampa de los ingresos medios. Ello requerirá resolver la desconexión entre el cambio estructural hacia los servicios y las normas de conducta que, en última instancia, determinarán los hábitos de gasto de su población.
Y eso significa superar la comprensible cautela de los hogares chinos ante un futuro incierto. Convertir el temor en confianza es una tarea ardua para cualquier sociedad, y China no es una excepción. El énfasis en resolver la desconexión macroeconómica de China, reflejado en el Quinto Pleno y un probable precursor de lo que cabe esperar en el próximo 13.º Plan Quinquenal, resulta, por tanto, muy alentador.
La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del World Economic Forum.
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Autor: Stephen S. Roach es miembro sénior del Jackson Institute of Global Affairs de la Universidad de Yale y profesor sénior de la Escuela de Administración de Yale.
Imagen: Una bandera nacional china ondea frente a la sede de un banco comercial en una calle financiera. REUTERS/Kim Kyung-Hoon.


