«Entre los economistas se ha reconocido ampliamente que “las instituciones importan”: los países pobres no lo son por carecer de recursos, sino porque carecen de instituciones políticas eficaces». Francis Fukuyama, *The Origins of Political Order*, vol. 1 (2009)
Para quienes trabajan en el desarrollo, es ineludible el hecho de que la política configura los entornos en los que trabajamos—y que nuestros programas pueden fracasar, y de hecho fracasan, cuando no tenemos en cuenta la política. Pero, a pesar de las crecientes pruebas de que el análisis de economía política (AEP) puede contribuir a nuevas formas de trabajar y, en última instancia, a mejores resultados, la agenda política sigue siendo lo que Thomas Carothers denomina una «casi revolución» en la práctica generalizada del desarrollo.
Hay muchos factores en juego: capacidad limitada del personal para abordar la política, incentivos burocráticos para cumplir los objetivos de préstamo y preferencia por las soluciones de mejores prácticas y los modelos institucionales. Muchos siguen sosteniendo que analizar la política, y mucho menos actuar sobre los hallazgos clave, no es asunto de los bancos de desarrollo ni de los organismos de ayuda. Esta resistencia se basa en varios argumentos —o mitos— que abordaré a continuación.
Mito 1: Existe un conjunto de intervenciones de desarrollo llamadas «ayuda técnica» (por ejemplo, en educación, salud, infraestructura, etc.) que están por encima del ámbito de la política, y otro conjunto llamado «ayuda política» (por ejemplo, en torno a las elecciones, los derechos humanos, etc.) que opera dentro de ese ámbito.
Sabemos que esta distinción es falsa: no existe tal cosa como la ayuda técnica o apolítica. Toda ayuda puede crear ganadores y perdedores, y reforzar o cuestionar a la élite política, a la burocracia o a la sociedad en su conjunto. Nos corresponde entender estos efectos y ser sensibles a las oportunidades y los riesgos.
Mito 2: La economía política es necesariamente la «ciencia lúgubre» de los problemas y las limitaciones, en vez de una disciplina centrada en las soluciones y las vías de avance:
Una de las razones para realizar un AEP es identificar y mitigar riesgos; asegurarnos de no invertir en intervenciones que probablemente fracasen; y evitar causar daño al reforzar inadvertidamente la captura por parte de las élites o el conflicto. Pero cada vez más, el AEP se utiliza de formas más positivas y orientadas a la acción:
La publicación del Banco Mundial del año pasado sobre *Problem-Driven Political-Economy Analysis* presentó varios ejemplos de cómo se ha utilizado el AEP aplicado para generar opciones de política alternativas y eliminar obstáculos políticos arraigados, por ejemplo, en torno a la reforma del sector eléctrico en Zambia y al uso de los ingresos procedentes de los recursos naturales en Mongolia. Un trabajo reciente del Overseas Development Institute ha demostrado el valor de los enfoques «políticamente inteligentes y liderados localmente», en los que los donantes apoyan a actores nacionales para que establezcan relaciones, negocien acuerdos y encuentren vías de avance. Esto incluye la notable labor de Asia Foundation para formar coaliciones de múltiples partes interesadas que impulsen reformas fiscales, sanitarias y de titulación de tierras urbanas en Filipinas, lo que ha generado enormes beneficios económicos, muy superiores a la pequeña inversión inicial de USAID y otros.
En DFID, ahora apoyamos varios programas que, de manera similar, trabajan a través de actores locales para superar obstáculos políticos en distintos sectores, entre ellos la energía hidroeléctrica en Nepal, la comercialización del arroz en Myanmar, y las reformas presupuestarias y del sector social en Nigeria ; de nuevo, con resultados alentadores.
Mito 3: Poner énfasis en la política resta importancia a los conocimientos técnicos y la especialización.
El mejor AEP debe combinarse con un conocimiento técnico profundo del tipo de políticas y reformas que probablemente generen los mayores beneficios para el desarrollo.
El valor añadido del AEP es que nos ayuda a pensar en «el arte de lo posible»: el punto óptimo entre lo técnicamente sólido y lo políticamente viable.
Mito 4: Los estándares de rigor y evidencia en el campo de la economía política son inferiores a los de otras disciplinas académicas.
Un AEP bien realizado emplea diversas técnicas cuantitativas y cualitativas para explorar los factores políticos subyacentes, las limitaciones y las oportunidades de cambio. Sin duda, hay margen para desarrollar metodologías más sistemáticas y parámetros de calidad.
Pero es importante reconocer que el AEP no es un arte oscuro y esotérico. Más bien, es un instrumento para ayudarnos a pensar de forma práctica sobre cómo superar los problemas de desarrollo del mundo real
. El AEP debería considerarse menos como un ejercicio puntual que se lleva a cabo en una etapa determinada del ciclo del programa y más como una forma de trabajar que sustenta todo lo que hacemos.
Mito 5: Tomarse en serio la economía política consiste en entender «a los de allí fuera» en vez de «a nosotros aquí dentro».
Hasta la fecha, la mayor parte del AEP se ha utilizado para entender los países en los que trabajamos. Sin embargo, siguiendo el espíritu del WDR 2015, también es importante entender nuestros propios incentivos burocráticos, sesgos profesionales y factores institucionales. Esto nos animará no solo a pensar de nuevas maneras sobre problemas antiguos, sino también a actuar de forma distinta para impulsar un cambio social, económico y político progresista.
En resumen, creo que los principales argumentos para evitar la política en nuestro trabajo diario se basan en supuestos erróneos, que no están respaldados por la evidencia ni por la experiencia.
Pero ¿qué opinan ustedes? ¿Qué haría falta para dejar atrás estos mitos y llevar un poco más lejos la «casi revolución»?
Este artículo se publica en colaboración con el blog *Governance for Development* del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para seguir al día con Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Stefan Kossoff colabora con el Banco Mundial.
Imagen: Un hombre pasa junto a edificios en el distrito central de negocios de Singapur. REUTERS/Nicky Loh.


