He esperado con impaciencia la temporada final de Juego de tronos y su extraña mezcla de una Gran Bretaña medieval ficticia, monstruos sobrenaturales y pornografía. A lo largo de las temporadas, la trama ha ganado ritmo y enfoque, mientras que la pornografía ha desaparecido y —por increíble que parezca— también podemos detectar que la fantástica historia de George R. R. Martin tiene un mensaje. Quizá podamos explicar su enorme éxito considerando cómo aborda, a un nivel subconsciente y onírico, el problema más profundo de la humanidad.
Quiero creer que mi interpretación es algo más que un patético intento de legitimar todas esas horas de ver televisión pasivamente. Así como el gran antropólogo Claude Lévi-Strauss logró sacar a la luz problemas centrales de pueblos amerindios específicos al analizar sus mitos, podemos analizar nuestros propios relatos para discernir las contradicciones y los dilemas aparentemente irresolubles que atormentan nuestro subconsciente.
Lo que Lévi-Strauss llamó «mit temas» son abstracciones de elementos centrales de los relatos: los temas básicos que expresan sus mensajes esenciales. Al utilizar su método para diseccionar mitos, podemos desenterrar significados ocultos en la fantasía y la ciencia ficción. Y estos mundos oníricos nos dicen más sobre nosotros mismos de lo que solemos darnos cuenta.
Las superproducciones del director de cine James Cameron Alien (1986) y Avatar (2009), por ejemplo, reflejaron una transformación fundamental en la visión del mundo predominante entre el público cinematográfico. En el cuarto de siglo que separó ambas películas, se invirtieron los signos en cuanto a la naturaleza, la diversidad y la tecnología. En la escena final de Alien, Sigourney Weaver —dentro de una máquina que le confiere una fuerza sobrehumana— lucha contra un organismo monstruoso de otro planeta. Con ayuda de la tecnología, derrota a una Naturaleza maligna. El monstruo del espacio exterior simboliza una diversidad biológica indómita y amenazante. Solo con ayuda de la máquina puede sobrevivir la humanidad.

Dos décadas después, los papeles se habían invertido. La escena final de «Avatar» muestra, en cambio, a un capitalista malvado, vestido con una armadura tecnológica similar, derrotado por una Naturaleza benevolente. Todo el ecosistema del planeta Pandora se moviliza en la batalla contra los explotadores humanos. Ahora son las máquinas, y no los monstruos, las que vienen de otro planeta. En esta historia, la tecnología pierde la batalla contra la naturaleza. Solo deteniendo la máquina puede sobrevivir la naturaleza.
La energía fósil está en guerra con la vida misma
Un análisis similar revela la verdadera amenaza para los reinos medievales en guerra del continente imaginario de Martin, Poniente. El ejército de seres muertos de los Caminantes Blancos, que amenaza con destruir el mundo de los humanos, acompañado por el cambio climático en curso («se acerca el invierno»), es una representación alegórica de los combustibles fósiles. Hoy, la energía que impulsa nuestra civilización tecnológica proviene de incontables miles de millones de organismos muertos, cuyas chispas extinguidas han quedado enterradas en la corteza terrestre. La metáfora no es en absoluto descabellada: en ambos casos, la energía fósil está en guerra con la vida misma.
El miedo a los cadáveres asesinos del Rey de la Noche podría interpretarse, desde luego, simplemente como el miedo existencial a la muerte que quizá una a todas las personas. Pero la conexión entre el ejército de muertos y el cambio climático es lo bastante clara como para que resulte convincente una alegoría más política. Las fuerzas que animan a los seres muertos amenazan con provocar el colapso de toda la civilización, más allá de las vidas de los seres humanos individuales. Como señala a Daenerys el caballero Davos Seaworth, que antes era contrabandista: «Si no dejamos de lado nuestras enemistades y nos unimos, moriremos. Y entonces no importará de quién sea el esqueleto que se siente en el Trono de Hierro».

Aunque la intuición de que el invierno que se acerca con los Caminantes Blancos podría entenderse como una metáfora del cambio climático quizá esté bastante extendida entre los seguidores de Juego de tronos, la identificación literal de la energía muerta (fósil) como una amenaza letal para la humanidad parece haber pasado inadvertida en la mayoría de los análisis. El ejército de zombis evoca el conjunto de máquinas de la sociedad moderna, animadas por energía inorgánica de origen remoto, en forma de carbón, petróleo o gas. Al igual que los pueblos premodernos ante tales artilugios técnicos, los habitantes de Poniente quedan conmocionados por la capacidad mágica de los objetos muertos para moverse y hacer la guerra a los vivos.

El mensaje de George R. R. Martin es que hay que dejar de lado la continua competencia humana por el poder y unir esfuerzos para derrotar la amenaza del ejército de los muertos. El mensaje de Juego de tronos parece familiar y urgente en un momento en que la humanidad lucha subconscientemente con su paradójica capacidad para esconder la crisis climática bajo la alfombra mientras se ocupa de todo lo demás. Como en un sueño, intentamos dar sentido a la contradicción entre nuestra conciencia de la catástrofe que se avecina y nuestra notable capacidad para ignorarla. Los sueños y las fantasías nos impulsan a reflexionar sobre asuntos que reprimimos. En ese sentido, Juego de tronos es un relato de nuestro tiempo.




