A mediados de la década de 2000, tras décadas en el carril lento, las economías africanas pisaron el acelerador. Pero el camino que se abre ante el continente no es una autopista despejada. Si África quiere alcanzar su potencial como próximo motor de crecimiento económico mundial entre los mercados emergentes, tendrá que industrializarse.
Los economistas coinciden en que, desde la primera Revolución Industrial, el auge de la manufactura ligera intensiva en mano de obra (textiles, prendas de vestir, calzado y herramientas y maquinaria afines) ha desempeñado un papel importante en el aumento de los ingresos nacionales. Sin embargo, África no ha logrado participar plenamente en la industrialización, un fracaso que la ha dejado rezagada respecto del resto del mundo en desarrollo desde la década de 1970. En 2015, toda África subsahariana exportó tantas prendas de vestir como el diminuto El Salvador.
África necesita urgentemente una revolución industrial para crear empleos para su población joven, que crece rápidamente, y reducir la presión migratoria. Algunos de los elementos fundamentales son bien conocidos: instituciones de gobernanza eficaces y fiables, infraestructura moderna y educación. Menos claro está quién debería desempeñar cada función para proporcionarlos.
Empecemos por el gobierno. Durante las últimas décadas, la opinión predominante que guiaba la política económica era que debía dejarse que las fuerzas del mercado actuaran sin trabas. Se suponía que cualquier intervención del Estado sería ineficaz o peligrosa.
Últimamente, esa perspectiva ha ido cambiando. La «política industrial 2.0» parte de que el Estado sí tiene un papel legítimo en el impulso de la industrialización, siempre que se centre en reforzar las ventajas comparativas. Este enfoque se está convirtiendo cada vez más en un componente central de las estrategias económicas nacionales.
Y el alcance de la política industrial se extiende aún más. En un mundo de cadenas de valor extensas, los servicios y la logística son tan importantes como laminar acero y ensamblar placas de circuitos. La política industrial debe abarcar no solo la manufactura, sino también las actividades económicas que la sustentan. Incluso el sector agrícola está ahora bajo presión para aumentar su valor añadido (una tendencia denominada «industrialización de la frescura»).
Esto supone un papel fundamental para los actores externos. En una economía mundial interconectada, el desarrollo eficaz exige alianzas eficaces, una realidad que China —cuyo milagro económico tuvo mucho que ver con las cadenas de valor mundiales— entiende mejor que la mayoría de los países. No es de extrañar, entonces, que China haya sido el primer país del G20 en reconocer la importancia de apoyar la industrialización de África.
China ha participado en África tanto de manera oficial como en calidad de importante fuente de inversión privada. El gobierno chino sabe que África puede ayudarle a hacer frente a los desafíos que afronta —desde el envejecimiento de la población en el país hasta el auge del sentimiento proteccionista en el extranjero—, que, entre otras cosas, ejercerán presión sobre las actividades intensivas en mano de obra. Además, las multinacionales chinas ven un gran potencial en los grandes mercados en desarrollo, como los de África.
China ya se prepara para trasladar a África 85 millones de empleos de manufactura ligera desde economías de Asia oriental con mayores ingresos, incluida la suya. Esto representa una oportunidad importante para que África cree más y mejores empleos para sus ciudadanos, reduciendo así la pobreza e impulsando un crecimiento dinámico.
El proceso ya ha comenzado y los primeros resultados son alentadores. En particular, la inversión china está ayudando a hacer realidad en Etiopía los ambiciosos objetivos de desarrollo establecidos en el Plan de Crecimiento y Transformación, y ha contribuido a que Etiopía se convierta en una de las economías de más rápido crecimiento de África durante la última década.
Pero ningún país por sí solo —ni siquiera uno tan poderoso como China— puede ofrecer suficiente apoyo para garantizar el éxito de una revolución industrial africana. Sin embargo, hay al menos otro país en una posición sólida para dar un paso al frente: Italia.
Como segunda potencia manufacturera de Europa, Italia alberga numerosas empresas que lideran las cadenas de valor mundiales, en particular en la manufactura ligera y el sector agroalimentario. Estas empresas pueden reforzar la confianza de los consumidores internacionales en los productos fabricados en África y, con el tiempo, en las marcas africanas.
Italia es una excepción por contar con cientos de pequeñas y medianas empresas (pymes) que son líderes mundiales en sus respectivos nichos de mercado. Muchas de estas «multinacionales de bolsillo» han invertido en China. A su vez, las empresas chinas invierten cada vez más en pymes italianas para acumular conocimientos y competencias, adquirir marcas y acceder a nuevos mercados.
Estos vínculos ofrecen una base ideal para penetrar conjuntamente en los mercados africanos y explorar en conjunto el potencial del continente como centro manufacturero mundial. Juntas, las empresas chinas e italianas pueden superar los desafíos que plantean un entorno político inestable y la escasez de recursos financieros y humanos.
Este enfoque complementaría la cooperación entre gobiernos destinada a eliminar las limitaciones que afectan al conjunto de la economía y obstaculizan el crecimiento económico sostenible. De hecho, la experiencia de China e Italia en materia de cooperación en todo el mundo se traduce en estrechos vínculos gubernamentales, sustentados por la confianza y el respeto mutuos. En Líbano, por ejemplo, 418 soldados chinos estuvieron bajo el mando italiano hasta julio del año pasado, como parte de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas.
Parece lógico que China e Italia trabajen juntas para aprovechar la oportunidad que ofrece la industrialización de África, integrar a los trabajadores del continente en las cadenas de valor mundiales y garantizar una distribución justa de los beneficios resultantes. Mientras el presidente chino Xi Jinping y su homólogo italiano Sergio Mattarella se preparan para una cumbre bilateral a finales de este mes, harían bien en incluir la industrialización de África en su agenda.



