En las economías modernas, las personas pueden tener empleo, pero aun así albergan importantes preocupaciones en una amplia gama de ámbitos, como la seguridad, la salud y el equilibrio entre vida laboral y personal, los ingresos y la distribución, la formación, la movilidad y las oportunidades. Al centrarse únicamente en la tasa de desempleo, los responsables de políticas ignoran las múltiples dimensiones del empleo que afectan al bienestar.
Durante gran parte del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, la política económica se ha centrado en el desempleo. Las enormes pérdidas de empleo de la Gran Depresión, que solo se revirtieron cuando la Segunda Guerra Mundial y la enorme deuda acumulada para financiarla impulsaron el crecimiento económico, dejaron una huella duradera en al menos dos generaciones. Pero el empleo es solo una faceta del bienestar y, en el mundo actual, no es suficiente.
Los patrones de crecimiento entre la Segunda Guerra Mundial y alrededor de 1980 fueron en gran medida benignos. Hubo recesiones, pero el desempleo se mantuvo bajo. La participación del trabajo en la renta aumentó gradualmente, y los grupos de ingresos medios, en particular, lograron mayor prosperidad y movilidad ascendente. En Estados Unidos y en otros países, el mandato del banco central era sencillo: mantener el pleno empleo y controlar la inflación.
Esta mentalidad centrada en el desempleo perdura hoy en día. Se refleja, por ejemplo, en los debates sobre la inteligencia artificial y la automatización, que se centran cada vez más en los temores al desempleo tecnológico. Se considera que la economía estadounidense es relativamente sólida, porque el desempleo se encuentra en mínimos históricos, el crecimiento es moderado y la inflación está contenida.
Pero los patrones de crecimiento benignos de hace unas décadas ya no existen. Cierto es que hay economías cuyos principales problemas sí radican en el crecimiento y el empleo. En Italia, por ejemplo, el crecimiento del PIB ha sido insignificante durante dos décadas, y el desempleo sigue siendo elevado, por encima del 10 %, con un desempleo juvenil que alcanza casi el 30 %. De manera similar, en las economías en desarrollo en fase inicial, el objetivo principal y prioritario de la política es el crecimiento del empleo, para ofrecer oportunidades a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral y a las personas pobres y subempleadas en los sectores tradicionales.
Sin embargo, los empleos son solo el primer paso. En las economías modernas, los desafíos del empleo son multidimensionales, ya que las personas empleadas albergan importantes preocupaciones en una amplia gama de ámbitos, como la seguridad, la salud y el equilibrio entre vida laboral y personal, los ingresos y la distribución, la formación, la movilidad y las oportunidades. Por ello, los responsables de políticas deberían ir más allá de las medidas sencillas de desempleo y considerar las múltiples dimensiones del empleo que afectan al bienestar.
Consideremos la seguridad laboral. En periodos de rápido cambio estructural, se crean, destruyen y transforman empleos, y cambian las competencias que demanda la fuerza laboral. Incluso con políticas y programas de apoyo, esto genera inseguridad; la situación empeora considerablemente cuando el Estado abandona la escena.
Incluso cuando los trabajadores no han perdido su empleo, su bienestar puede verse menoscabado por el temor a perderlo. Al fin y al cabo, en una época de niveles de desigualdad de la riqueza cada vez más extremos, relativamente pocas personas tienen capacidad para autoasegurarse frente a perturbaciones repentinas en el empleo y los ingresos o para invertir fuertemente en recualificación. Según una encuesta reciente de la Reserva Federal de Estados Unidos, cuatro de cada diez adultos estadounidenses no podrían cubrir con efectivo un gasto inesperado de 400 dólares.
En este contexto, el diseño y la cobertura de los sistemas de seguridad social y de los servicios sociales cobran aún más importancia. Sin embargo, lejos de reforzar las redes de protección social, algunos gobiernos y empresas intentan ahorrar dinero externalizando funciones relacionadas con prestaciones como la atención sanitaria, las pensiones y el seguro de desempleo.
Otra dimensión del desafío del empleo son los ingresos. Se ha documentado un patrón de creciente polarización del empleo y de los ingresos en la mayoría, si no en todas, las economías desarrolladas, impulsado en parte por la creciente brecha entre la productividad (en alza) y la remuneración (estancada) de muchos empleos de ingresos bajos y medios.
Como muchos empleos de baja cualificación se han trasladado al extranjero o han sido automatizados, la oferta de mano de obra para trabajos no automatizables en sectores económicos no comercializables se ha ampliado. La menor productividad marginal de la mano de obra poco cualificada, junto con el debilitamiento de los mecanismos efectivos de negociación colectiva, ha contribuido a alimentar la desigualdad de ingresos. Aunque las medidas compensatorias, como las políticas fiscales redistributivas, han mitigado en cierta medida la tendencia en algunos países, no han logrado revertirla.
Una tercera dimensión del desafío del empleo es la equidad. La mayoría de las personas entiende que las economías basadas en el mercado no producen resultados totalmente iguales, debido a las diferencias en capacidades y preferencias. Pero la aceptación generalizada de la desigualdad exige que esta sea moderada y basada en el mérito. La desigualdad extrema, basada en un acceso privilegiado y no fundado en el mérito a las oportunidades y a la remuneración (algo que puede observarse en muchos países hoy en día), es socialmente corrosiva.
Esto está estrechamente relacionado con una cuarta cuestión: las perspectivas de movilidad ascendente. En cierta medida, la desigualdad de oportunidades puede estar sobrestimada en la actualidad, al menos en Estados Unidos. Se suele asumir que, una vez que una persona logra integrarse en una red determinada (por ejemplo, cursando estudios en una universidad de la Ivy League), su acceso a oportunidades laborales y, por tanto, sus perspectivas de avance social y económico mejoran sustancialmente.
Sin duda, hay algo de verdad en ello. Los mercados tienen estructuras de red, que pueden no aparecer en la mayoría de los modelos, pero que importan en casi todos los ámbitos. Algunas de estas estructuras, como los mecanismos para transmitir información fiable, son benignas. Otras, como las que se racionan según la clase social o, hoy en día, la riqueza, son más problemáticas.
Por ejemplo, como demuestra el reciente escándalo de admisiones universitarias que involucró a ocho prestigiosas universidades estadounidenses, los padres con recursos han podido comprar la entrada de sus hijos en la élite educativa. Pero, si bien un título de una universidad de primer nivel puede abrir puertas, ya sea señalando una capacidad extraordinaria o confiriendo la pertenencia a influyentes redes de antiguos alumnos, esa no es ni mucho menos la única forma de acceder a oportunidades valiosas.
En Estados Unidos, en particular, existe un gran número de instituciones de educación superior de calidad, tanto públicas como privadas, con graduados destacados en una amplia gama de ámbitos, desde los negocios hasta las artes y la educación. Por tanto, las vías hacia las oportunidades no son, ni mucho menos, tan estrechas como muchos creen.
Esto no quiere decir que la disminución de la movilidad ascendente, tanto en relación con el pasado como en comparación con otros países occidentales, no sea un problema. Por el contrario, se ha realizado investigaciones útiles sobre las causas de esta tendencia, y estas investigaciones deberían orientar las políticas.
Y ese es precisamente el punto: no existen soluciones sencillas. Una cifra, la proporción de personas con empleo, ya no puede considerarse suficiente para medir la salud de una economía, y mucho menos el bienestar de su fuerza laboral. Eso requerirá un enfoque matizado que aborde las múltiples dimensiones del empleo que afectan al bienestar humano.



