¿Qué pueden aprender las democracias actuales de la Alemania de los años treinta?

A passage is pictured at the Olympic stadium in Berlin March 9, 2015. Berlin, which staged the Games in 1936, and Hamburg are battling for the green light from the German sports authorities to launch a bid for the 2024 or 2028 summer Olympics. The German Olympic Sports Confederation (DOSB) on March 10 presents the findings of polls taken in Berlin and Hamburg which of the two cities is more favourable to host the 2024 Games, provided Germany is the winner. The DOSB will announce their preference on March 16. Picture taken March 9, 2015. REUTERS/Fabrizio Bensch (GERMANY - Tags: OLYMPICS SPORT TPX IMAGES OF THE DAY) FOR EDITORIAL USE ONLY. NOT FOR SALE FOR MARKETING OR ADVERTISING CAMPAIGNS.
The past can tell us a lot about the future.Image: REUTERS/Fabrizio Bensch
Este contenido ha sido traducido automáticamente con IA.

Desde la creación de la República Federal de Alemania en 1949, los alemanes han vuelto la mirada con inquietud al colapso de la República de Weimar a principios de los años treinta y al ascenso del nazismo. Pero, ante la creciente presión que sufren muchas democracias del mundo y el auge del autoritarismo, también en otros lugares deberían atenderse las lecciones de ese período.

Conviene empezar por reconocer que las perturbaciones económicas —por ejemplo, las espirales inflacionarias, las depresiones y las crisis bancarias— son desafíos para todos los gobiernos, en todo lugar y en todo momento. La inseguridad y las dificultades económicas llevan a la gente a pensar que cualquier régimen debe ser mejor que el actual. Esta es una lección evidente no solo de los años de Weimar, sino también de un amplio corpus de estudios sobre la lógica económica de la democracia.

Una segunda lección clave es que, en condiciones económicas extremas, la representación proporcional (RP) puede empeorar las cosas. Cuando la política de un país está fragmentada, es más probable que la RP genere una mayoría electoral incoherente, generalmente integrada por partidos de extrema izquierda y extrema derecha que quieren rechazar «el sistema», pero coinciden en poco más.

En conjunto, estas dos lecciones constituyen la interpretación convencional de la experiencia de Weimar entre los politólogos. Sin embargo, con demasiada frecuencia se considera cada lección por separado, lo que genera una peligrosa sensación de complacencia. El primer argumento induce a pensar que solo una crisis económica extrema puede amenazar el sistema político; el segundo lleva a suponer —incorrectamente— que los sistemas sin RP son intrínsecamente más sólidos.

Image: Goldman Sachs

Para evitar la complacencia, conviene tener presentes otras ocho lecciones de la época de Weimar. Primero, los referendos son peligrosos, sobre todo cuando se celebran rara vez y el electorado tiene poca experiencia con ellos. En la República de Weimar, los nacionalsocialistas prácticamente habían desaparecido para 1929. Pero ese año el partido logró reorganizarse haciendo campaña en un referendo muy disputado sobre las reparaciones posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Segundo, disolver los parlamentos antes de tiempo cuando la ley no lo exige es arriesgado, por decirlo suavemente. Incluso una votación que permita convocar nuevas elecciones puede interpretarse como una admisión de que la democracia ha fracasado. En julio de 1932, los nazis obtuvieron la mayor proporción de votos (37 %) en unas elecciones libres, pero innecesarias desde el punto de vista legal. Las elecciones anteriores se habían celebrado menos de dos años atrás y no correspondía celebrar las siguientes hasta 1934.

Tercero, las constituciones no necesariamente protegen el sistema. La Constitución de Weimar, diseñada por algunos de los expertos más perspicaces y éticos de la época (entre ellos, Max Weber), era casi perfecta. Pero cuando acontecimientos imprevistos —ya sean dramas de política exterior o disturbios internos— se interpretan como emergencias que exigen un marco extralegal, las protecciones constitucionales pueden erosionarse rápidamente. Y los enemigos de la democracia pueden instigar esos acontecimientos. Una cuarta lección relacionada es que los grupos de presión empresariales pueden desempeñar entre bastidores un papel nefasto al socavar los acuerdos entre las facciones parlamentarias.

Quinto, una cultura política en la que los líderes demonizan a sus oponentes erosiona la democracia. En la República de Weimar, ese patrón comenzó antes de que los nazis se convirtieran en una fuerza importante. En 1922, el ministro de Asuntos Exteriores Walther Rathenau fue asesinado tras ser objeto de una intensa campaña de odio, a menudo antisemita, por parte de la derecha nacionalista. Poco después, el canciller Joseph Wirth, católico de centroizquierda, se dirigió a los partidos de derecha en el parlamento y dijo: «Democracia, sí, pero no esa clase de democracia que golpea la mesa y dice: ¡Ahora estamos en el poder!». Concluyó su reprimenda declarando: «El enemigo está a la derecha», una afirmación que no hizo más que avivar aún más las llamas del tribalismo.

Sexto, la familia del presidente puede ser peligrosa. En Weimar, el anciano mariscal de campo Paul von Hindenburg fue elegido presidente en 1925 y reelegido en 1932. Pero para principios de los años treinta, después de varios derrames leves, padecía demencia, y su débil e incapaz hijo Oskar controlaba todo acceso a él. Como resultado, terminó firmando cualquier acuerdo que le presentaran.

Séptimo, un grupo insurgente no necesita tener mayoría absoluta para controlar la política, ni siquiera en un sistema de RP. La mayor proporción de votos que obtuvieron los nazis fue del 37 %, en julio de 1932; en otras elecciones celebradas en noviembre de ese año, su apoyo había caído al 33 %. Por desgracia, ese descenso llevó a otros partidos a subestimar a los nazis y a considerarlos posibles socios de coalición.

Octavo, los gobernantes pueden mantenerse en el poder durante un tiempo ofreciendo concesiones a una población descontenta, pero no para siempre. En la época de Weimar, el Estado alemán proporcionaba viviendas municipales generosas, servicios de gobierno local, subsidios agrícolas e industriales y una administración pública numerosa; pero financiaba esos gastos con deuda.

Desde luego, al principio la República de Weimar parecía tener una economía milagrosa. La política alemana se deterioró solo más tarde, cuando el gobierno buscó apoyo extranjero. A otros países les costaba creer las advertencias del gobierno de que, sin ayuda rápida, se produciría una catástrofe política. Y convencer a sus propios electorados de rescatar a Alemania habría sido aún más difícil.

A menudo se supone que los países con sistemas electorales mayoritarios, como los de Estados Unidos o el Reino Unido, son más resilientes que los países con sistemas de RP. Al fin y al cabo, las democracias estadounidense y británica son más antiguas y cuentan con culturas de civismo político más arraigadas.

Sin embargo, en realidad estos sistemas también pueden volverse vulnerables con el tiempo. Por ejemplo, durante largos períodos puede carecer de relevancia política el grado en que la economía de un país depende del ahorro extranjero («el dinero de otros»). Pero, dado que para este año se prevén déficits por cuenta corriente del 3,7 % del PIB en Estados Unidos y del 3 % en el Reino Unido, podría llegar el momento de rendir cuentas, sobre todo si el nacionalismo aislacionista entre los votantes estadounidenses y británicos provoca el desencanto de sus acreedores extranjeros.

Licencia y republicación
Los artículos del Foro Económico Mundial pueden volver a publicarse de acuerdo con la Licencia Pública Internacional Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0, y de acuerdo con nuestras condiciones de uso. Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no del Foro Económico Mundial.