¿Por qué las ciudades del futuro son «celulares»?

Rows of organic lettuces sprout from growing towers that are primarily made out of polyvinyl chloride (PVC) pipes at Citiponics' urban farm on the rooftop of a multi-storey carpark in a public housing estate in western Singapore April 17, 2018. Picture taken April 17, 2018. REUTERS/Loriene Perera - RC131C8BA340
Future cities will focus on local self-sufficiency, adaptability and resilience.Image: REUTERS/Loriene Perera
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Nos enfrentamos a una emergencia climática. Más de 11.000 científicos de todo el mundo y los sucesivos informes publicados por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático afirman que las pruebas del calentamiento global de origen humano son irrefutables.

Sin embargo, justo en el momento en que necesitamos medidas de mitigación y adaptación de gran alcance, algunas de las naciones más poderosas del mundo están ignorando las señales de alarma, como uno de los mayores contaminadores del planeta, Estados Unidos, que anunció formalmente su retirada del Acuerdo de París sobre el Clima este mes. Pese al aumento constante de las temperaturas, los fenómenos meteorológicos extremos y los incendios descontrolados, algunos líderes estadounidenses siguen insistiendo en que el cambio climático es un engaño.

Mientras el resto del mundo despierta ante las catastróficas consecuencias del cambio climático, corresponde a los gobiernos nacionales, estatales y, sobre todo, municipales adoptar medidas prácticas para prepararse para sus efectos. Conscientes de que los Estados nacionales se mueven con demasiada lentitud, un número creciente de ciudades y empresas invierte activamente en medidas de descarbonización y adaptación. Tomemos como ejemplo el caso del Pacto Mundial de Alcaldes por el Clima y la Energía, que incluye a más de 10.000 ciudades de 139 países. Para 2030, las ciudades participantes en el Pacto Mundial podrían reducir más de 1.300 millones de toneladas de emisiones de CO2 al año, lo que equivale a retirar de la circulación 276 millones de automóviles.

Pero incluso las ciudades más ecológicas se enfrentan a una realidad desalentadora. Hagan lo que hagan los gobiernos nacionales y las empresas para reducir las emisiones de carbono, es inevitable que se produzcan graves trastornos climáticos a corto y medio plazo. Incluso en el improbable caso de que las emisiones de gases de efecto invernadero se redujeran a cero para 2030, el calor abrasador, la subida del nivel del mar y los fenómenos meteorológicos extremos seguirán aumentando. Aunque están firmemente comprometidos con la descarbonización, un número creciente de líderes urbanos reconoce que cierto cambio climático es inevitable y que deben estar preparados para gestionarlo. Algunos exploran activamente formas de incorporar la resiliencia en el diseño, lo que incluye rediseñar, reutilizar y reacondicionar el entorno construido.

La verdad es que las ciudades son parte del problema climático, así como de la solución. Por un lado, son productoras prodigiosas de gases de efecto invernadero: según algunas estimaciones, hasta el 70 % de las emisiones totales, y consumen más de el 80 % de todos los recursos energéticos. Pero las ciudades también son motores de productividad, pues generan más de el 80 % del PIB mundial y son máquinas de innovación, responsables de la producción de más del 90 % de todas las patentes. Lo más importante es que las ciudades concentran más de la mitad de la población mundial (más de cuatro mil millones de personas), y esta cifra casi se duplicará para 2050, lo que provocará un aumento de la demanda de energía, alimentos y agua. Las inundaciones, las sequías, la escasez de agua y los niveles alarmantes de contaminación ya están haciendo que un número creciente de ciudades resulte inhabitable.

Las ciudades son parte del problema y parte de la solución frente al cambio climático; además, el 70 % de las ciudades ya se enfrenta a los efectos del cambio climático, y casi todas corren riesgo.Image: C40 Cities

Las ciudades más expuestas al riesgo de hoy son los canarios de la mina. Las ciudades costeras del sur y el sudeste asiático, los centros urbanos de África Occidental y el Sahel y las ciudades de rápido crecimiento en la Amazonía y en sus proximidades ya están cediendo bajo la presión del estrés climático. Metrópolis como Ciudad del Cabo, Chennai y São Paulo han estado peligrosamente cerca de quedarse sin agua en los últimos años. Ya vemos cómo algunos gobiernos se preparan para trasladar sus capitales, como Yakarta para la friolera de 33.000 millones de dólares , lejos de la costa o, como en el caso de las islas del Pacífico, preparándose para abandonar a estas ciudades por completo. Muchas de ellas no se construyeron pensando en el futuro y son una señal de alerta luminosa de lo que se avecina, y pronto. Los canarios agonizan, pero ¿alguien se ha dado cuenta?

Y cada vez son más las «ciudades globales» hiperconectadas del planeta que también sufren el calor. En Asia, ciudades como Delhi y Faisalabad se ven obligadas con frecuencia a cerrar debido a una contaminación del aire ambiental que alcanza literalmente niveles estratosféricos. En toda Europa, las olas de calor mortíferas se están convirtiendo en la norma, y miles de personas mueren por los llamados «efectos de isla de calor». En las Américas, tormentas y marejadas azotan ciudades como Miami y Nueva Orleans, mientras que los incendios forestales hicieron que San Francisco y Los Ángeles figuraran entre las más contaminadas del mundo durante unas semanas en 2019. Si bien algunas ciudades están tomando medidas importantes para reducir la congestión, crear cubiertas verdes y desplegar rompeolas para contener el mar, estas medidas son una gota en el océano de lo que se necesita.

Por si fuera poco, los efectos del cambio climático en las ciudades van a empeorar drásticamente, en lugar de mejorar. Aunque no podemos predecirlos con absoluta certeza, las repercusiones aumentarán exponencialmente, no linealmente. Es muy probable que las proyecciones conservadoras emitidas por el IPCC estén minimizando las turbulencias que se avecinan. Los modelos de subida del nivel del mar elaborados por Climate Central probablemente subestimen gravemente la magnitud del problema. Si bien algunas ciudades están dando pasos heroicos para reducir las emisiones y adaptar sus urbes, ya es hora de que también empiecen a prepararse para el Plan B. Si no lo hacen, las ciudades —especialmente las de entornos más pobres y vulnerables— se derrumbarán literalmente. Las repercusiones para sus cientos de millones de habitantes, el comercio mundial e incluso los pagos de los seguros ascenderán a billones de dólares.

Si hay una buena noticia, es que las ciudades tienen muchas de las herramientas necesarias para empezar a prepararse ahora.

La ciudad celular

Prepararse para el Plan B supone adaptar una mentalidad centrada en ajustes inteligentes, alcanzables y orientados al futuro a nivel local. A esto lo llamamos la ciudad celular. Una mentalidad celular implica localizar al máximo la resiliencia e invertir en autosuficiencia y regeneración adaptativa. Si las redes eléctricas nacionales y estatales fallan, como lo han hecho recientemente desde Argentina hasta el Reino Unido, ¿puede la ciudad generar electricidad suficiente para funcionar? Si una ciudad sufre escasez crónica de agua, ¿existen suficientes medidas de tipo «esponja» para captar el agua de lluvia, almacenar el agua subterránea o estirar sus reservas de los depósitos de agua? Si los barrios se inundan, ¿están los edificios y parques preparados para absorber las crecidas, como llevan haciendo las ciudades neerlandesas desde hace una generación? Si disminuye la disponibilidad de alimentos, ¿pueden las ciudades cultivar sus propios alimentos en las azoteas, como ya se ve en Nueva York? El pensamiento celular exige que cada ley, impuesto, ordenanza urbanística, política de contratación, nuevo edificio o decisión de compra incorpore como prioridad absoluta la autosuficiencia local, la adaptabilidad y la resiliencia.

Construir la ciudad celular significa invertir en mitigación y adaptación, pero yendo más allá de ellas. Significa reconocer que la «emergencia climática» es una realidad mundial, no una posibilidad remota. Exige considerar el cambio climático como una oportunidad para modernizar, reacondicionar y reorientar el paisaje urbano hacia un futuro sostenible. Implicará realizar inversiones en edificios públicos y privados para que no solo sean ecológicos y eficientes, sino también autónomos y autosuficientes. Podría elaborarse una norma de certificación (similar a LEED) para medir el entorno construido desde la perspectiva de su resiliencia frente a las perturbaciones climáticas. También requiere evaluaciones de impacto basadas en datos sobre el estrés climático futuro en el desarrollo urbano, y limitar la construcción en zonas propensas a inundaciones recurrentes, desiertos y tormentas. En definitiva, implica una mayor localización de todo, desde la producción de energía y el suministro de agua hasta la gestión de residuos, el reciclaje y la reutilización de productos locales, para impulsar economías más circulares a gran escala.

Afortunadamente, muchas ciudades y redes urbanas ya están tomando medidas. Las coaliciones de ciudades globales, como C40 y UCLG, están movilizando a miles de ciudades para elaborar planes de preparación climática, comprometerse con normas, adoptar nuevas leyes y aprender unas de otras. Las ciudades más inteligentes son las que introducen cambios en el diseño para tener en cuenta las conmociones y las tensiones. Ciudades como Ámsterdam, Nueva York, Oslo y Singapur están invirtiendo en transporte público más inteligente, vehículos eléctricos, plantas de energía renovable y simbiosis industrial, y subvencionándolos, para promover una economía más circular, y ofreciendo ideas sobre cómo localizar la resiliencia y las capacidades regenerativas a una escala granular. Otra forma de pensar en las ciudades celulares es la idea de «defensa en profundidad», que consiste en hacer que los barrios y la infraestructura sean lo más ágiles y autónomos posible. Pero queda mucho por hacer, sobre todo en África y Asia, que son las regiones que se urbanizan con mayor rapidez.

Actualmente, el debate sobre el clima suele plantearse en torno a dos posibles desenlaces: la posible victoria frente a las emisiones o el colapso civilizatorio y la extinción masiva. Lo que la mayoría de la gente intuye, aunque comprensiblemente se resiste a admitirlo, es que el resultado más probable estará a medio camino entre ambos. No nos engañemos: habrá un deterioro y una degradación masivos del clima y de la biodiversidad. Cientos de millones de personas se enfrentan a riesgos reales y se verán obligadas a desplazarse, y antes de lo que muchos creemos. La cuestión es si podemos mejorar nuestro futuro si elaboramos ahora planes de contingencia adecuados y nos aseguramos de actualizarlos constantemente.

Aunque debemos hacer todo lo posible para evitar que el cambio climático se descontrole, la realidad es que las ciudades están en mejores condiciones para liderar el pensamiento celular y un futuro más sostenible. Las ciudades del futuro —las que resistirán la tormenta que se avecina— serán celulares.

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