Una declaración de independencia del ciberespacio

John Perry Barlow considers the future.Image: Joi Ito (flickr)
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Hace veintiún años, en Davos, el ciberactivista John Perry Barlow (1947 - 2018) defendió un llamamiento hoy célebre para proteger la soberanía, la libertad y la independencia de internet frente a los gobiernos. Se reproduce a continuación. Desde entonces, casos como Apple contra el FBI y el derecho al olvido han puesto estos valores en entredicho. ¿Ha llegado el momento de redactar un nuevo contrato social para internet?

Gobiernos del mundo industrial, gigantes agotados de carne y acero: vengo del ciberespacio, el nuevo hogar de la mente. En nombre del futuro, pido a ustedes, que pertenecen al pasado, que nos dejen en paz. No son bienvenidos entre nosotros. No tienen soberanía allí donde nos reunimos.

No tenemos un gobierno elegido, ni es probable que lleguemos a tenerlo, así que me dirijo a ustedes sin más autoridad que aquella con la que siempre habla la libertad misma. Declaro que el espacio social global que estamos construyendo es independiente por naturaleza de las tiranías que pretenden imponernos. No tienen derecho moral a gobernarnos ni poseen métodos de coerción que tengamos verdaderos motivos para temer.

Los gobiernos derivan sus legítimos poderes del consentimiento de los gobernados. Ustedes no han solicitado ni recibido el nuestro. No los invitamos. No nos conocen, ni conocen nuestro mundo. El ciberespacio no se encuentra dentro de sus fronteras. No crean que pueden construirlo como si fuera un proyecto de obras públicas. No pueden. Es un acto de la naturaleza y crece por sí mismo mediante nuestras acciones colectivas.

No han participado en nuestra gran conversación, cada vez más concurrida, ni han creado la riqueza de nuestros mercados. No conocen nuestra cultura, nuestra ética ni los códigos no escritos que ya dan a nuestra sociedad más orden del que podría conseguirse con cualquiera de sus imposiciones.

Afirman que entre nosotros hay problemas que deben resolver. Usan esa afirmación como excusa para invadir nuestros territorios. Muchos de esos problemas no existen. Cuando haya conflictos reales o injusticias, los identificaremos y abordaremos por nuestros propios medios. Estamos creando nuestro propio contrato social. Esta forma de gobierno surgirá de acuerdo con las condiciones de nuestro mundo, no del suyo. Nuestro mundo es distinto.

El ciberespacio está formado por transacciones, relaciones y el pensamiento mismo, dispuestos como una onda estacionaria en la red de nuestras comunicaciones. El nuestro es un mundo que está en todas partes y en ninguna, pero no es el lugar donde viven los cuerpos.

Estamos creando un mundo al que todos puedan entrar sin privilegios ni prejuicios por motivos de raza, poder económico, fuerza militar o lugar de nacimiento.

Estamos creando un mundo donde cualquiera, en cualquier lugar, pueda expresar sus creencias, por singulares que sean, sin temor a que se le coaccione para guardar silencio o conformarse.

Sus conceptos jurídicos de propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Todos se basan en la materia, y aquí no hay materia.

Nuestras identidades no tienen cuerpo, así que, a diferencia de ustedes, no podemos imponer el orden mediante la coerción física. Creemos que nuestro gobierno surgirá de la ética, el interés propio ilustrado y el bien común. Nuestras identidades pueden estar distribuidas entre muchas de sus jurisdicciones. La única ley que, por lo general, reconocerían todas nuestras culturas constituyentes es la regla de oro. Esperamos poder construir nuestras propias soluciones sobre esa base. Pero no podemos aceptar las soluciones que intentan imponernos.

Hoy, en Estados Unidos, han creado una ley, la Ley de Reforma de las Telecomunicaciones, que repudia su propia Constitución e insulta los ideales de Jefferson, Washington, Mill, Madison, DeToqueville y Brandeis. Ahora esos ideales deben renacer en nosotros.

Tienen terror de sus propios hijos, pues ellos son nativos de un mundo en el que ustedes siempre serán inmigrantes. Por miedo a ellos, confían a sus burocracias las responsabilidades parentales que son demasiado cobardes para asumir ustedes mismos. En nuestro mundo, todos los sentimientos y expresiones de la humanidad, desde los más degradantes hasta los más angelicales, forman parte de un todo indivisible: la conversación global de bits. No podemos separar el aire que asfixia del aire sobre el que baten las alas.

En China, Alemania, Francia, Rusia, Singapur, Italia y Estados Unidos, intentan contener el virus de la libertad levantando puestos de control en las fronteras del ciberespacio. Puede que así mantengan el contagio a raya durante un breve tiempo, pero no funcionará en un mundo que pronto estará cubierto de medios que transportan bits.

Sus industrias de la información, cada vez más obsoletas, pretenden perpetuarse proponiendo leyes, en Estados Unidos y otros lugares, que reclaman la propiedad del discurso mismo en todo el mundo. Esas leyes declararían que las ideas son otro producto industrial, no más noble que el hierro en bruto. En nuestro mundo, todo lo que la mente humana pueda crear se puede reproducir y distribuir infinitamente y sin costo. Para la transmisión global del pensamiento ya no hacen falta sus fábricas.

Estas medidas, cada vez más hostiles y coloniales, nos colocan en la misma situación que aquellos amantes de la libertad y la autodeterminación que tuvieron que rechazar la autoridad de poderes lejanos y desinformados. Debemos declarar inmunes a su soberanía a nuestros seres virtuales, aunque sigamos consintiendo que gobiernen nuestros cuerpos. Nos extenderemos por todo el planeta para que nadie pueda detener nuestros pensamientos.

Crearemos una civilización de la mente en el ciberespacio. Que sea más humana y justa que el mundo que sus gobiernos han creado hasta ahora.

Davos, Suiza
8 de febrero de 1996

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