5 preguntas sobre el nuevo banco de infraestructura de China

5 preguntas sobre el nuevo banco de infraestructura de China
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La Administración Obama está recibiendo críticas por su negativa a sumarse al propuesto Banco Asiático de Inversión en Infraestructura de China (AIIB) y ahora ha dado el limitado paso de sugerir que el Banco Mundial trabaje en coordinación con el nuevo banco liderado por China. Nadie duda de la enorme necesidad de desarrollo de infraestructura en Asia: el Instituto del Banco Asiático de Desarrollo estimó que ascendería a 8 billones de dólares estadounidenses para 2020. El AIIB es controvertido porque será la primera organización internacional de desarrollo importante, iniciada fuera de Occidente, que competirá con el sistema institucional establecido en Bretton Woods hace casi siete décadas. Es una iniciativa china en competencia directa con el Banco Mundial (1947) y el Banco Asiático de Desarrollo (ADB, 1966).

La Casa Blanca ha expresado su preocupación de que el AIIB no esté a la altura de los «altos estándares» del Banco Mundial y del ADB, especialmente en materia de salvaguardias ambientales, de gobernanza y sociales. Muchos han criticado a la Administración Obama por plantear públicamente sus objeciones a sus aliados que se han sumado, en particular el Reino Unido, Alemania e Italia. La Casa Blanca dijo al Financial Times que «desconfía de una tendencia a acomodarse constantemente a China, que no es la mejor manera de relacionarse con una potencia en ascenso». No obstante, Australia y Corea del Sur, aparentemente presionadas por Estados Unidos para que no se sumen, se preparan para firmar. Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha dicho ahora que el Fondo estará encantado de cooperar con el AIIB, lo que le otorgaría legitimidad adicional.

La mayoría de los comentarios sostienen que Estados Unidos debe sumarse o dar un paso atrás y dejar que el AIIB reúna miembros. Sin embargo, quedan varias preguntas clave y no está del todo claro cuál es el mejor camino a seguir.

La primera es una cuestión sistémica: ¿por qué China está creando un AIIB en conflicto tan directo con el ADB? Quizá se deba al deseo de ampliar su influencia en Asia por motivos geopolíticos y comerciales. Quizá no le agrade la influencia de Japón en el ADB (Japón es el mayor accionista y todos los presidentes del ADB han sido japoneses) o le preocupe la influencia de Estados Unidos en ese organismo. Pero quizá sea una reacción a un sistema global concebido en la democracia liberal y dedicado al Estado de derecho; un sistema que hace hincapié en la transparencia y los mercados libres. El sistema de China favorece el crecimiento económico y subordina otros valores.

Si la primera de estas razones es la correcta, ¿por qué China no aportó simplemente al ADB la enorme cantidad de dinero que ha prometido al AIIB y utilizó ese poder para hacerse con más control? El dinero compra poder de voto en el ADB y el Banco Mundial. ¿Por qué crear toda una institución nueva en vez de reformar la existente? Pero si se trata de la última de estas razones, entonces ¿cómo sería un banco con características chinas?

La segunda es una cuestión presupuestaria: ¿aumentarán todos los nuevos miembros europeos sus presupuestos nacionales para financiar el AIIB, o se descontarán sus aportaciones de lo que habrían destinado al Banco Mundial y al ADB? ¿Supone el AIIB una ganancia neta para la inversión en desarrollo global, o simplemente una reasignación a una nueva institución cuya estructura, estrategia, estándares, reglas y procedimientos son inciertos?

Si se trata de una propuesta de suma cero, y cuesta imaginar que no lo sea, ¿no tenía razón Estados Unidos al alentar a sus aliados a seguir comprometidos con el ADB?

La tercera es una cuestión de economía política: si los países que se suman al AIIB no están «acomodándose» a China, ¿por qué se unen? Una explicación clara es que esperan obtener ventajas comerciales y de inversión en Asia. Si los europeos no están satisfechos con el desempeño del ADB, ¿por qué no utilizan simplemente su influencia interna (como grupo, tienen el tercer mayor bloque de poder de voto) para reformarlo? ¿Por qué participar en la creación de una nueva institución?

La cuarta es una cuestión de competencia. ¿Aumentará la competencia del AIIB la inversión y mejorará los resultados, como podrían esperar los economistas? ¿Generará la competencia una «carrera hacia la cima» en términos de desempeño en materia de desarrollo, o podría obligar a una carrera hacia el fondo, a medida que los países receptores negocian entre sí y la competencia reduce los estándares de desempeño?

Por último, en términos estratégicos, ¿puede Estados Unidos influir en el AIIB de manera más eficaz desde dentro o desde fuera? Es una pregunta contrafáctica cuya respuesta probablemente nunca se conocerá. Pero es una pregunta que afrontaría cualquier Administración estadounidense. China está recuperando su posición como gran potencia. Al menos durante el último medio decenio, ha utilizado con audacia su creciente poder económico para castigar y recompensar a sus socios comerciales. Está elevando su perfil militar, reivindicando espacio geográfico y consolidando agresivamente el poder interno bajo el nuevo liderazgo. Es seguro que China aspira a un sistema de comercio global con mayor influencia china. El AIIB podría ser un primer paso clave. Los socios comerciales más pequeños tienen el lujo de hacer un cálculo más sencillo de costos y beneficios. La respuesta de Estados Unidos importa más y requiere una deliberación cuidadosa.

Este artículo se publica en colaboración con The E15 Initiative. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Robert A. Rogowsky es profesor en el Middlebury Institute of International Studies y profesor adjunto en la School of Foreign Service de Georgetown University. Alan Wm. Wolff es miembro del Grupo de Expertos E15 sobre Comercio e innovación.

Imagen: Peatones caminan bajo faroles rojos en Shanghái. REUTERS/Aly Song.

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