4 nuevas formas de financiar la educación

4 nuevas formas de financiar la educación
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Noruega, bajo el liderazgo de la primera ministra Erna Solberg y del ministro de Asuntos Exteriores Børge Brende, acogerá pronto una cumbre sobre educación para el desarrollo con un objetivo sencillo: reforzar la cooperación mundial en materia de educación. Se espera que la cumbre, a la que asistirá el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, mejore las posibilidades del mundo de alcanzar la meta, incluida en la próxima agenda de desarrollo posterior a 2015, de que todos los niños tengan acceso a la educación preescolar, primaria y secundaria para 2030.

Aún queda mucho por hacer. Aunque hoy hay más de 40 millones de niños escolarizados que en 2000, 58 millones de niños en edad de cursar primaria y 63 millones en edad de cursar secundaria siguen sin asistir a la escuela; aproximadamente la mitad de los niños en edad de cursar primaria que no están escolarizados en el mundo vive en países afectados por conflictos y crisis. De hecho, hay más niños refugiados que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. Las niñas afrontan un desafío especialmente difícil, porque deben luchar para obtener el derecho a la educación, mientras que la lucha contra el matrimonio infantil, el trabajo infantil y la trata de mujeres y niñas aún no se ha ganado.

El progreso no será fácil, sobre todo porque se agrava la crisis de financiación en el ámbito de la ayuda. Aunque la ayuda oficial al desarrollo aumentó un 9% entre 2010 y 2013, la ayuda para la educación básica cayó un 22%, de los ya escasos 4.500 millones de dólares a 3.500 millones.

En los países de bajos ingresos que no son frágiles, la ayuda para la educación primaria asciende ahora a tan solo 23 dólares por niño al año: apenas lo suficiente para comprar dos libros de texto; supone una caída del 8% respecto de hace una década. La ayuda anual para la educación primaria equivale a tan solo 11 dólares por niño en la República Democrática del Congo (RDC), Togo y Guinea; 10 dólares por niño en la República Centroafricana y Madagascar; 5 dólares por niño en Chad; y unos insignificantes 4 dólares por niño en Nigeria, el país con la mayor población infantil sin escolarizar.

Estas cifras son bajas porque el gasto interno y otras fuentes de financiación no bastan para compensar la diferencia. En los países más pobres, el gasto total en educación promedia apenas 80 dólares por niño al año, frente a más de 8.000 dólares por niño en las economías avanzadas, y puede llegar a ser de tan solo 24 dólares anuales (en la RDC).

El hecho es sencillo: educar a todos los niños cuesta dinero. En efecto, garantizar el acceso universal a la educación preescolar, primaria y secundaria en los países de bajos ingresos y de ingresos medianos bajos costará aproximadamente 210.000 millones de dólares para 2020, una cifra que apenas disminuye incluso según las estimaciones más optimistas. Si los países pobres destinaran a la educación toda su capacidad tributaria estimada, necesitarían al menos 25.000 millones de dólares adicionales.

Se espera que los donantes mundiales aumenten la ayuda a la educación a un ritmo similar al de la ayuda general al desarrollo durante la última década. Por su parte, los países más pobres podrían experimentar un aumento de entre el 1% y el 2% en sus tasas de crecimiento económico y elevar sus presupuestos educativos de aproximadamente el 2% al 5% del PIB. Pero aun así, la brecha de gasto anual seguiría ascendiendo a por lo menos 15.000 millones de dólares.

Para cerrar la brecha, necesitamos un nuevo enfoque que aproveche nuevas fuentes de financiación —como el sector privado, las organizaciones filantrópicas y las economías emergentes— y, al mismo tiempo, garantice que el dinero recibido se utilice con la mayor eficiencia posible. Se están considerando varias propuestas prometedoras.

Una propuesta importante es crear una plataforma humanitaria mundial que financie la prestación de servicios educativos —junto con alimentos, protección, refugio y atención médica— durante las emergencias. Un fondo de recursos destinados a este fin al que los líderes pudieran acceder rápidamente habría ayudado a los millones de niños atrapados en los conflictos de Irak, Libia y Siria, o al millón de niños que se quedó sin escuelas tras el reciente terremoto de Nepal. En cambio, se enfrentaron a un déficit de financiación de 4.800 millones de dólares. Las crisis prolongadas que afectan a niños de todo el mundo, desde Sudán del Sur hasta Myanmar, hacen que no haya tiempo que perder para crear una plataforma de este tipo.

Una segunda propuesta insta a los gobiernos nacionales a recortar los subsidios energéticos internos, costosos, derrochadores y mal focalizados, y a destinar a la educación el dinero que ahorren.

Según estimaciones conservadoras, estos subsidios cuestan unos 300.000 millones de dólares al año y tienden a beneficiar a los más ricos, pues fomentan un consumo excesivo.

Indonesia, por ejemplo, redujo considerablemente los subsidios al combustible cuando su gobierno se dio cuenta de que, entre 2009 y 2013, se gastó más en ellos que en infraestructura y programas de bienestar social juntos. Dado el bajo precio mundial del petróleo, ahora es el momento ideal para que más países sigan su ejemplo y utilicen los ingresos adicionales para construir escuelas, contratar y formar a más docentes y mejorar el aprendizaje de todos.

Una tercera propuesta contempla el uso de mecanismos de financiación innovadores, como los bonos de impacto social, para adelantar nuevos gastos en educación. Este enfoque orientado a los resultados ayudaría a fomentar la filantropía empresarial en la educación, que actualmente representa apenas una décima parte de la que se destina a la salud. Iniciativas igualmente creativas podrían profundizar la participación de las fundaciones benéficas; actualmente, las fundaciones con sede en Estados Unidos destinan tan solo el 1% de sus recursos para el desarrollo a la educación básica en los países pobres.

Una última propuesta, que está evaluando el Banco Mundial, consiste en emitir deuda respaldada por los reembolsos previstos de los préstamos de asistencia internacional para el desarrollo. Está previsto que los reembolsos de los préstamos de la AIF al Banco Mundial superen los 150.000 millones de dólares durante los próximos 15 años, lo que podría generar nuevas inversiones sociales significativas por parte del Banco.

Bertrand Badre, director financiero del Banco Mundial, tiene un plan para apalancar futuros reembolsos y combinarlos con otros flujos de financiación. Si se lleva a cabo el plan de Badre, podrían recaudarse anualmente 10.000 millones de dólares adicionales, o incluso hasta 20.000 millones, para el desarrollo internacional. Sin duda, parte de esta financiación se destinaría al ámbito que, según las encuestas a los clientes del Banco Mundial, es la máxima prioridad: la educación.

En los últimos 15 años, hemos demostrado que la acción mundial funciona. Pero, si queremos ofrecer a todos los niños las oportunidades que merecen, necesitaremos mucha más.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Gordon Brown, ex primer ministro y canciller de Hacienda del Reino Unido, es enviado especial de las Naciones Unidas para la Educación Mundial.

Imagen: Lápices de colores en una caja de madera en una escuela infantil. REUTERS/Michaela Rehle.

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