En los 25 años anteriores a la Gran Recesión de 2008-2009, Estados Unidos vivió dos recesiones breves y leves y dos expansiones sólidas y prolongadas. A escala mundial, los ingresos crecieron con rapidez; la inflación se moderó y los mercados bursátiles prosperaron. Además, la recuperación tras la última gran recesión, a principios de la década de 1980, dio paso a un cuarto de siglo de resultados macroeconómicos de una solidez y estabilidad sin precedentes. Esta vez, sin embargo, el retorno al crecimiento ha sido mucho más difícil.
La recuperación de Estados Unidos desde la Gran Recesión ha sido irregular, con repuntes del crecimiento que una y otra vez se han desvanecido. De hecho, el país no ha registrado tres trimestres consecutivos de crecimiento del 3% en una década. Aunque los precios más bajos del petróleo están ayudando a los consumidores, ese beneficio queda parcialmente contrarrestado por una menor inversión en energía, y los efectos de la fortaleza del dólar serán aún mayores.
Estados Unidos no es el único. Aunque la mayoría de las economías europeas vuelve a crecer, impulsada por los menores precios del petróleo y la depreciación de sus monedas, el ritmo de la expansión sigue siendo anémico. Del mismo modo, la recuperación de Japón sigue siendo frágil, pese a los decididos esfuerzos del Gobierno. Incluso las principales economías emergentes, que supuestamente serían motores del crecimiento mundial en los años venideros, atraviesan dificultades: China e India han desacelerado su marcha, y Brasil y Rusia están en recesión.
Cuando un auge o una recesión se prolonga tanto, empieza a parecer que continuará indefinidamente. Seis años después de la crisis, algunos economistas destacados se preguntan si la insuficiencia de la inversión o la disminución de los beneficios de la innovación tecnológica han sumido a la economía mundial en una «nueva normalidad» de menor crecimiento y mejoras lentas, si las hay, en los niveles de vida. Algunos economistas llaman a esto «estancamiento secular» : una forma rimbombante de decir que los buenos tiempos se han acabado para siempre. ¿Tienen razón?
El crecimiento económico total equivale, aproximadamente, a la suma del crecimiento de las horas trabajadas (un aumento del número de trabajadores o de las horas que trabajan) y de la productividad (la producción por hora trabajada). Si la productividad mejora un punto porcentual en un año, la mejora del nivel de vida durante la generación siguiente aumentaría en un tercio. Con el tiempo, una mejora de la productividad de incluso una fracción de punto porcentual tendría consecuencias enormes.
La productividad puede elevarse mediante la inversión de capital, la innovación tecnológica y las mejoras en los conocimientos y las competencias de la fuerza laboral, aunque los economistas discrepan sobre cuál de estos factores tiene mayor impacto. Según mi investigación junto con Larry Lau, la tecnología ha desempeñado el papel más importante en el aumento de la productividad de las economías del G-7 desde la Segunda Guerra Mundial.
En vista de ello, el descenso del crecimiento de la productividad en Estados Unidos —que desde 2010 ha promediado apenas un 0,7% anual— ha llevado a algunos observadores a atribuir la desaceleración a la insuficiencia de los avances tecnológicos. Estos pesimistas, como el economista Robert Gordon, sostienen que es improbable que las nuevas innovaciones mejoren la productividad de forma tan fundamental como lo hicieron la electricidad, los automóviles y las computadoras en el siglo pasado.
Los optimistas responden que los teléfonos inteligentes, los macrodatos y los avances previstos en nanotecnología, robótica y biociencias anuncian una nueva era de mejoras de la productividad impulsadas por la tecnología. Sostienen que quizá sea imposible predecir la próxima «aplicación estrella», pero que siempre acabará desarrollándose.
Ambos bandos citan la ley de Moore, llamada así por Gordon Moore, cofundador de Intel, quien observó que la densidad de los transistores en un chip podía duplicarse cada 18 meses. Los pesimistas afirman que esto resulta cada vez más difícil y costoso; los optimistas sostienen que la ley seguirá vigente, con chips que pasarán a las tres dimensiones.
Está claro que es difícil predecir la trayectoria del progreso tecnológico. De hecho, ni siquiera el inventor siempre percibe el principal valor comercial de una nueva tecnología. Cuando Guglielmo Marconi realizó la primera transmisión inalámbrica transatlántica, hace más de un siglo, competía con el telégrafo en las comunicaciones punto a punto; nunca imaginó la radio de difusión masiva. Thomas Edison diseñó el fonógrafo para ayudar a las personas ciegas e interpuso una demanda para impedir que se usara para reproducir música.
La situación se complica aún más por el hecho de que es probable que la próxima ola de avances tecnológicos que impulsen la productividad se produzca en sectores como la atención sanitaria, donde su impacto económico es difícil de medir. Los economistas consideran que muchas mejoras en la calidad de la atención sanitaria —como tratamientos más eficaces para las cataratas o las enfermedades cardíacas— no se reflejan con precisión en el PIB real y se registran incorrectamente como aumentos de precios. Para evaluar con precisión el progreso económico, es esencial disponer de mejores medidas de estos cambios.
Sin duda, el crecimiento impulsado por la tecnología entraña algunos riesgos. Aunque los antiguos temores de que la automatización y la inteligencia artificial causaran un desempleo estructural generalizado nunca se han materializado, la tecnología y la globalización han ejercido presión a la baja sobre los salarios de todos los trabajadores de las economías avanzadas, salvo los más cualificados. La participación del capital en el ingreso nacional ha aumentado, mientras que la del trabajo ha disminuido. Sin embargo, aplicar políticas que restrinjan tecnologías con potencial para aumentar la productividad sería un grave error.
Para fomentar un crecimiento más sólido y las consiguientes mejoras en los niveles de vida, los gobiernos deberían garantizar que el sector privado tenga incentivos suficientes para la innovación, el emprendimiento y la inversión en capital físico y humano. Por ejemplo, las autoridades podrían reducir la burocracia, contener los déficits y la deuda, promulgar políticas fiscales propicias a la formación de capital, reformar el sistema educativo e invertir en investigación y desarrollo.
Por supuesto, nadie debería esperar un retorno a los años de auge anteriores a la crisis, dadas las presiones demográficas que afrontan casi todas las principales economías, incluida China. Pero estos incentivos ofrecen la mejor posibilidad de mantener el flujo de tecnologías que aumentan la productividad, desde las empresas emergentes hasta las divisiones de investigación de compañías consolidadas, en sectores que abarcan desde la tecnología y la energía hasta la atención sanitaria.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Michael J. Boskin es profesor de Economía en la Universidad de Stanford y miembro sénior de la Hoover Institution.
Imagen: Un hombre camina frente a edificios del distrito central de negocios de Singapur. REUTERS/Nicky Loh.


