Un tratado de 700 páginas sobre economía, traducido del francés, no es precisamente una lectura ligera de verano, incluso para alguien con un nivel de geek admitidamente alto. Pero el pasado julio sentí la necesidad de leer El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, después de leer varias reseñas y de oír hablar de él a amigos.
Me alegro de haberlo hecho. Te animo a leerlo también, o al menos a una buena síntesis, como este resumen de The Economist. Piketty tuvo la amabilidad de hablar conmigo sobre su trabajo en una videollamada por Skype el mes pasado. Como le dije, coincido con sus conclusiones más importantes y espero que su trabajo atraiga a más personas inteligentes al estudio de la desigualdad de la riqueza y de los ingresos, porque cuanto más entendamos las causas y los remedios, mejor. También le comenté que tengo inquietudes sobre algunos elementos de su análisis, que compartiré más abajo.
Estoy muy de acuerdo con Piketty en que:
Los niveles elevados de desigualdad son un problema: alteran los incentivos económicos, inclinan las democracias a favor de intereses poderosos y socavan el ideal de que todas las personas han sido creadas iguales.
El capitalismo no se corrige solo hacia una mayor igualdad; es decir, la acumulación excesiva de riqueza puede tener un efecto bola de nieve si no se controla.
Los gobiernos pueden desempeñar un papel constructivo para contrarrestar esas tendencias de bola de nieve si así lo deciden.
Para ser claros, cuando digo que los niveles elevados de desigualdad son un problema, no quiero dar a entender que el mundo esté empeorando. De hecho, gracias al auge de la clase media en países como China, México, Colombia, Brasil y Tailandia, el mundo en su conjunto se está volviendo realmente más igualitario, y es probable que esa tendencia global positiva continúe.
Pero la desigualdad extrema no debe ignorarse ni, peor aún, celebrarse como señal de que tenemos una economía de alto rendimiento y una sociedad sana. Sí, cierto grado de desigualdad es inherente al capitalismo. Como sostiene Piketty, es intrínseco al sistema. La cuestión es qué nivel de desigualdad es aceptable. ¿Y cuándo empieza la desigualdad a causar más daño que beneficio? Es un tema sobre el que deberíamos debatir públicamente, y es estupendo que Piketty haya contribuido a impulsar ese debate de una forma tan seria.
Sin embargo, el libro de Piketty tiene algunos defectos importantes que espero que él y otros economistas aborden en los próximos años.
Pese a todos los datos de Piketty sobre tendencias históricas, no ofrece una imagen completa de cómo se crea la riqueza y de cómo se deteriora. En el núcleo de su libro hay una ecuación sencilla: r > g, donde r representa la tasa media de rendimiento del capital y g la tasa de crecimiento de la economía. La idea es que, cuando los rendimientos del capital superan a los del trabajo, con el tiempo se ampliará la brecha de riqueza entre quienes tienen mucho capital y quienes dependen de su trabajo. La ecuación es tan central en los argumentos de Piketty que él afirma que representa «la fuerza fundamental de la divergencia» y que «resume la lógica general de mis conclusiones».
Otros economistas han reunido grandes conjuntos de datos históricos y han puesto en duda el valor de r > g para entender si la desigualdad se ampliará o se reducirá. No soy experto en esa cuestión. Lo que sí sé es que la fórmula r > g de Piketty no distingue adecuadamente entre distintos tipos de capital con diferente utilidad social.
Imagina tres tipos de personas adineradas. Un hombre invierte su capital en construir su empresa. Luego está una mujer que dona la mayor parte de su riqueza a la beneficencia. Una tercera persona consume principalmente, gastando mucho dinero en cosas como un yate y un avión. Es cierto que la riqueza de las tres contribuye a la desigualdad, pero creo que las dos primeras aportan más valor a la sociedad que la tercera. Ojalá Piketty hubiera hecho esta distinción, porque tiene importantes implicaciones para las políticas públicas, a las que llegaré más adelante.
Más importante aún, creo que el análisis r > g de Piketty no tiene en cuenta fuerzas poderosas que contrarrestan la acumulación de riqueza de una generación a otra. Coincido plenamente en que no queremos vivir en una sociedad aristocrática en la que las familias ya ricas se enriquezcan simplemente viviendo de sus laureles y cobrando lo que Piketty denomina «ingresos de rentista», es decir, los rendimientos que obtienen las personas cuando permiten que otros usen su dinero, sus tierras u otros bienes. Pero no creo que Estados Unidos se parezca en nada a eso.
Echa un vistazo a la lista Forbes 400 de los estadounidenses más ricos. Alrededor de la mitad de las personas de la lista son emprendedores cuyas empresas han ido muy bien (gracias al trabajo duro, pero también a mucha suerte). Contrariamente a la hipótesis del rentista de Piketty, no veo en la lista a nadie cuyos antepasados compraron una gran parcela de tierra en 1780 y hayan estado acumulando riqueza familiar cobrando rentas desde entonces. En Estados Unidos, ese dinero antiguo ya desapareció, a través de la inestabilidad, la inflación, los impuestos, la filantropía y el gasto.
En la historia de las industrias exitosas se puede observar una dinámica de deterioro de la riqueza. A comienzos del siglo XX, Henry Ford y un pequeño número de otros emprendedores tuvieron mucho éxito en la industria automovilística. Poseían una enorme cantidad de acciones de empresas de automóviles que lograron una ventaja de escala y una rentabilidad masiva. Estos emprendedores exitosos eran la excepción. Muchas más personas, incluidos numerosos rentistas que invirtieron la riqueza familiar en la industria automovilística, vieron cómo sus inversiones fracasaban en el periodo de 1910 a 1940, cuando la industria automovilística estadounidense pasó de 224 fabricantes a 21. Así que, en lugar de una transferencia de riqueza hacia los rentistas y otros inversores pasivos, a menudo ocurre lo contrario. He visto el mismo fenómeno en funcionamiento en la tecnología y en otros campos.
Piketty tiene razón en que existen fuerzas que pueden llevar a una riqueza que crece como bola de nieve (incluido el hecho de que los hijos de personas adineradas suelen tener acceso a redes que pueden ayudarles a conseguir prácticas, empleos, etc.). Sin embargo, también hay fuerzas que contribuyen al deterioro de la riqueza, y Capital no les concede suficiente peso.
También me decepciona que Piketty se centrara tanto en los datos sobre riqueza e ingresos y descuidara por completo el consumo. Los datos de consumo representan los bienes y servicios que compran las personas, incluidos alimentos, ropa, vivienda, educación y salud, y pueden aportar mucha profundidad a nuestra comprensión de cómo viven realmente las personas. Particularmente en las sociedades ricas, la perspectiva de los ingresos no da realmente una idea de qué es lo que hay que corregir.
Hay muchas razones por las que los datos de ingresos, en particular, pueden ser engañosos. Por ejemplo, una estudiante de medicina sin ingresos y con muchos préstamos estudiantiles aparecería en las estadísticas oficiales como si estuviera en una situación desesperada, cuando es posible que tenga unos ingresos muy altos en el futuro. O un ejemplo más extremo: algunas personas muy ricas que no trabajan activamente aparecen por debajo del umbral de pobreza en los años en que no venden acciones ni reciben otras formas de ingresos.
No es que debamos ignorar los datos sobre riqueza e ingresos. Pero los datos de consumo pueden ser incluso más importantes para comprender el bienestar humano. Como mínimo, muestran una imagen diferente – y en general más optimista – de la que dibuja Piketty. Idealmente, me gustaría ver estudios que combinen datos de riqueza, ingresos y consumo.
Aunque hoy no tengamos una imagen perfecta, sabemos lo suficiente sobre los desafíos como para actuar.
La solución favorita de Piketty es un impuesto progresivo anual sobre el capital, en lugar de sobre los ingresos. Sostiene que este tipo de impuesto «permitirá evitar una espiral desigualitaria interminable, preservando al mismo tiempo la competencia y los incentivos para nuevas formas de acumulación primitiva».
Estoy de acuerdo en que la tributación debería desplazarse y dejar de gravar el trabajo. No tiene ningún sentido que el trabajo en Estados Unidos esté gravado tan fuertemente en relación con el capital. Tendrá aún menos sentido en los próximos años, a medida que los robots y otras formas de automatización empiecen a realizar cada vez más de las tareas que hoy llevan a cabo los trabajadores humanos.
Pero, en lugar de avanzar hacia un impuesto progresivo sobre el capital, como preferiría Piketty, creo que lo mejor sería un impuesto progresivo sobre el consumo. Piensa en las tres personas adineradas que describí antes: una que invierte en empresas, otra en filantropía y otra en un estilo de vida lujoso. No hay nada malo en la última, pero creo que debería pagar más impuestos que las demás. Como señaló Piketty cuando hablamos, es difícil medir el consumo (por ejemplo, ¿deberían contar las donaciones políticas?). Pero, por otra parte, casi todos los sistemas tributarios, incluido el impuesto sobre el patrimonio, tienen desafíos similares.
Al igual que Piketty, también soy un gran defensor del impuesto de sucesiones. Permitir que los herederos consuman o asignen capital de forma desproporcionada, simplemente en función de la lotería del nacimiento, no es una forma inteligente ni justa de asignar recursos. Como le gusta decir a Warren Buffett, eso es como «elegir al equipo olímpico de 2020 escogiendo a los hijos mayores de los ganadores de medalla de oro de los Juegos Olímpicos de 2000». Creo que deberíamos mantener el impuesto de sucesiones e invertir lo recaudado en educación e investigación, la mejor manera de fortalecer nuestro país de cara al futuro.
La filantropía también puede ser una parte importante de la solución. Es una lástima que Piketty le dedique tan poco espacio. Hace un siglo y cuarto, Andrew Carnegie era una voz solitaria que animaba a sus pares adinerados a devolver una parte sustancial de su riqueza. Hoy, un número creciente de personas muy ricas está comprometiéndose a hacer precisamente eso. La filantropía bien ejercida no solo produce beneficios directos para la sociedad, sino que también reduce la riqueza dinástica. Melinda y yo creemos firmemente que la riqueza dinástica es perjudicial tanto para la sociedad como para los hijos implicados. Queremos que nuestros hijos se abran camino en el mundo por sí mismos. Tendrán todo tipo de ventajas, pero les corresponderá a ellos construir sus vidas y sus carreras.
El debate sobre la riqueza y la desigualdad ha generado mucha tensión partidista. No tengo una solución mágica para eso. Pero sí sé que, incluso con sus defectos, el trabajo de Piketty aporta al menos tanta luz como calor. Y ahora tengo muchas ganas de ver investigaciones que arrojen más luz sobre este tema tan importante.
Publicado en colaboración con LinkedIn
Autor: Bill Gates es cofundador y presidente de Microsoft Corporation y copresidente de la Fundación Bill & Melinda Gates.
Imagen: Torres residenciales de gran altura en construcción se ven detrás de un antiguo edificio residencial en el centro de Mumbái el 9 de septiembre de 2011. REUTERS/Vivek Prakash


