Estás desperdiciando gran parte del día haciendo varias cosas a la vez. Así puedes evitarlo

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Nos adentramos a toda velocidad en la era de «todo conectado». Una de las principales tiendas de aplicaciones del mundo ofrece casi tres millones de apps, y muchos de nosotros consultamos nuestros teléfonos inteligentes cada 6 minutos y la mayoría llevamos nuestros dispositivos digitales encima 22 horas al día.

La conectividad es ilimitada y las opciones abundan, pero ¿somos realmente expertos en el uso de nuestras herramientas digitales o simplemente estamos familiarizados con ellas? ¿Los rápidos cambios, vistazos y deslizamientos que caracterizan nuestras interacciones con la tecnología ocultan el hecho de que no la dominamos realmente? ¿Y estamos comprometiendo nuestro bienestar y rendimiento en el proceso?

Cada revolución tecnológica ha traído desafíos y oportunidades que nos exigen tomar decisiones difíciles y hacer juicios complejos. Vivimos y trabajamos como parte de un sistema más amplio, pero, mientras que las transformaciones anteriores repercutieron de forma lineal en la tecnología, la economía y la sociedad, la omnipresencia, la autonomía y la interconexión de las tecnologías digitales están acelerando el desarrollo a un ritmo exponencial.

De una economía de bienes fijos a una basada en flujos

Gran parte de nuestro consumo ha pasado de la propiedad al acceso, y nuestra economía ha dejado de basarse en bienes fijos para basarse en «flujos». Por ejemplo, la circulación de los periódicos, un medio limitado por su número de páginas, está disminuyendo en todo el mundo. El 86 % de las personas tiene más probabilidades de usar Twitter como principal fuente de noticias y consulta continuamente publicaciones de distintas fuentes. Ya no compramos CD ni escuchamos álbumes de una hora: reproducimos música en continuo durante el tiempo que queramos mediante servicios como Spotify. Casi nunca enviamos cartas, pero probablemente pasamos hasta el 60 % del día comunicándonos de alguna forma por medios electrónicos.

Aunque la digitalización y los flujos han ampliado la disponibilidad y las opciones, también han multiplicado la complejidad y la incertidumbre. Nuestro comportamiento se ha orientado más al corto plazo.

Exceso de variedad

Nuestro cerebro no está predispuesto a satisfacer las exigencias de las tareas y los esfuerzos altamente especializados que requiere la sociedad digital moderna. Intentamos sobrellevarlas haciendo «varias cosas a la vez», pero este enfoque puede devorar hasta el 40 % del tiempo productivo. Cometemos más errores, aprendemos menos y tardamos más en terminar las tareas.

Combinar dos tareas que requieren esfuerzo es más difícil que hacerlas por separado. Cambiar de tarea aumenta la carga cognitiva. La mayor parte de lo que llamamos hacer varias cosas a la vez consiste, en realidad, en que la corteza prefrontal —una región situada en la parte delantera del cerebro— actúa como un policía que dirige el tráfico en un cruce concurrido y cambia entre las distintas redes neuronales necesarias para que fluyan los procesos asociados a cada tarea.

Nuestros teléfonos inteligentes zumban con notificaciones día y noche; aceptamos las distracciones constantes como algo normal. Consultar habitualmente las llamadas perdidas y los mensajes puede convertirse en un patrón de conducta adictivo, que aumenta el estrés y altera el sueño. Más del 90 % de las personas hace varias cosas a la vez durante las reuniones. El 42 % admite leer y responder correos electrónicos en el baño. El 70 % consulta el correo electrónico mientras ve la televisión. Cuando tenemos la oportunidad de descansar, el 34 % admite usar las redes sociales como forma de desconectar mentalmente.

Sin embargo, aunque estas distracciones pueden activar nuestros mecanismos de recompensa, no nos ayudan a recuperarnos. Son otra forma de «seudotrabajo» para el cerebro, mientras cambiamos de una cosa a otra y procesamos contenido.

Incluso cuando nuestros dispositivos están apagados, la capacidad cognitiva disminuye considerablemente si tenemos el teléfono inteligente al alcance de la mano: Ward et al. (2017), «Fuga cerebral: la mera presencia del propio teléfono inteligente reduce la capacidad cognitiva disponible».

Hay una falta de coherencia entre nuestro mundo interior y el entorno. Esto podría explicar en parte por qué la abundancia de información y opciones no ha venido necesariamente acompañada de una mayor sensación de bienestar. Muchos sentimos que ya no tenemos el control de la vida cotidiana. Tenemos un exceso de variedad. Cuantas más actividades decidimos realizar, menos tiempo y energía nos quedan para cada una.

Transformación socioeconómica y bienestar

Basado en Hämäläinen, T. J., 2014

Estar familiarizado no equivale a ser experto

En retrospectiva, quizá consideremos la aparición de la World Wide Web y la digitalización mundial como el mayor avance tecnológico de nuestra especie desde la aparición del lenguaje. Tal vez existan similitudes entre estos avances: el lenguaje es un conjunto enorme de herramientas interconectadas. Puede descomponerse, recomponerse, agregarse y combinarse para crear muchas cosas. A medida que se desarrolló el lenguaje y la humanidad ensambló palabras en estructuras cada vez más complejas, pareció útil acordar estructuras y relaciones entre palabras para maximizar su utilidad.

Una palabra aislada es una herramienta, pero su potencial se realiza plenamente cuando se combina con otras para formar un conjunto, una tecnología capaz de llevar a cabo eficazmente una tarea determinada. Paradójicamente, si nunca hubiéramos establecido límites ni acordado estructuras que rigieran el uso de las palabras, habríamos limitado su potencial creativo. Con el lenguaje, aceptamos que las opciones ilimitadas son, en realidad, un límite.

Estructurar nuestros flujos

En cambio, buscamos cada vez más maneras de incorporar flujos digitales a cada momento del día. El wifi en los aviones, las conexiones móviles en la muñeca y la aparición de la realidad aumentada llenan de datos cada experiencia. En nuestro enfoque basado en flujos para usar herramientas digitales hay pocas estructuras o normas. Recorremos nuestro universo digital descomponiendo, recomponiendo, agregando y combinando elementos continuamente y sin límites.

Estamos muy familiarizados con una variedad de opciones que no deja de crecer, pero, si no hay una estructura que guíe nuestro uso, ¿estamos reduciendo el valor y el potencial inherentes a estas poderosas herramientas? Puede que nos sintamos productivos y eficientes, pero a menudo nos complicamos la vida más de lo necesario. Al igual que las palabras mal ordenadas, nuestra comunicación y creatividad se ven limitadas, requieren más esfuerzo y resultan más frustrantes de lo que podrían. ¿Debemos aceptar que algunos límites a nuestra experiencia digital pueden ser beneficiosos?

A favor de limitar las opciones

Nuestras herramientas digitales no establecerán límites por nosotros. Si no decidimos ponerlos, nuestra atención seguirá siendo explotada hasta agotarse. Tal vez debamos ir más allá de la familiaridad y empezar a establecer nuevos marcos: una gramática para la era digital que promueva un mayor bienestar y un rendimiento más sostenible.

Estos marcos podrían empezar con medidas muy sencillas. Reducir a tres veces al día la frecuencia con que consultamos el correo electrónico, en lugar de hacerlo tan a menudo como podemos, se asocia con una disminución significativa del estrés. En las evaluaciones del rendimiento cognitivo, las personas que dejan el teléfono en otra habitación obtienen resultados muy superiores a quienes lo dejan sobre el escritorio.

Un nuevo lenguaje para la tecnología

El objetivo de estas nuevas estructuras debería ser dirigir y dar forma a los «flujos» asociados al uso de las herramientas digitales. En mi trabajo en Hintsa Performance, suelo recomendar a los clientes que empiecen con tres sencillas adaptaciones de enfoques lingüísticos existentes:

  • Gramática: Ten claro el propósito de cada herramienta digital que utilices. Al igual que las palabras, una misma herramienta puede tener varios usos, pero intentar aplicarla a varios propósitos a la vez resulta confuso e ineficaz. Además, ten en cuenta que poder usar una herramienta no significa necesariamente que debas hacerlo.

  • Estructura: Al igual que con las oraciones y los párrafos, organiza el uso de las herramientas digitales en secuencia, en lugar de entremezclarlas continuamente. Considera dividir la jornada laboral en sesiones más cortas, con objetivos más precisos y una selección cuidadosa de la herramienta más adecuada.

  • Puntuación: Haz pausas con regularidad para aclararte las ideas y disfruta de momentos sin conexión. No confíes en tu autocontrol. Considera apagar tus dispositivos o ponerlos fuera de la vista, o ambas cosas. Recuerda que el tiempo de inactividad no es tiempo perdido.

Estas nuevas normas tardarán en desarrollarse y consolidarse, pero contamos con un sistema sofisticado de control cognitivo. Los seres humanos han demostrado que pueden adaptarse a una amplia variedad de exigencias. Al principio quizá parezca una carga, igual que cuando intentamos dominar un nuevo idioma, pero con el tiempo las reglas básicas que sustentan el uso óptimo de nuestras herramientas digitales podrían automatizarse. Si hacemos pausas con más regularidad, ganaremos claridad, reduciremos el esfuerzo y el estrés, mejoraremos el aprendizaje e interactuaremos con la tecnología de formas más sofisticadas y significativas, aprovechando mejor la increíble variedad de herramientas a nuestra disposición.

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