Los avances hacia una recuperación verde tras la pandemia se han revertido debido a la guerra de Rusia en Ucrania.
Necesitamos mejores datos y modelos de riesgos para informar a los líderes sobre el impacto de los fenómenos meteorológicos extremos actuales y futuros.
Desarrollar las energías renovables y otras formas de energía limpia es una estrategia muy eficaz para garantizar la seguridad energética.
Durante el apogeo de la pandemia de COVID-19, la caída de la demanda mundial de energía dio lugar a una reducción de las emisiones de dióxido de carbono (CO2). Esta tendencia se acentuó debido a la reducción de los subsidios a los combustibles fósiles y al aumento de la generación de electricidad renovable y de las ventas de vehículos eléctricos. La gente de todo el mundo empezó a percibir efectos positivos: el aire estaba menos contaminado y la naturaleza se recuperaba. Parecía que había una oportunidad para una recuperación económica con un corazón verde y palpitante; una recuperación en la que las políticas verdes apoyarían el crecimiento económico sostenible, con un impacto positivo en nuestra salud y bienestar.
Cuando se disipó la niebla de la COVID, un futuro con cero emisiones netas parecía alcanzable, y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero y la recuperación ambiental parecían posibilidades reales. Pero entonces ocurrió lo imprevisible. La guerra de Rusia en Ucrania ha polarizado al mundo, desencadenado crisis energéticas y alimentarias e impulsado una aceleración de la inflación mundial y un aumento del costo de vida. Ha colocado la seguridad energética en lo más alto de la agenda política, a expensas de la transición energética, frenando esa recuperación verde y debilitando nuestra voluntad colectiva de «reconstruir mejor».
A corto plazo, los países están poniendo en pausa sus planes de transición energética y, con ellos, el objetivo de limitar el calentamiento global a menos de 2 grados Celsius (°C). A pesar de la desaceleración de la economía mundial, los confinamientos y la posible salida de capital de China, se prevé que la demanda de carbónvuelva a alcanzar un máximo histórico en 2022, igualando el récord establecido en 2013, esta vez con el respaldo del vertiginoso aumento de los precios del gas natural. En Europa, varios países están prolongando la vida útil de las centrales de carbón cuyo cierre estaba previsto, reabriendo centrales cerradas o elevando los límites de sus horas de funcionamiento para reducir el consumo de gas.
Es probable que esto agrave el cambio climático. NuestroCuadro de evaluación del cambio climático, elaborado en 2017 y actualizado cada año, muestra que en 2022 el mundo está aún más lejos que en años anteriores de su objetivo de mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de 2 °C.

Los segmentos verdes indican tendencias que permiten al mundo limitar el calentamiento global a menos de 2 °C. Los segmentos amarillos representan avances significativos, pero de una escala insuficiente para alcanzar el objetivo de 2 °C. Los segmentos que no van por buen camino aparecen en rojo. En el cuadro de evaluación de este año, los segmentos rojos superan en número a los verdes. De hecho, tres de los cuatro segmentos rojos del Cuadro de evaluación de 2022 eran verdes el año pasado: los subsidios a los combustibles fósiles, las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y la demanda y eficiencia energéticas.
Los resultados de la Encuesta de Opinión Ejecutiva 2022 del Foro Económico Mundial muestran con mucha claridad que el avance lento pero constante hacia el desastre ambiental ocupa un lugar poco destacado en las agendas de los líderes empresariales, a quienes se preguntó por sus principales preocupaciones. Incluso en Europa, donde hay una gran conciencia sobre el clima, los riesgos ambientales no se perciben como tan urgentes como las preocupaciones geopolíticas y económicas actuales.

El cambio climático ya está aquí. Sus efectos y consecuencias no pertenecen únicamente a un futuro lejano: son una realidad presente. El verano pasado trajo fenómenos meteorológicos extremos en todo el mundo: olas de calor récord, sequías, incendios forestales devastadores e inundaciones destructivas. A medida que el cambio climático provoca fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes e intensos, necesitamos urgentemente más inversión para fortalecer la resiliencia y reducir la vulnerabilidad al cambio climático.
Esto no solo protegerá a las comunidades, sino que también tiene sentido económico. Los estudios de laAlianza para la Resiliencia ante las Inundaciones de Zurichmuestran que cada dólar invertido en infraestructura resiliente al clima permite ahorrar entre 5 y 10 dólares. Pero la inversión debe estar bien dirigida. Debemos actuar en tres áreas clave: modelos de riesgo climático, preparación ante los riesgos e innovación.
Se necesitan más datos y modelos de riesgos para informar mejor a los responsables políticos y empresariales sobre la exposición actual y futura a fenómenos meteorológicos extremos y las vulnerabilidades correspondientes. Debemos aumentar la financiación para la gestión del riesgo de desastres y la educación a fin de fomentar la resiliencia ante fenómenos meteorológicos extremos. Debemos recurrir a la digitalización, incluidos los macrodatos y los algoritmos de aprendizaje automático, para aumentar el impacto de la financiación de riesgos y los seguros en la resiliencia.
No todo es pesimismo. Como dijo el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, en laCumbre de Sostenibilidad de The Economist en marzo de 2022: «En lugar de pisar el freno a la descarbonización de la economía mundial, ahora es el momento de pisar el acelerador a fondo hacia un futuro de energías renovables».
Los responsables políticos están comprendiendo que desarrollar las energías renovables y otras formas de energía limpia, como la energía nuclear y el hidrógeno azul y verde, también es una estrategia muy eficaz para garantizar la seguridad energética, porque reduce la necesidad de importar combustibles fósiles. Los precios más altos del petróleo y el gas también deberían reducir la demanda, una tendencia que podría mantenerse a largo plazo.
Las conclusiones recientes delPanorama energético mundial de la AIEdestacan que la crisis energética puede convertirse en una oportunidad y un punto de inflexión histórico hacia un sistema energético más limpio, asequible y seguro. La pandemia demostró que el mundo podía unirse, aunque fuera brevemente, ante una amenaza común. Ahora no solo podemos, sino que debemos unirnos, esta vez a largo plazo, para gestionar otra crisis existencial: el cambio climático. La COP 27 ofrece oportunidades para colocar la agenda verde en el centro de la atención. La pregunta es: ¿podremos mantener el cambio climático en el foco esta vez?
