El cambio climático provoca olas de calor más largas, más frecuentes y más intensas.
La actividad física puede ayudar a limitar el deterioro de la capacidad cardiorrespiratoria asociado al envejecimiento.
Es importante conocer los signos y síntomas de las enfermedades relacionadas con el calor y tomar medidas para refrescarse si empieza a sentirse mal.
El cambio climático, la alta prevalencia de enfermedades crónicas y los alarmantes niveles de inactividad física son tres de los principales desafíos a los que nos enfrentamos en el siglo XXI.
El aumento de la frecuencia, la duración y la intensidad de las olas de calor es uno de los signos innegables de que el cambio climático ya está en marcha. Según los distintos escenarios climáticos, a finales de siglo entre la mitad y tres cuartos de la población mundial estará expuesta a un calor letal durante más de 20 días al año.
El impacto futuro de los episodios de calor extremo dependerá de la magnitud del cambio climático, pero también de nuestra capacidad para adaptarnos a él volviéndonos menos sensibles y vulnerables al calor, y por tanto más resilientes. Como investigadores en ciencias de la actividad física y fisiología ambiental, estamos evaluando cómo adoptar un estilo de vida activo puede hacernos más capaces de afrontar el aumento de las temperaturas globales.
¿Cómo puede el cuerpo humano combatir el calor?

Cuando se expone al calor, el cuerpo pone en marcha varias respuestas para intentar disiparlo. La primera es consciente y depende de las decisiones de comportamiento que tomamos para minimizar la exposición, como buscar un lugar fresco, encender un ventilador o reducir nuestra actividad física.
En segundo lugar, si estas estrategias no son suficientes, el cerebro activa respuestas fisiológicas que escapan a nuestro control: los vasos sanguíneos de la piel se dilatan para aumentar el flujo sanguíneo y las glándulas sudoríparas aumentan su actividad para excretar más sudor.
No es de extrañar, por tanto, que cualquier factor que afecte a estas respuestas pueda alterar la capacidad del cuerpo para reaccionar adecuadamente a la exposición al calor.
¿Quiénes son los grupos más vulnerables?
Aunque el calor nos afecta a todos, las evidencias muestran que ciertos grupos de personas son más sensibles a él, lo que aumenta su vulnerabilidad.
Varios factores individuales, entre ellos la edad, los problemas de salud preexistentes, como la enfermedad cardiovascular y la diabetes tipo 2, el uso de determinados medicamentos (anticolinérgicos, betabloqueantes, antidepresivos y diuréticos, entre otros), el sobrepeso o la obesidad, las capacidades funcionales y cognitivas reducidas y una baja capacidad cardiorrespiratoria están todos asociados a una menor tolerancia al calor y a un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud relacionados con el calor. Esto se refleja en las cifras de salud pública, ya que estos factores se asocian a un mayor riesgo de hospitalización o muerte durante un episodio de calor extremo.
Este hallazgo puede explicarse por el hecho de que varias de estas afecciones están asociadas a dos respuestas fisiológicas:
capacidades reducidas de disipación de calor voluntaria y autónoma, lo que aumenta el estrés que soporta el cuerpo;
potencial fisiológico reducido, lo que disminuye la capacidad del cuerpo para hacer frente a la situación.
En conjunto, estas dos condiciones aumentan la probabilidad de que el estrés al que se somete el cuerpo alcance y supere su potencial fisiológico, lo que incrementa el riesgo de desarrollar problemas de salud relacionados con el calor.
¿Cómo puede la actividad física regular mejorar la resiliencia al calor?

Curiosamente, de los numerosos factores de riesgo de desarrollar problemas de salud relacionados con el calor, varios pueden evitarse adoptando un estilo de vida saludable y activo. De hecho, practicar actividad física regular a lo largo de la vida podría significar estar mejor preparados para afrontar el aumento de las temperaturas globales:
1. Gracias a la generación de diversas adaptaciones fisiológicas que aumentan la capacidad de disipación de calor (mayor producción de sudor) y el potencial fisiológico del cuerpo (mayor reserva cardiovascular), lo que incrementa la tolerancia al calor y ayuda a satisfacer las mayores exigencias impuestas al sistema cardiovascular durante el estrés térmico;
2. Al limitar el deterioro de la capacidad cardiorrespiratoria y de las funciones termorreguladoras asociado a la obesidad, las enfermedades crónicas y el uso de determinados medicamentos. La actividad física regular también puede ayudar a limitar el deterioro cognitivo y funcional, permitiendo a las personas mantener su independencia, un factor protector importante frente al calor;
3. Al ralentizar el deterioro de la función cardiovascular y de las funciones termorreguladoras inherente al envejecimiento;
4. Al contribuir a una mejor salud mental, lo que podría ayudar a las personas a afrontar el estrés asociado a los episodios de calor extremo.
La actividad física podría, por tanto, contribuir de forma importante a nuestra capacidad para adaptarnos al aumento de las temperaturas globales, aumentando nuestra resiliencia individual y comunitaria.
No obstante, es importante señalar que varios otros factores de riesgo no pueden modificarse directamente mediante un estilo de vida saludable y activo, entre ellos determinados trastornos de salud mental, un nivel socioeconómico bajo y el acceso limitado a lugares frescos o con aire acondicionado, entre otros. También está bien establecido que las personas que realizan actividad física de intensidad moderada a alta durante los episodios de calor corren un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud relacionados con el calor (trabajadores agrícolas, trabajadores de la construcción, trabajadores de restaurantes, etc.).
¿Está la próxima generación suficientemente preparada para afrontar este desafío?
En Canadá, la prevalencia de obesidad entre los niños y adolescentes de entre 5 y 17 años se ha casi triplicado en los últimos 30 años. Actualmente, más de nueve de cada 10 jóvenes no cumplen las directrices canadienses de ejercicio de 24 horas. Lo mismo ocurre en todo el mundo.

En Quebec, las cifras recientes dibujan un panorama más que alarmante: un descenso del 15 % en la capacidad cardiorrespiratoria y del 30 % en la capacidad funcional de los jóvenes en comparación con sus mayores, que se sometieron a las mismas pruebas en los años ochenta. Peor aún, los investigadores observaron que entre los de 15 a 17 años, seis de cada 10 chicos y siete de cada 10 chicas tienen una capacidad cardiorrespiratoria que los expondrá en el futuro a problemas de salud cardiometabólicos.
Estas tendencias sugieren que los jóvenes de hoy pueden estar cada vez menos preparados para tolerar el calor, mientras que estarán cada vez más expuestos a él. Desde el punto de vista de la salud pública, esto es alarmante. Mantener una actividad física regular y una forma física adecuada a lo largo de su vida podría hacer que los jóvenes estén mejor preparados para afrontar estos desafíos.




