El mes pasado, científicos de la Universidad Tufts anunciaron que habían creado un sensor que puede colocarse en un diente para hacer un seguimiento de la calidad de la dieta y ofrecer recomendaciones nutricionales personalizadas.
Por esas mismas fechas, Microsoft anunció que había desarrollado un programa capaz de traducir del chino al inglés con la misma rapidez y precisión que una persona. Y, por si fuera poco, la semana pasada el mundo se enteró de que ya existe un robot capaz de montar muebles de forma autónoma.
Estas noticias lo dejan claro: leer hoy las noticias sobre ciencia y tecnología es asomarse a un mundo de rápidos avances y potencial infinito.
Y, desde cierta perspectiva, así es.
Pero creemos que ahora es un buen momento para recordar a todos una limitación fundamental de la capacidad de la tecnología para hacer del mundo un lugar mejor. Todos estos avances dependen, de una u otra forma, de internet, una herramienta que sigue siendo ajena a más de la mitad de la población mundial.
La Comisión de la Banda Ancha para el Desarrollo Sostenible afirma que el mundo ni siquiera alcanzará un uso de internet del 50 % antes de que termine este año. Si el mundo mantiene las tasas actuales de crecimiento de usuarios de internet —un gran «si»—, no nos acercaremos a una adopción mundial del 100 % hasta dentro de más de dos décadas.
Internet de las cosas
Para entonces, los expertos prevén que la Cuarta Revolución Industrial estará en pleno apogeo. Estaremos conectados a una vasta red de internet de las cosas, que alimentará herramientas de inteligencia artificial cada vez más avanzadas con cantidades inimaginables de datos y nos permitirá crear productos y servicios nuevos y altamente disruptivos, capaces de generar enormes cantidades de riqueza. O, al menos, lo estaremos quienes tengamos conexión a internet.
Esta inminente y desigual explosión de riqueza importa porque agravará las actuales brechas de la desigualdad mundial. El uso de internet se concentra abrumadoramente en las economías avanzadas, y las mayores brechas se encuentran en las zonas más pobres del mundo.
El mapa y el gráfico de abajo muestran focos de conectividad a internet en la mayoría de los países desarrollados y enormes oportunidades para ampliar el acceso a internet en los países en desarrollo.
Si esta situación no se resuelve pronto, los beneficios de la Cuarta Revolución Industrial recaerán principalmente en quienes ya tienen recursos en el mundo, y quienes no los tienen se quedarán aún más atrás.
Esto no significa que lo único que impide que uno de los actuales países menos adelantados se convierta en líder mundial en inteligencia artificial sea conectar a toda su población. Más bien, hacerlo crearía un ecosistema digital nacional que aumentaría las posibilidades del país de convertirse en un actor relevante. En particular, no debemos descartar que las economías emergentes pongan en marcha industrias propias que ofrezcan productos adaptados a las poblaciones nacionales o regionales, impulsen el crecimiento económico y ayuden a combatir la desigualdad mundial.
No olvidemos el ejemplo de M-Pesa, un proveedor líder mundial de pagos móviles, de propiedad africana en un 50 % y cuya mayor base de usuarios está en Kenia.
Esta perspectiva —que los países con una penetración mínima de internet probablemente se pierdan la Cuarta Revolución Industrial— explica por qué la brecha digital importa tanto ahora. Debería ocupar un lugar mucho más central en los debates sobre el desarrollo de internet a escala mundial.
Hasta ahora, el argumento a favor de dar prioridad al desarrollo de internet se ha vinculado a su potencial para impulsar el desarrollo sostenible. Es fácil defenderlo. No solo existen numerosos estudios que muestran los beneficios para el crecimiento macroeconómico de aumentar la penetración de la banda ancha, sino que las historias de cómo la llegada de internet transforma una y otra vez las vidas de personas y comunidades siguen asombrándonos. Como profesionales del desarrollo de internet, hemos visto estos casos de primera mano
Uno de nosotros vio de primera mano cómo un empresario indonesio pobre multiplicó sus ingresos por siete en nueve meses al recibir una conexión a internet en su casa. Usó Facebook para encontrar distribuidores para el producto alimentario que elaboraba, convenció a varios para que lo visitaran y firmó contratos con todos ellos.
El otro fue testigo de cómo un niño de ocho años logró usar internet para salvar la economía local de una aldea del norte de Brasil. La aldea subsistía de la venta de pollos, y hacía poco que un gran número de gallinas locales había empezado a comerse sus propios huevos. Tradicionalmente, esto se consideraba una señal de que el ave estaba poseída por espíritus y había que matarla. Pero el niño encontró un video de YouTube que explicaba que aquello solo indicaba una deficiencia de calcio en la dieta de las gallinas, un problema que los habitantes de la aldea podían resolver fácilmente.
Sin embargo, por convincentes que sean estos argumentos, no han logrado influir lo suficiente en el debate mundial.
Pese a que el crecimiento del uso de internet es demasiado lento y a que el Global Infrastructure Hub ha identificado una brecha mundial de financiación de 1 billón de dólares para infraestructuras de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) entre ahora y 2040, durante los últimos seis años los bancos multilaterales de desarrollo han dedicado apenas el 1 % de sus recursos a esta cuestión.
¿Por qué? Una encuesta reciente respaldada por la World Wide Web Foundation mostró que la inversión en conectividad de TIC se considera, de forma abrumadora, competencia del sector privado y, en concreto, de los operadores de telefonía móvil.

Esto tiene que cambiar, y un buen primer paso es replantear el argumento. Si los gobiernos, cuyas solicitudes a los bancos de desarrollo determinan la cartera de préstamos de los bancos multilaterales de desarrollo, no pueden justificar las inversiones en TIC por sus beneficios para el desarrollo sostenible, quizá puedan hacerlo demostrando que la conectividad es ahora imprescindible para participar en la Cuarta Revolución Industrial. Esto también podría ayudar a generar la voluntad política necesaria para aclarar los marcos regulatorios y hacer que el sector sea más transparente y atractivo para inversores privados no tradicionales.
En el Foro Económico Mundial trabajamos con gobiernos y organismos regionales para ampliar el conjunto de inversores en conectividad a través de nuestro proyecto Internet para Todos.
Una nueva investigación que acabamos de publicar muestra que, en las zonas donde el uso de internet es bajo, los operadores de telefonía móvil se enfrentan a un entorno de inversión difícil. Aunque en algunos casos la rentabilidad de las inversiones en conectividad puede superar sus costes en menos de dos años, esos beneficios revierten en el conjunto de la economía y no en un inversor privado. Los operadores de redes suelen necesitar cofinanciación para que una inversión sea rentable.
Si incorporamos a más actores al ámbito de la inversión en TIC, podemos empezar a distribuir los costes de las inversiones de forma que reflejen mejor cómo se reparten sus beneficios. Esto debería aumentar significativamente el desarrollo de las infraestructuras de TIC. Pero todo empieza por pensar en internet de otra manera. Conectar a una población no se limita al crecimiento económico o a la inclusión social. Se trata de evitar que tu país se quede al margen de la Cuarta Revolución Industrial, con sus robots que montan muebles y todo lo demás.
Nuestro informe, Financiar un Internet para Todos con visión de futuro, está disponible aquí.




