Uno de los mejores consejos profesionales que he recibido es decir que sí tantas veces como puedas. Por supuesto, hay muchas situaciones en las que decir que sí parece arriesgado. Pero hacerlo abre oportunidades de crecimiento personal cuya existencia quizá desconocías. Por desgracia, tendemos a centrarnos en lo que no va a funcionar, lo que nos lleva a evitar situaciones arriesgadas que en realidad podrían tener resultados positivos.
Di que sí siempre que alguien te pida hablar en público. Podrías moderar un panel, dirigir una reunión o formar a grupos en una nueva práctica para toda la empresa. He dicho que sí a todas esas propuestas y me ayudaron a prepararme para intervenciones más formales.
Di que sí cuando alguien te ofrezca una oportunidad desafiante. A veces no queremos las tareas que nos proponen. Pero decir que sí te permite aprender algo nuevo —y potencialmente valioso— que no habrías aprendido si hubieras dicho que no.
Recuerdo que, cuando trabajaba en gestión de marcas para Nabisco, la empresa me pidió que gestionara una nueva cartera de marketing. Había distintas exigencias, personas, reglas y desafíos. No me entusiasmaba en absoluto, pero confiaba en quien me ofrecía el puesto. Dije que sí y, como resultado, aprendí mucho más sobre finanzas y ventas de lo que sabía hasta entonces.
Y, por último, di que sí cuando alguien te ofrezca la oportunidad de asumir un riesgo. Como seres humanos, tendemos a temer más las pérdidas de lo que apreciamos las ganancias. Un día, un colega entró en mi despacho y me dijo: «Entonces, ¿vamos a hacerlo?». Llevábamos tiempo hablando de comprar nuestra empresa, Ideas to Go, porque sabíamos que los dos propietarios actuales querían jubilarse. Aunque tenía ciertas dudas, dije que sí porque sabía que esa oportunidad no volvería a presentarse.
Parecía arriesgado, ya que comprar acciones de la empresa suponía un gran compromiso financiero. En cuanto firmé, tomé plena conciencia de que tendría que pagar una suma considerable, algo a lo que nunca me había enfrentado salvo por una hipoteca. También sabía que la gente iba a contar conmigo de una manera nueva, y eso me daba mucho miedo. Pero al final, asumir el riesgo valió la pena: más adelante me eligieron presidenta de la empresa, que sigue teniendo éxito.
También recibí otro valioso consejo: recuerda que no siempre tienes razón.
Es fácil sacar conclusiones precipitadas, sobre todo si eres inteligente y tienes experiencia. Sin embargo, debes recordar que tu punto de vista está condicionado por varios sesgos cognitivos.
Puede que conozcas tu marca, producto, servicio o modelo de negocio mejor que nadie. Todo eso suena muy bien, pero quizá sepas demasiado. Tus conocimientos pueden nublar tu criterio si no tienes la humildad necesaria para abrirte de verdad a otros puntos de vista. Por eso, Ideas to Go ha creado un equipo directivo ajeno al consejo de administración de la empresa. Lo integran empleados de las áreas creativa, de operaciones y de TI. Al reunir sus conocimientos y experiencia sobre distintos aspectos del negocio, los copropietarios, los miembros del consejo y yo obtenemos una visión más realista de lo que ocurre realmente en la empresa.
La falta de humildad puede obstaculizar tu proceso de toma de decisiones. Siempre que puedas, incorpora a otras personas y escucha sus opiniones. No las incluyas solo para que confirmen lo que ya piensas ni escuches únicamente lo que te haga sentir bien. Recurre a ellas para que te ayuden a actuar sobre los conocimientos que ya tienes.
Confiar en tu instinto puede llevarte lejos en los negocios y en la vida. Pero a veces necesitas detenerte y recordar que tu primera reacción —que quizá sea rechazar una oportunidad por miedo— puede estar frenando tu progreso. Una vez que empieces a asumir riesgos, amplía tus horizontes y busca opiniones y puntos de vista distintos de los tuyos, o incluso opuestos. Si aprendes a valorar las perspectivas contrarias, podrás descubrir nuevos campos que explorar, nuevas formas de abordar los problemas y nuevas maneras de ponerte a prueba.



