Hoy se habla mucho del África subsahariana (ASS).[i] El crecimiento se ha recuperado y ha registrado uno de los períodos de expansión más prolongados de la historia económica reciente del continente. Las democracias jóvenes se están consolidando. Y, pese al aumento de los conflictos asimétricos a través de redes terroristas organizadas, las guerras a gran escala están disminuyendo. Por eso parece pertinente preguntarse si estas señales anuncian un futuro mejor para los niños de África.
Ese es el tema de nuestro informe reciente, que trata sobre las oportunidades para los niños en 20 países que albergan al 70 por ciento de la población del África subsahariana, durante la década de 2000 (aproximadamente, entre 1998 y 2008).
Por oportunidades entendemos los bienes y servicios básicos mínimos que impulsan el capital humano futuro, de forma directa (mediante la educación, la inmunización y la nutrición) e indirecta (a través de infraestructuras complementarias, como el agua potable, un saneamiento adecuado, la electricidad, entre otras). El principal indicador que utilizamos para medir los avances es el Índice de Oportunidades Humanas (IOH), que mide cuánto se acerca una sociedad a la cobertura universal de cada oportunidad para cada grupo definido claramente, por ejemplo, según los ingresos, la raza, la etnia o las «circunstancias» (para más detalles, véase Barros y otros, 2008). Elegimos el IOH porque se ha convertido en una de las formas más comunes de operacionalizar la poderosa idea de que el futuro de una persona no debería estar determinado por sus «circunstancias» al nacer, como el género, el lugar de residencia y el entorno familiar y social. En cambio, debería depender de su esfuerzo y su capacidad innata.
¿Por qué nos centramos en los niños? Primero, aunque las oportunidades desiguales derivadas de las circunstancias al nacer pueden afectar a las personas en todas las etapas de la vida, e igualar el acceso de los niños a los servicios básicos no acabará con todas las desigualdades, centrarse en ellos dirige la atención hacia algo en lo que todos podemos estar de acuerdo: es deseable ofrecer igualdad de oportunidades desde las primeras etapas de la vida. Segundo, centrarse en los niños es importante porque hemos aprendido que las intervenciones durante la infancia generan altos rendimientos que se acumulan a lo largo de la vida, y que las privaciones tempranas pueden tener efectos de por vida.[ii]
Es habitual que existan grandes brechas de acceso entre los niños con «mejores» circunstancias y aquellos menos favorecidos, como muestran los perfiles de dos niños (hipotéticos) de entre 6 y 11 años que viven en el mismo país, en cada uno de los 20 países. Una niña de un hogar rural del quintil más pobre, encabezado por una mujer sin estudios, tiene entre 40 y 85 puntos porcentuales menos de probabilidades de acceder a un conjunto básico de servicios (escolarización, agua potable y saneamiento) que un niño de un hogar urbano del quintil más rico, encabezado por un hombre con más de 10 años de estudios. También pueden influir otras circunstancias. Por ejemplo, el género de un niño contribuye a la elevada desigualdad de oportunidades educativas en Liberia y Níger; y ser uno de los hijos mayores y tener menos hermanos aumenta la probabilidad de recibir inmunización y estar mejor nutrido en algunos países.
África subsahariana: calculadora de oportunidades
A pesar de ello, el ASS está logrando avances mensurables en la provisión de oportunidades para los niños. En la mayoría de los países, tanto si los avances se miden en oportunidades individuales (por ejemplo, la asistencia escolar, la inmunización completa, etc.) como en conjuntos de oportunidades (es decir, si un niño tiene acceso a todas las oportunidades que hemos considerado) pertinentes para niños de distintos grupos de edad, hay motivos para un optimismo prudente.
Las brechas entre los países del ASS con mejores resultados y los rezagados se han reducido en una década (es decir, entre finales de la década de 1990 y finales de la de 2000). También se están estrechando las brechas entre los países francófonos y anglófonos, y ha disminuido la variación entre países en el IOH para cada oportunidad. Estos avances también han permitido que la mayoría de los países del ASS reduzcan las diferencias con los países de América Latina y el Caribe, o «ALC», en cuanto a asistencia escolar, aunque no en lo que respecta a terminar y comenzar la escuela primaria a tiempo, aspectos importantes para la calidad del aprendizaje (Figura 1).

La acción de política pública ha marcado la diferencia, incluso en entornos con recursos limitados, al acercar los servicios a la ciudadanía y compensar las desventajas inherentes que enfrentan los grupos cuyas circunstancias no son favorables. El informe muestra que la mayoría de las mejoras se deben a la «ampliación de escala» —un aumento proporcional de la cobertura entre todos los grupos—, pero los avances más rápidos en el IOH suelen producirse cuando las mejoras también se han dirigido a los grupos desfavorecidos y los han favorecido.
Por supuesto, aún queda mucho por hacer. Los avances siguen siendo demasiado lentos en varios servicios esenciales, como el acceso a fuentes de agua mejoradas, el saneamiento y la electricidad, en los que incluso los países con mejores resultados del ASS quedan por detrás de los países con peores resultados de ALC. Abordar estos retos, así como mejorar las oportunidades de «segunda generación» —como la calidad de la educación—, requerirá un esfuerzo tan concertado como el realizado para mejorar la cobertura de la educación primaria. No obstante, parece posible mejorar las oportunidades de los niños incluso en los países más pobres, y en algunos casos, aun cuando el crecimiento económico haya sido menos acelerado.
El objetivo del Grupo Banco Mundial de promover la prosperidad compartida consiste en mejorar el nivel de vida de los miembros más pobres de la sociedad. Se basa en una aspiración sin límites que exige progreso económico y movilidad social a lo largo de las generaciones. Elevar el nivel de vida del 40 por ciento más pobre requiere hacer crecer el pastel económico e invertir en mejorar las capacidades de la ciudadanía desde las primeras etapas del ciclo de vida: lo que James Heckman, ganador del Premio Nobel de Economía de 2000, denomina «predistribución». Igualar las oportunidades de los niños, empezando por los insumos, bienes y servicios fundamentales en la primera infancia, es un principio importante de la predistribución. En el ASS, alcanzar ese consenso en un contrato social será crucial para generar una prosperidad que no deje atrás a los pobres y desfavorecidos, sino que aproveche su potencial para acumular los activos humanos fundamentales para mejorar sostenidamente el nivel de vida.
[i] Entre las publicaciones destacadas se encuentran «The Hopeful Continent», de The Economist; «Africa Rising», de la revista Time; y «Lions on the Move», del McKinsey Global Institute. [ii]Por ejemplo, las intervenciones en la primera infancia tienen efectos a largo plazo en los ingresos de los adultos y en sus ahorros para la jubilación (Chetty et al., 2010); y el acceso al agua potable reduce significativamente el riesgo de enfermedades crónicas y desnutrición en los niños, lo cual, a su vez, afecta a su educación y sus ingresos a lo largo de la vida (Cabral et al. 2009 y Jalan y Ravallion 2003).
Este artículo apareció originalmente en el blog Let’s Talk Development del Banco Mundial. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Andrew Dabalen, economista jefe en la práctica de pobreza de la región de África. Ambar Narayan es economista jefe en la práctica global de pobreza del Grupo Banco Mundial.
Imagen: Una niña que vende manzanas al borde de la carretera espera a los clientes a las afueras de la ciudad angoleña de Lubango. REUTERS/Finbarr O’Reilly.


