En la última década, la transformación digital ha sido un impulsor clave del crecimiento rentable, la satisfacción del cliente y las operaciones fluidas. Hoy, estamos muy avanzados en la revolución digital, cosechando sus beneficios, resolviendo los problemas que deja a su paso e intentando determinar nuestros próximos pasos hacia adelante.
A medida que la digitalización se vuelve más omnipresente, también crece su alcance en la sociedad, la cultura y la economía. Hoy, casi todas las facetas de nuestras vidas, desde la forma en que nos comunicamos y consumimos hasta lo que aprendemos y cómo lo hacemos, han sido tocadas, si no transformadas, por ella.
Por ello, la cuestión que reclama nuestra atención es cómo aprovechamos esta creciente madurez digital en beneficio del bien común y general. ¿Cómo creamos un nuevo orden mundial, una era de igualdad, crecimiento y éxito compartido?
El primer paso es comprender la madurez digital en los países y las empresas. Una comprensión profunda de lo que implica, de sus impulsores, obstáculos y todos los posibles resultados puede ayudarnos a aprovechar su verdadero potencial.
Para ello, a principios de 2018, encargamos un estudio para evaluar la madurez digital. Descubrimos una amplia brecha en la madurez digital entre las corporaciones mundiales. Surgieron tres grupos diferenciados: los visionarios, que comprenden el potencial de la revolución digital para transformar por completo los negocios; los exploradores, que se comprometen con programas digitales para mejorar la experiencia que ofrecen a sus clientes; y los observadores, que contemplan la transformación desde la única perspectiva de la eficiencia.
Pero también surgió la nueva oportunidad que existe más allá de la empresa. Una que nos permite construir un futuro más prometedor, empoderar a las personas y crear nuevas oportunidades de crecimiento.
Mirando hacia un futuro potenciado digitalmente
A medida que se despliega el abanico de nuevas tecnologías, la lista de tareas que hacer y a las que adaptarse no hace más que crecer. ¿Qué se puede hacer con una enorme variedad de nuevas tecnologías digitales? Esto solo está limitado por la imaginación. Y el grado en que se aprovechan depende de la capacidad de utilizarlas en contexto. En este caso, las organizaciones digitalmente maduras lideran el camino, aprovechando la digitalización para transformar la forma en que las personas viven y trabajan.
En la atención sanitaria, la IA, los datos y la analítica avanzada han permitido a los profesionales avanzar notablemente en el diagnóstico de enfermedades, personalizar los tratamientos e incluso hacerlos disponibles a distancia. De manera similar, en el comercio minorista, las tiendas sin personal prometen mejorar la comodidad, abaratar las compras gracias a la desintermediación y mejorar la experiencia de compra, mientras que los cajeros de los bancos, propensos a errores humanos, están siendo asistidos por autómatas infalibles.
Este es el futuro: uno en el que la madurez digital afecta directamente a las personas, no solo mejorando la experiencia o la comodidad, sino mejorando realmente la calidad de vida, incluso para los consumidores de bajos ingresos, en los rincones más remotos del planeta.
Preparar a las personas para la era de las máquinas
La transformación digital está redefiniendo la educación para la era de las máquinas. Lo que comenzó como un intento de cerrar las brechas de competencias en la fuerza laboral se ha convertido rápidamente en una carrera contrarreloj no solo para dotar a las personas de nuevas competencias propias de la era digital, sino también para crear un entorno en el que la creatividad y la innovación puedan desarrollarse libremente.
Hoy, los responsables políticos y las sociedades se preparan para un futuro con la tecnología. Esto implica redefinir la educación en el nivel primario, colaborar con los gobiernos y el mundo académico para ayudar a alinear los planes de estudio con las exigencias del mundo real, y desarrollar una agenda y una estrategia claras basadas en la forma en que la tecnología moldeará la economía y la sociedad en las próximas décadas.
También en este caso, son las organizaciones digitalmente maduras las que han tenido más éxito en integrar la tecnología en el aprendizaje y en crear plataformas digitales que ofrecen un aprendizaje fluido y personalizado. Están en mejor posición para asesorar sobre cómo crear una fuerza laboral multidisciplinar y tecnológicamente hábil, capaz de aprovechar la potencia de las tecnologías y trabajar junto a ellas.
Por ejemplo, la capacidad de escribir código se está volviendo tan fundamental como lo fueron ayer las tres R (leer, escribir y aritmética). A medida que aumenta nuestra dependencia de la tecnología, también crece nuestra dependencia de la programación. De hecho, hoy es posible que necesite a un programador y a un mecánico para reparar su coche, ya que el automóvil nuevo promedio contiene unos 100 millones de líneas de código.
Creación de nuevas fuentes de valor
Quizá aquí es donde la madurez digital revela su carta más fuerte. La sociedad no puede progresar si no es capaz de crear continuamente nuevas fuentes de valor, a medida que las anteriores se agotan.
Las tecnologías disruptivas han redefinido la forma en que vivimos y trabajamos. ¿Y ahora qué? Necesitamos nuevos modelos de negocio y capacidades que nos permitan aprovechar la tecnología para crear mayor valor, no solo en términos de generación de ingresos, sino también de creatividad, innovación e inclusión. Una sociedad con capacidades digitales podrá crear constantemente nuevos productos y servicios, ofrecer una mayor personalización y resolver problemas que parecen irresolubles.
Hoy ya no solo consumimos tecnología, sino que cada vez dependemos más de ella como herramienta para crear. El máximo nivel de madurez digital se alcanza cuando nos permite crear un mayor valor. Esto también incluye proteger los derechos básicos, identificar nuevas fuentes de capital y crear un entorno en el que los ciudadanos prosperen de forma equitativa.
Tomemos como ejemplo nuestras nuevas identidades digitales: son la puerta de entrada a una serie de servicios. Ahora, incluso quienes carecen de identidades tradicionales pueden obtener identidades digitales basadas en datos biométricos y acceder a servicios básicos como la atención sanitaria, la ayuda financiera y la educación, lo que les brinda la posibilidad de una vida mejor, donde antes no existía.
Más allá de responder a la revolución digital, las empresas tienen ahora la oportunidad de orientarse a sí mismas, y al sector en el que operan, hacia un futuro progresista a través de ella. El resultado: una situación en la que todos se benefician por ser digitales.
El camino que tienen por delante las empresas consiste en crear un futuro digital progresista, inclusivo y responsable. La única pregunta que queda es el ritmo al que actuarán las empresas: ¿observarán con cautela, explorarán con prudencia o avanzarán con audacia como visionarias?




