Un país está haciendo lo necesario para limitar la destrucción que provoca el cambio climático. Pero quizá tenga que entrecerrar los ojos para verlo en un mapa.
Según el Climate Action Tracker, en septiembre Gambia era la única nación que tomaba medidas acordes con el Acuerdo de París – concebido para ayudar a todas las naciones a evitar una catástrofe inminente.
Como una estrecha franja de África occidental de un tercio del tamaño de Bélgica, Gambia está haciendo mucho más de lo que cabría esperar. Aunque no es la primera vez en tiempos recientes que el pequeño país actúa cuando sus pares más grandes no lo hacen; Gambia logró llevar a Myanmar ante La Haya en 2019 y obtener una orden judicial que protegía a la minoría rohinyá del genocidio.
Cómo mantiene Gambia bajas sus emisiones
Con una población de 2,5 millones y una economía que depende en gran medida de la agricultura y las remesas, el país contribuye relativamente muy poco a las emisiones mundiales de carbono. Pero ese no es el punto.
Lo importante es que Gambia tiene planes concretos para aportar lo que le corresponde a la solución del problema, por ejemplo, cambiando la forma en que cultiva el arroz, y cómo gestiona el ganado, responsable del 11% de sus emisiones. Eso no debería hacerla única, pero así es. Según un informe, el mundo está fracasando en gran medida a la hora de aplicar los cambios concretos necesarios para evitar la catástrofe, y se está instando a los países ricos a hacer más mientras comienza la cumbre climática COP26.

Gambia ha sufrido las consecuencias de la inacción y de una economía mundial que agota implacablemente los recursos mientras acelera el cambio climático.
El río que da nombre al país, antaño utilizado por los europeos para transportar a africanos esclavizados hacia el Atlántico, se ha visto invadido por agua salada que ahora fluye en sentido contrario debido al aumento del nivel del mar y la falta de lluvias, lo que daña los cultivos. La escasez de agua ha empeorado, y las poblaciones locales de peces han sido diezmadas para satisfacer la creciente demanda mundial de productos del mar.
El trauma vivido en primera persona no siempre impulsa la acción climática. Los dirigentes de otras partes del mundo, relativamente ricas, han visto incendios forestales arrasar bosques y destruir pueblos enteros, o ríos desbordarse por lluvias desmesuradas hasta desencadenar una destrucción casi instantánea. Sin embargo, no todos los responsables de tomar decisiones en esos lugares se han visto motivados de la misma manera.
Según un informe publicado la semana pasada, la mayoría de los miembros del G20 —algunos de los países más ricos del mundo— no están en camino de cumplir sus compromisos climáticos originales, y mucho menos de alcanzar los objetivos actualizados.
Qué podemos aprender del ejemplo de Gambia
Algunos expertos sugieren que existe una diferencia fundamental entre la forma en que los países desarrollados y los países en desarrollo abordan cuestiones como el cambio climático.
En lugar de ver el mundo como un recurso que hay que explotar, las personas que viven en lugares al margen de la globalización quizá tengan una ética de protección más firme, lo que las prepara mejor para el cambio transformador que ahora se considera necesario.

Gambia tiene una industria turística en rápido crecimiento, parte de la cual se centra en el pasado turbulento de la zona. Los visitantes pueden seguir las (discutidas) raíces del autor de la influyente novela histórica estadounidense «Raíces», por ejemplo, e incluso asistir al Festival Internacional Roots.
A partir del siglo XV, las potencias europeas compitieron por explotar lo que hoy es Gambia, y en el proceso enviaron a innumerables seres humanos a la esclavitud. Se convirtió en una colonia británica diferenciada en el siglo XIX, y su frontera actual se trazó como parte de un acuerdo con Francia firmado en 1889.
Ahora, este país que ha sufrido innumerables fechorías y humillaciones a manos de países más grandes y ricos ha recibido elogios por una agenda climática más orientada al futuro que la propuesta por sus pares más privilegiados.
Algunos creen que la dinámica debería ser exactamente la inversa: que los países ricos que se beneficiaron del colonialismo tienen la obligación moral de tomar la iniciativa (y asumir los costes) para encaminar a todos hacia una senda más sostenible.
La idea de que las antiguas potencias coloniales ayuden a los países en desarrollo a pagar la adaptación climática podría debatirse esta semana en Glasgow, una ciudad que ha contribuido a producir al menos un administrador colonial de la «Gambia británica».
Más lecturas sobre la COP26 y el cambio climático
Para ampliar el contexto, aquí hay enlaces a otras lecturas de la plataforma de Inteligencia Estratégica del Foro Económico Mundial:
Quién quiere qué en la COP26: este recurso interactivo destaca las prioridades y las «líneas rojas» de los distintos países y alianzas negociadoras en la cumbre climática. (Carbon Brief)
El cambio climático ha provocado disputas por tierras en Gambia. Por eso, este proyecto reciente plantó 45.000 árboles y luego repartió 600 azadas y 200 regaderas entre personas de diez comunidades para cuidar tanto los plantones como las buenas relaciones. (Land Portal)
Según este artículo, el jacinto, aparentemente inofensivo, se ha convertido en una amenaza en África Occidental. En él se detalla una iniciativa que utiliza tecnologías de observación de la Tierra para abordar el problema. (Wired)
Por qué el orgullo nacional podría impulsar o frenar la acción climática. Este análisis sostiene que la perspectiva global debe prevalecer sobre los intereses locales y señala inquietantes ejemplos de movimientos ultranacionalistas que promovieron la protección del medio ambiente, incluidos los nazis. (JSTOR Daily)
Entre los mejores artículos de periodismo de datos del verano pasado: la «paradoja» de Gambia, o cómo un país con abundantes recursos hídricos tiene dificultades para proporcionar agua potable segura. (Global Investigative Journalism Network)
Más posibles aportaciones climáticas de África Occidental: Alemania planea convertir la región en una potencia productora de hidrógeno verde, aunque, según este artículo, primero deben responderse las cuestiones «sociales y ecológicas» relacionadas. (Clean Energy Wire)
La proporción de la población de África Occidental que vive en zonas urbanas aumentará del 50 % a casi el 66 % para 2050; este artículo explora si los sistemas alimentarios locales podrán abastecer de forma sostenible a las ciudades en crecimiento. (LSE)
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