Los países africanos tienen dificultades para encontrar docentes de ciencias y matemáticas, como ocurre en todas partes. Pero, a diferencia de otros lugares, las enormes poblaciones jóvenes y unos presupuestos ya ajustados plantean grandes desafíos a los gobiernos que abordan el sistema educativo en general y la enseñanza de las matemáticas y las ciencias en particular. Entra en escena la solución de referencia invocada para todos los problemas de África, desde las redes de transporte hasta el acceso a la banda ancha: las alianzas público-privadas, o APP.
«Deberíamos pensar en cómo puede entrar el sector privado en las escuelas y llevar el laboratorio de IBM al aula», afirma Njideka Harry, directora ejecutiva de Youth for Technology Foundation. En el panel «El futuro de la tecnología» de la Cumbre de África del Foro Económico Mundial de este mes, el énfasis de Harry en las APP concordaba con el mensaje principal de un foro repleto de sesiones como «Transformar la educación» y «Aprovechar el mayor recurso de África».
Para los gobiernos con escasos recursos que afrontan una realidad demográfica en la que la mitad de la población tiene menos de 30 años y un tercio menos de 13, pedir refuerzos tiene sentido. Pero, al dejar la educación en manos del sector privado, ¿no existe el riesgo de crear una versión del siglo XXI delmodelo educativo victoriano destinado a producir la mano de obra que mantenía en marcha las fábricas de la Revolución Industrial? Quizá. Pero en un continente donde el 60% de las personas desempleadas son jóvenes, una educación que realmente conduzca al empleo tiene un lado positivo.
«La educación debería atender las necesidades del sector privado, porque el sector privado crea empleos», afirma Cyrille Nkontchou, fundador de la firma de capital privado Enko Capital, que invierte en una red panafricana de escuelas privadas dirigida a la clase media. Señala que el gasto medio en educación en África ronda el 5% del PIB, una cifra acorde con la inversión de Norteamérica y gran parte de Europa. Pero, a juzgar por la cantidad de jóvenes que ingresan al sistema, no hace falta ser un genio para hacer los cálculos.
«La cantidad por sí sola limita la capacidad para hacer lo necesario. Si el sector privado no participa [en la educación africana], tendrán otra generación perdida», explica Ian Shapiro, académico de la Universidad de Yale que estudia el papel de las empresas en la resolución de problemas políticos africanos.
Muchos sostienen que hacer los cálculos (y abordar las ciencias y la ingeniería) es clave para el futuro de los jóvenes africanos y de su continente. Esta convicción se refleja en iniciativas como la alianza de la Fundación Mastercard con el African Institute for Mathematical Sciences (AIMS), con una inversión de 25 millones de dólares, para formar a 3.000 docentes de secundaria en enseñanza de las matemáticas y apoyar a estudiantes de posgrado. Al intervenir en el panel sobre la importancia de estas inversiones, la ministra sudafricana de Ciencia y Tecnología, Naledi Pandor, destacó la importancia de garantizar que «quienes enseñan sean absolutamente competentes en matemáticas y ciencias».
Mientras tanto, por segundo año consecutivo, el país anfitrión del Foro Económico Mundial y la segunda potencia económica del continente, Sudáfrica quedó en último lugar en calidad de la enseñanza de matemáticas y ciencias, y en el puesto 139 (de 143) en educación en general. Al señalar el bajo rendimiento de Sudáfrica en matemáticas, Nkontchou explica que las escuelas Enko adoptan un enfoque pragmático y ofrecen sesiones adicionales los sábados a los estudiantes que tienen dificultades con la materia. «La educación privada está en auge en África», confirma Nkontchou.
Este artículo se publica en colaboración con Quartz. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Lee Middleton, afincado en Ciudad del Cabo, escribe sobre desarrollo sostenible, urbanización y todo lo relacionado con la alimentación.
Imagen: Niños leen durante una clase de estudios coránicos en un aula. REUTERS/Feisal Omar.

