Cuando huí de mi hogar y busqué refugio en el campo de refugiados de Kakuma, me encontraba en uno de los peores momentos de mi vida. Pero no el peor.
Me llevó dos semanas viajar desde mi país de origen, la República Democrática del Congo, hasta Kakuma, en un rincón remoto del norte de Kenia. Era a principios de 2014 y no tenía más pertenencias que un poco de dinero y la ropa que llevaba puesta. Tenía 21 años.
Como superviviente de violencia sexual, persecución y conflicto político, mi camino parecía haber terminado en un campo de refugiados, sin esperanza alguna de regresar a mi tierra. Lo único que había llevado conmigo de mi hermoso país era dolor, rechazo, vergüenza y desesperanza.
Mi única ambición en ese momento era llevar una vida pacífica y estable. Prestaba poca atención a los trabajadores humanitarios del ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ni a los innumerables otros organismos asociados que trabajaban en Kakuma.
Pero, con el tiempo, empecé a fijarme en ellos: a preguntarme quiénes eran esas personas, qué hacían y por qué. Y vi cómo intentaban ayudarme a mí y a mis compañeros refugiados.
Cinco años después, escribo esto en vísperas del Foro Mundial sobre los Refugiados, un encuentro internacional celebrado en Ginebra que reúne a líderes políticos, diplomáticos, empresarios, trabajadores de ayuda humanitaria, agencias de desarrollo y otros actores. Este evento tiene por objeto recabar apoyo para los refugiados y los países que los acogen, intercambiar ideas y buenas prácticas, y explorar nuevas respuestas al desplazamiento forzado.
Desde que llegué a Kakuma, he llegado a admirar a los trabajadores humanitarios y quiero devolver algo a cambio, alzando la voz en favor de los refugiados y asegurándome de que el resto del mundo no olvide su difícil situación.
Así pues, mientras nos preparamos para hablar de políticas, vías y compromisos, estos son los principios que este refugiado considera que deberían guiar los pensamientos y las acciones de quienes asistan al foro.
Necesitamos nuestra libertad, con lo que me refiero a la libertad de forjar nuestro propio futuro. La vida de un refugiado es dura. Matricularse en la escuela, conseguir un empleo, abrir una cuenta bancaria, crear un negocio, viajar sin que la policía te detenga: derechos y tareas que la mayoría de las personas dan por sentados pueden resultar difíciles, e incluso casi imposibles en algunos lugares, para los refugiados.
Tomar las decisiones que harían avanzar tu vida parece estar fuera de tu alcance. Si no puedes ir a la escuela, tus manos están atadas, y millones de niños refugiados en edad escolar quedan excluidos de las aulas. Si el acceso a la educación, el empleo, la vivienda, la atención sanitaria y otros ámbitos también está restringido, dependes de otros para siempre.
Sin embargo, si recuperamos nuestra independencia, la historia puede ser otra. Entonces podremos regresar a casa si es seguro o aprovechar al máximo nuestra nueva vida si no lo es. Sí, necesitamos apoyo para sobrevivir, pero también necesitamos respaldo para las iniciativas de los refugiados que nos permitan defendernos por nosotros mismos.
En Kakuma, poco a poco encontré mi lugar. Al principio no estuve entre los pocos afortunados que obtuvieron la beca universitaria que necesitaba. Pero cursé otros programas disponibles, de inglés, cinematografía, fotografía y periodismo, así como de derechos humanos con la Universidad de Ginebra.
Finalmente, pude matricularme en un diploma a distancia en estudios liberales por la Universidad Regis, una universidad jesuita privada de Denver (Colorado), con el apoyo de una organización benéfica llamada Jesuit Worldwide Learning. Me gradué en 2018 y actualmente estudio una licenciatura en comunicación empresarial en la Universidad de Southern New Hampshire, que, al igual que JWL, lleva la educación superior a los refugiados y a las comunidades desplazadas.
Miles de otras personas en Kakuma y en otros lugares no tienen estas oportunidades y no tienen idea de lo que les depara el futuro. Algunos refugiados se sientan a esperar a que se decida su futuro… y 30 años después siguen allí. Otros hacen planes para hacer más por sus comunidades y, de repente, son trasladados a otro campo, asentamiento o ubicación. Como personas en el exilio, ya sea que la solución sea el reasentamiento, el regreso a casa o la integración en la comunidad local, debe ser clara y oportuna. Necesitamos saber a dónde nos dirigimos.
Sobre todo, necesitamos que el mundo exterior comprenda lo que significa ser refugiado. Esta vida no es algo que hayamos elegido. Nos fue impuesta. Necesitamos nuestra dignidad y necesitamos que nos vean tal como somos.
En cuanto a mí, durante mucho tiempo no fui capaz de hablar de lo que había sucedido en la RDC. Sin embargo, me esforcé mucho por superar mi trauma y mi vergüenza. Estoy orgullosa de haberlo hecho. He demostrado que se puede.
A todos los asistentes al foro les digo: necesitamos más de esa ayuda. Puede ser financiación, asistencia técnica, plazas de reasentamiento o formas de incluirnos en los países de acogida y de permitirnos trabajar con la población local y junto a ella. Ya existen muchos ejemplos de cooperación, pero, con el aumento del número de refugiados, necesitamos que más personas nos presten su apoyo, y que más gobiernos, empresas y comunidades compartan la responsabilidad de ayudar a los refugiados.
Así es como recuperaremos nuestra libertad e independencia, y devolveremos el favor a quienes acudieron en nuestra ayuda.
Joelle Hangi es cofundadora de Refugee Artists and Authors, una iniciativa artística en Kakuma, y cocomisaria de I-Am-Kakuma, un sitio web que narra las historias de los refugiados del campo.




