3 preguntas que plantea la «nueva normalidad» sobre nuestra comprensión de la macroeconomía

People cross a street in front of high-rise buildings in the Shinjuku district in Tokyo, Japan, September 29, 2016. Picture taken September 29, 2016. REUTERS/Toru Hanai - RTSQGL8
In the annals of structural change, where shifts tend to be glacial, China’s evolution is a sprint.Image: REUTERS/Toru Hanai
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Lenta pero seguramente, la economía mundial, maltrecha y golpeada, parece estar dejando atrás su profundo letargo posterior a la crisis. Si se cumplen las últimas previsiones del Fondo Monetario Internacional —algo que dista de estar garantizado—, el crecimiento medio anual del PIB mundial, de casi el 3,6 % previsto para el período 2017-2018, supondría un modesto repunte respecto al ritmo del 3,2 % de los dos años anteriores. Una década entera después de la Gran Crisis Financiera, el crecimiento mundial por fin vuelve a su tendencia del 3,5 % posterior a 1980.

Pero este viaje de ida y vuelta apenas indica que el mundo haya vuelto a la normalidad. Al contrario, la idea, muy exagerada, de una «nueva normalidad» para la economía mundial pasa por alto una transformación extraordinaria de la dinámica del crecimiento global en los últimos nueve años.

En el margen, la reciente mejora se ha concentrado en las economías avanzadas, donde se prevé que el crecimiento del PIB alcance una media del 2 % en 2017-2018: un repunte significativo frente al promedio, excepcionalmente anémico, del 1,1 % de los nueve años anteriores. Se espera que la relativa fortaleza de Estados Unidos (2,4 %) quede compensada por la debilidad tanto de Europa (1,7 %) como, por supuesto, de Japón (0,9 %). Sin embargo, se prevé que el crecimiento anual de las economías avanzadas se mantenga muy por debajo de la tendencia a largo plazo del 2,9 % registrada durante el período 1980-2007.

En cambio, el mundo en desarrollo sigue avanzando a un ritmo mucho más rápido. Aunque la tasa media de crecimiento prevista para estas economías en 2017-2018, del 4,6 %, es alrededor de medio punto porcentual inferior a la de los nueve años anteriores, seguirían expandiéndose a más del doble del ritmo del mundo desarrollado. Como era de esperar (al menos para quienes nunca creímos en el escenario de un aterrizaje brusco de China), se prevé que la fortaleza del mundo en desarrollo se concentre en China (6,4 %) y la India (7,5 %), mientras que el crecimiento será más lento en América Latina (1,5 %) y Rusia (1,4 %).

Esta divergencia persistente entre las economías desarrolladas y en desarrollo ha llegado a un punto crítico. De 1980 a 2007, las economías avanzadas representaron, en promedio, el 59 % del PIB mundial (medido en paridad de poder adquisitivo), mientras que la proporción conjunta de las economías en desarrollo y emergentes fue del 41 %. Eso era entonces. Según la última previsión del FMI, para 2018 esas proporciones se habrán invertido por completo: el 41 % corresponderá a las economías avanzadas y el 59 % al mundo en desarrollo.

El péndulo del crecimiento económico mundial ha oscilado drásticamente desde los llamados países avanzados hacia las economías emergentes y en desarrollo. ¿Nuevo? Sin duda. ¿Normal? Ni de lejos. Es un cambio asombroso que plantea al menos tres preguntas fundamentales sobre nuestra comprensión de la macroeconomía:

En primer lugar, ¿no ha llegado la hora de replantearse el papel de la política monetaria?

La anémica recuperación del mundo desarrollado se ha producido en un contexto de la flexibilización monetaria más drástica de la historia: ocho años con los tipos de interés oficiales cerca del límite cero y enormes inyecciones de liquidez gracias a la expansión descomunal de los balances de los bancos centrales.

Sin embargo, estas políticas no convencionales apenas han influido en la actividad económica real, el empleo de la clase media y los salarios. En cambio, el exceso de liquidez se ha volcado en los mercados financieros, manteniendo la presión alcista sobre los precios de los activos y generando rendimientos desproporcionados para los inversores adinerados. Nos guste o no, la política monetaria se ha convertido en un instrumento que agrava la desigualdad.

En segundo lugar, ¿por fin se ha liberado el mundo en desarrollo de su dependencia histórica del mundo desarrollado?

Desde hace mucho sostengo que las afirmaciones sobre ese «desacoplamiento» eran infundadas, dada la persistencia del crecimiento impulsado por las exportaciones en los países más pobres, que vincula sus economías a la demanda externa de los países más ricos. Pero ahora los hechos indican lo contrario. El crecimiento del comercio mundial se desaceleró hasta un promedio del 3 % durante el período posterior a la crisis de 2008-2016, la mitad del ritmo habitual del 6 % entre 1980 y 2016. Sin embargo, durante el mismo período, el crecimiento del PIB de las economías en desarrollo apenas perdió impulso. Esto demuestra que el mundo en desarrollo depende mucho menos del ciclo del comercio mundial y más de la demanda interna.

Por último, ¿ha desempeñado China un papel desproporcionado en la transformación de la economía mundial?

El reequilibrio de China sugiere que bien podría ser así. Históricamente, la estrategia de crecimiento de China, impulsada por las exportaciones y de enorme éxito, junto con la rápida expansión de las cadenas de suministro globales centradas en China, fue la principal razón por la que nunca acepté la tesis del desacoplamiento. Sin embargo, la proporción de las exportaciones en el PIB chino cayó del 35 % en 2007 al 20 % en 2015, mientras que la participación de China en la producción mundial aumentó del 11 % al 17 % durante ese período. China, el mayor exportador del mundo, bien podría estar a la vanguardia del desacoplamiento global.

Esto apunta a una tendencia aún más poderosa: la rápida transformación de la estructura industrial de China. El sector terciario chino (servicios) pasó del 43 % del PIB en 2007 al 52 % en 2016, mientras que la proporción del sector secundario (industria manufacturera y construcción) cayó del 47 % al 40 % en el mismo período. Aunque la proporción del consumo privado en la demanda agregada aumentó más lentamente, en gran medida debido al elevado ahorro precautorio (que refleja deficiencias en la red de protección social), también hay motivos para el optimismo en este ámbito.

De hecho, el crecimiento explosivo del comercio electrónico chino apunta a un atajo hacia una cultura de consumo renovada y dinámica, algo que no estaba al alcance de las economías avanzadas actuales cuando se encontraban en una etapa de desarrollo similar. En la historia del cambio estructural, donde las transformaciones suelen avanzar a paso glacial, la evolución de China es un esprint.

Todo esto refleja un mundo radicalmente distinto del que existía antes de la Gran Crisis Financiera, un mundo que plantea profundas preguntas sobre la eficacia de la política monetaria, las estrategias de desarrollo y el papel de China. Aunque ya se observan señales de recuperación en una economía mundial de 80 billones de dólares, los avances deben analizarse con una perspectiva distinta de la utilizada en ciclos anteriores. Un mundo vuelto del revés, en el que el nuevo dinamismo del mundo en desarrollo eclipsa con creces el persistente letargo de las economías avanzadas, es algo nuevo, pero dista mucho de ser normal.

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