La identidad ha sido uno de los fenómenos políticos más decisivos y divisivos de los últimos 12 meses. Una determinada concepción de la identidad nacional sirvió de foco para el descontento con la UE antes del referéndum del Reino Unido sobre el Brexit, mientras Donald Trump construyó una campaña presidencial que desafió a los votantes estadounidenses a definirse por oposición a los demás bajo el lema: «Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande».
Las guerras civiles se han alimentado de ideas divergentes. Por ejemplo, sobre lo que significa ser sirio, o un verdadero musulmán. Y las distintas identidades raciales han alimentado algo cercano a una guerra civil en algunas partes de Estados Unidos, sobre todo en las protestas a veces violentas que siguieron a la decisión de 2014 de no procesar al agente de policía Darren Wilson por disparar contra Michael Brown en Ferguson, Misuri.
No sorprende, entonces, que el encuentro de 2017 del Foro Económico Mundial en Davos haya adoptado la idea de construir identidades positivas como uno de sus temas principales. Pero construir una identidad es problemático. A menudo no está claro qué constituye una «identidad». Del mismo modo, tampoco está claro qué aspectos de una identidad deben construirse o protegerse.
Para algunas personas, su afición a coleccionar sellos ocupa un lugar central en su identidad, pero ¿significa eso que los gobiernos o las empresas deberían tener la obligación legal de atender los intereses de los filatelistas, del mismo modo que deberían estar obligados legalmente a permitir que las personas practiquen su religión, por ejemplo? La mayoría diría que no.
Una diferencia evidente entre coleccionar sellos y la fe religiosa es que se cree ampliamente que la fe es una parte central de lo que algunas personas son, a diferencia de la filatelia. Si cuestionas la fe, cuestionas la identidad esencial de esa persona.
Qué creencias y compromisos forman parte esencial de la identidad de una persona es motivo de disputa. Por eso, algunas personas consideran que la orientación homosexual es una elección de estilo de vida, mientras que otras la ven como una de las facetas más naturales del ser de millones de personas. Las posturas que los Estados podrían adoptar con respecto al valor y los beneficios prácticos de las creencias religiosas, la orientación sexual —e incluso la filatelia— parten de supuestos fundamentales sobre estas cuestiones, aunque los políticos y quienes los mantienen en el poder no lo reconozcan.
Fuerzas de oposición
Pese a estas ambigüedades, la identificación de una persona con una nación en particular sigue siendo uno de los motivadores más poderosos del mundo. Como hemos visto, puede tener una influencia drástica durante los referendos y las elecciones. Su influencia positiva hace que las personas estén dispuestas a soportar las numerosas cargas de convivir, entre otras cosas pagando impuestos para causas que no las benefician directamente, como cuando quienes no tienen hijos financian la educación de los hijos de otras personas.
La identidad es, pues, una paradoja: una fuerza motivadora que, sin embargo, suele ser profundamente indefinida y cambiante. Los conservadores a menudo han parecido sentirse más cómodos que otros con esta paradoja. Así, el conservador alemán Carl Schmitt (1888-1985) sostenía que lo más importante en cualquier tipo de identidad es a quién consideras tu enemigo. Para Schmitt, el sentido de identidad, ya sea personal o colectivo, se basa en el conflicto y la exclusión, y no en la adhesión a valores positivos definidos.
Sin duda, la derecha ha dedicado gran parte de los últimos 12 meses a construir y reforzar identidades sobre esta base schmittiana. Los partidarios de la salida en el Reino Unido presentaron a la UE como el enemigo (aunque no necesariamente a los Estados europeos como tales). Del mismo modo, Trump demonizó a México, a los mexicanos y a otros. Esa táctica contribuyó mucho a movilizar apoyo para sus respectivas causas, porque creó una identidad colectiva para los votantes.
Sin embargo, a muchas personas les inquieta la afirmación schmittiana de que se deben (¿o solo se pueden?) construir identidades fuertes mediante procesos de exclusión. La táctica tiene un aire peligroso, reforzado por los estrechos vínculos del propio Schmitt con los nazis.
Puntos en común
Los defensores contemporáneos del pluralismo cultural y el internacionalismo han identificado varias formas de construir identidades inclusivas. Por ejemplo, en rechazo a Schmitt, el par laborista lord Bhikhu Parekh, profesor emérito de la Universidad de Hull, apuesta por procesos continuos de diálogo respetuoso, pero franco entre grupos inicialmente divergentes. Su esperanza es que ese diálogo ayude a construir una concepción inclusiva del bien común.
Sin embargo, el diálogo por sí solo quizá solo permita comprender con mayor claridad las profundas diferencias entre los grupos. Para superar realmente esas diferencias, todas las partes deben estar dispuestas a tolerar algunas cosas que les desagradan de los demás y a modificar sus propias posturas, con el fin de construir nuevos puntos en común que permitan convivir.
También deben estar dispuestas a reconocer los esfuerzos positivos de los grupos con los que intentan alcanzar una nueva identidad compartida. El proceso de acercamiento requerirá acciones positivas, como cuando la Asociación Juvenil Musulmana Ahmadía y otros ayudaron a las víctimas no musulmanas de las inundaciones de 2015 en Cumbria y Yorkshire, en el Reino Unido.
En esencia, es una idea sencilla que quedó eclipsada por el drama político de 2016. Sin embargo, la solución no es sencilla. La mejor manera de abordar el resurgimiento de la política identitaria es reconocer que la acción práctica solo es posible cuando se han destacado o construido identidades compartidas. Solo con identidades compartidas los ciudadanos estarán dispuestos a asumir juntos las cargas de la convivencia.
Igual de importante es comprender que, para ser una fuerza positiva, la política identitaria requiere un liderazgo capaz de cultivar esas adhesiones positivas compartidas y crear relatos de ciudadanía común y bien común. Tras un año en que los políticos a menudo optaron por la vía más sencilla para alcanzar el éxito electoral, harán falta visión política, valentía y perseverancia para lograrlo.


