¿Son las burbujas de activos un error del sistema económico o una característica?

¿Son las burbujas de activos un error del sistema económico o una característica?
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El “lunes negro” del 19 de octubre de 1987, el mercado bursátil estadounidense se desplomó, perdiendo más de 500 puntos y el 22 % de su valor en un solo día. Más o menos en esas mismas fechas, R.E.M. acababa de consolidarse como grupo de primera fila, y su canción “It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)“ sonaba en todas partes, impulsada además por los acontecimientos de ese día.

En Estados Unidos, parecía que la aparente “era Reagan” llegaba a su fin. El orden económico neoliberal, todavía en evolución –que basa el valor en los rendimientos financieros por encima de los aumentos salariales como fuente de demanda–, había quedado en evidencia. Las burbujas de activos no eran un fundamento fiable para un orden de política económica estable.

Sin embargo, pronto se encontraría una solución a corto plazo. Casi de inmediato, un presidente de la Reserva Federal recién designado y aún sin probar, Alan Greenspan, inundaría de dinero las calles. El mercado bursátil recuperaría el terreno perdido durante el año siguiente y reanudaría su ascenso, situándose hoy en 15.871.

¿Le parece que ya ha vivido esto antes?

Desde entonces, en los últimos 28 años, la economía mundial ha funcionado a base de burbujas. Desde 1987, estas han abarcado la crisis del peso mexicano, la crisis financiera asiática, el “tech wreck” o desplome de las “puntocom” y la propia crisis financiera mundial.

Más recientemente, el pasado lunes 24 de agosto, hemos visto cómo la historia se repite. En el “lunes negro de 2015”, el mercado bursátil chino perdió el 8,5 % de su valor. A su vez, el Banco Popular de China ha seguido el manual de Greenspan e inundado los mercados de dinero. Cabe esperar que la Reserva Federal y el Gobierno estadounidense lo aprueben, como deberían. Ahora no es momento de seguir el manual del euro ni de preocuparse por la competitividad de las exportaciones. Como ocurrió en cada una de las crisis anteriores, conceder préstamos con generosidad es el camino hacia la recuperación.

Sin embargo, uno podría disculparse por preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí: enganchados a las burbujas y a los rescates. Desde esta perspectiva, se puede observar la situación actual del mercado a través de tres lentes, para obtener una visión progresivamente más amplia de dónde nos encontramos hoy.

Cómo llegamos de allí hasta aquí

En primer lugar, en el corto plazo, la desaceleración china es evidente desde hace algunos años –-como lo ha sido la recuperación estadounidense–-. Desde esta perspectiva, era de esperar cierta huida de los mercados y activos chinos –-dejando a los responsables de la política monetaria ante el difícil reto de lograr un “aterrizaje suave” a escala mundial–-.

Este dilema recuerda a las crisis asiáticas de los años noventa: cuando el crecimiento estadounidense aumentó a mediados de esa década, la Reserva Federal de Greenspan subió los tipos de interés. En respuesta, los inversores trasladaron su dinero de Asia a Estados Unidos, con descensos asiáticos tempranos durante 1997-1998 que cobraron un impulso autorreforzado. En los últimos meses, la Reserva Federal de Yellen ha sido consciente del peligro de que la historia se repita. Desde esta perspectiva, el “lunes negro de 2015” probablemente llevará a la Reserva Federal de Yellen a desistir de sus planes de empezar a subir los tipos de interés el próximo mes. Esto debería ayudar a reactivar los mercados mundiales.

En segundo lugar, a medio plazo, China se ha enfrentado durante la última década al desafío de superar lo que el expresidente del Banco Mundial Robert Zoellick denominó “trampa de ingreso medio” –-una situación en la que el crecimiento impulsado por la inversión topa con un límite superior. Para superar ese límite, China se enfrenta al reto de promover la demanda interna como nueva base de un crecimiento sostenido. Sin embargo, las medidas que permitirían tales cambios podrían implicar el fortalecimiento de los sindicatos y el aumento de salarios y precios, desencadenando el tipo de inflación que los dirigentes chinos temen que socave su legitimidad. Desde esta perspectiva, quizá sepamos cómo recuperarnos, pero la reforma supone un reto mayor.

En tercer lugar, a largo plazo, podemos ver este segundo “lunes negro” como una muestra de hasta qué punto las burbujas de precios de los activos no son un “error” del sistema actual, sino una “característica” del mismo.

Durante las décadas keynesianas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento de los salarios y los precios sentó las bases de una demanda y un crecimiento sostenidos, a costa de una inflación salarial y de precios en aumento constante. A comienzos de los años ochenta, los gobiernos de todo el mundo intentaron frenar la inflación quebrando el poder de mercado del trabajo. Por ejemplo, en Estados Unidos y el Reino Unido, Reagan y Thatcher aplicaron políticas recesivas y ataques legales para desmantelar los sindicatos. En Australia, el Prices and Incomes Accord de Hawke y Keating buscó una vía más negociada hacia la estabilidad salarial y de precios. Sin embargo, al final hizo falta la “recesión que había que tener” de Paul Keating a comienzos de los años noventa para moderar las presiones salariales.

En este contexto, cabe señalar por último que las alabanzas de estilo Paul Kelly a la reforma de mercado de los años ochenta y noventa en Australia, o las afirmaciones similares sobre las supuestas reformas de libre mercado de la era de Reagan y Thatcher, resultan bastante engañosas.

No vivimos en una era de mercados autorregulados. No existe diferencia sustancial entre la acomodación fiscal de las espirales salariales y de precios de los años 1960-1970 y la acomodación monetaria de las burbujas de precios de los activos de los años 2000-2010. Desde esta perspectiva, del mismo modo que el lunes negro de 1987 pudo demostrar la debilidad de depender del aumento de los precios de los activos para sostener el crecimiento, el lunes negro de 2015 –-que llega siete años después de la crisis financiera mundial–- demuestra la dificultad de construir un orden alternativo que pueda posibilitar un crecimiento estable.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Wesley Widmaier es investigador Future Fellow del Consejo de Investigación de Australia en Griffith University

Imagen: Una bandera nacional china ondea frente a la sede del Banco Popular de China. REUTERS/Petar Kujundzic.

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