El conflicto en Oriente Medio está agravando los riesgos de ciberseguridad en todo el mundo.
Entre los objetivos de los ciberataques maliciosos hay empresas y sistemas de infraestructura crítica situados muy lejos de la región.
El conflicto refuerza un «cambio en el panorama mundial de las ciberamenazas: de los ataques oportunistas a las operaciones coordinadas impulsadas por factores geopolíticos», señaló un experto.
El conflicto actual en Oriente Medio es un crudo recordatorio de que la guerra moderna ya no se limita a los campos de batalla físicos.
Junto con los misiles y los drones, el conflicto también se libra en el ciberespacio, donde gobiernos y grupos de piratas informáticos respaldados por Estados pasan a la ofensiva digital. Esto incluye ataques contra empresas y redes de infraestructura crítica situadas muy lejos de la región.
A principios de este mes, por ejemplo, el proveedor estadounidense de equipos médicos Stryker Corporation fue víctima de malware de borrado desplegado por un grupo de piratas informáticos respaldado por Irán. Entre los demás objetivos ha habido empresas energéticas, firmas de servicios financieros y sistemas de transporte.
El frente cibernético del conflicto en Oriente Medio pone de relieve que las tensiones geopolíticas siguen exigiendo una mayor ciberresiliencia en todos los sectores.
Como señala el informe del Foro Económico Mundial Panorama mundial de la ciberseguridad 2026, «la inestabilidad geopolítica y los conflictos armados están transformando el panorama de las ciberamenazas y creando condiciones complejas e impredecibles para las organizaciones». El informe concluyó que el 91 % de las organizaciones más grandes han cambiado sus estrategias de ciberseguridad debido a la volatilidad geopolítica, un indicador sorprendente de hasta qué punto las tensiones mundiales influyen en el riesgo digital.
Para entender mejor cómo afecta el conflicto en Oriente Medio al riesgo cibernético mundial, pedimos la opinión de tres expertos en ciberseguridad. Esto es lo que dijeron.
Sami Khoury, alto funcionario de ciberseguridad, Gobierno de Canadá
Los conflictos recientes han revelado una nueva realidad: ya no se limitan al ámbito cinético. La guerra híbrida ha redefinido el panorama de la seguridad: las operaciones cibernéticas se han convertido en una herramienta habitual de conflicto y en parte de las disputas y tensiones geopolíticas, y se utilizan cada vez más junto con instrumentos diplomáticos, económicos y militares.
Los períodos de conflicto suelen ir acompañados de un repunte de la actividad cibernética maliciosa, incluidas operaciones dirigidas contra infraestructuras críticas y campañas de phishing a gran escala. Actores delegados por Estados y hacktivistas se han sumado a la contienda, difuminando aún más los límites. En el punto de mira de estas campañas asimétricas están las industrias de alta tecnología, incluso las que se encuentran fuera de la zona de conflicto, donde la distancia geográfica no ofrece defensa, así como la infraestructura de la que dependen, como los centros de datos o los cables submarinos, que afronta un mayor riesgo.
Estas dinámicas ponen de relieve la importancia de la ciberresiliencia. Algunos ataques tendrán éxito; la clave está en limitar su impacto y recuperarse rápidamente. En el ámbito nacional, el papel de las autoridades de ciberseguridad es de suma importancia para proteger las redes clave, concienciar sobre la amenaza y emitir alertas oportunas. La interconexión del ciberespacio también hace esenciales la cooperación transfronteriza y la acción colectiva para responder a las amenazas.
Todo conflicto deja nuevas lecciones; la clave es adaptar y actualizar nuestras políticas, estrategias y postura en consecuencia. El legado perdurable para la ciberseguridad es una mayor conciencia de que, cuando se intensifican las tensiones geopolíticas, es probable que se produzcan intrusiones en redes, filtraciones de datos y sabotajes digitales, y debemos estar preparados para hacerles frente.
Thelma Quaye, directora de Infraestructura, Capacidades y Empoderamiento, Secretaría de Smart Africa, Ruanda
El conflicto en Oriente Medio ha reforzado un cambio en el panorama mundial de las ciberamenazas: de los ataques oportunistas a las operaciones coordinadas impulsadas por factores geopolíticos. Las tendencias recientes muestran un aumento de actores alineados con Estados y de actores delegados que llevan a cabo campañas disruptivas, incluidos ataques de denegación de servicio, filtraciones de datos y operaciones de «hackeo y filtración» dirigidas contra infraestructuras críticas, plataformas digitales e instituciones públicas.
Incluso cuando las interrupciones no tienen un origen cibernético, sus consecuencias son profundamente digitales. Las tensiones que afectan a corredores clave de conectividad mundial han puesto de manifiesto la fragilidad de los sistemas de cables submarinos y los riesgos de una infraestructura concentrada, y han provocado el redireccionamiento del tráfico, latencia y vulnerabilidades sistémicas en distintas regiones.
Desde una perspectiva africana, esto indica la necesidad de un enfoque continental más coordinado para proteger los ecosistemas. La resiliencia debe construirse a través de las fronteras, los sistemas y las instituciones. Por eso iniciativas como la Red Africana de Autoridades de Ciberseguridad (ANCA) están cobrando una importancia fundamental: crean una plataforma para la coordinación, el intercambio de inteligencia y una respuesta armonizada entre jurisdicciones. En un entorno interconectado, los enfoques fragmentados de la ciberseguridad generan vulnerabilidades sistémicas.
De cara al futuro, destacan tres prioridades: proteger la cadena de suministro digital ampliada para reducir la exposición indirecta, poner en marcha una respuesta cibernética transfronteriza en tiempo real y garantizar la continuidad de los servicios críticos mediante redundancia regional y vías de conectividad alternativas.
Las recientes interrupciones de cables submarinos en algunas zonas de África ya han demostrado la rapidez con que los fallos de conectividad pueden desencadenar interrupciones de pagos, cortes de servicios y una desaceleración económica. Nuestra prioridad ahora debe ser construir sistemas digitales que sigan funcionando incluso cuando se produzcan perturbaciones externas.
Sameer Patil, director del Centro de Seguridad, Estrategia y Tecnología, Observer Research Foundation, India
El conflicto en Asia Occidental está agravando un entorno de ciberseguridad ya precario, cada vez más caracterizado por la proliferación del ransomware, el espionaje patrocinado por Estados y los ataques deliberados contra infraestructuras nacionales críticas.
Tres tendencias diferenciadas en las hostilidades actuales merecen nuestra atención: la convergencia de las amenazas ciberfísicas con varios ataques contra sistemas civiles e industriales esenciales; el uso de la inteligencia artificial para orquestar ciberataques a gran escala que comprometen la integridad de las cadenas de suministro digitales; y el alarmante aumento de los ultrafalsos en un entorno caracterizado por los apagones informativos en la región.
Reforzar la resiliencia de las organizaciones frente a estas amenazas exige una planificación rigurosa de escenarios, una evaluación lúcida de las vulnerabilidades digitales críticas y un mapeo detallado de los efectos en cadena sobre la política, la sociedad y la economía. Si los precedentes de Stuxnet y NotPetya, y los considerables daños colaterales que cada uno causó mucho más allá de sus objetivos previstos, aún no nos han hecho comprender la fragilidad de los ecosistemas digitales, las hostilidades actuales en Asia Occidental son una llamada de atención: ninguna organización ni sector está a salvo de las consecuencias de un conflicto cibernético.
Por lo tanto, las empresas deben dar prioridad estratégica a diversificar geográficamente sus infraestructuras de nube y datos, reforzar las cadenas de suministro y fortalecer sus defensas frente a la amenaza cambiante del ransomware.

