La polarización es uno de los principales riesgos del mundo. Jesse Jackson tenía respuestas hace 40 años

FILE PHOTO: Rev. Jesse Jackson speaks at a news conference in New York, U.S. January 15, 1997 to announce an accord on the boycott of Mitsubishi Motors products and the company's work force diversity efforts. Jackson also announced that his Rainbow PUSH Coalition will open a Wall Street office to monitor how corporate America offers opportunities to minorities and lead boycotts if necessary. REUTERS/Mike Segar/File Photo
When examining coalition building models, Jesse Jackson's Rainbow Coalition deserves attention.Image: REUTERS/Mike Segar/File Photo
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  • La polarización es un importante riesgo mundial que afecta a diversos problemas sociales y económicos.

  • Hace décadas, Jesse Jackson, fallecido líder estadounidense de los derechos civiles, ofreció una vía para construir coaliciones.

  • La filosofía organizativa de Jackson era sencilla: la unidad no exige uniformidad.

A menudo se trata la unidad y la diferencia como opuestos. Se dice a los líderes que deben elegir entre coaliciones amplias e identidades claras, entre inclusión y coherencia.

Hace cuarenta años, el fallecido Jesse Jackson rechazó esa premisa.

Como destacado activista estadounidense por los derechos civiles, político y líder religioso, Jackson construyó lo que llegó a conocerse como la Coalición Arcoíris sobre una idea distinta: que la solidaridad duradera podía forjarse no minimizando las diferencias, sino organizándose en torno a ellas.

Una coalición forjada a partir de las diferencias, no a pesar de ellas

Hoy hablamos de la polarización como si fuera algo nuevo, pero no lo es. Lo que sí es nuevo son su escala y lo que está en juego.

El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial identifica la polarización social como un riesgo que no actúa de forma aislada. Está vinculada con la desigualdad, la desinformación y la erosión de los valores compartidos. El informe describe esta dinámica como «valores en guerra», una expresión que busca reflejar que la división tiene raíces que van más allá de los debates sobre políticas.

Por eso, cuando buscamos modelos de construcción de coaliciones que hayan funcionado en la práctica y no solo en teoría, la Coalición Arcoíris merece atención.

Cuando Jesse Jackson lanzó sus campañas presidenciales en 1984 y 1988, la lógica predominante de la organización política era sencilla: consolidar el poder dentro de la propia base, dirigirse a los electores propios y no diluir el mensaje. Jackson hizo lo contrario.

La Coalición Arcoíris reunió a minorías raciales y étnicas, comunidades trabajadoras, votantes jóvenes, comunidades rurales y otros grupos que habían sido sistemáticamente marginados. No eran grupos con las mismas historias ni los mismos agravios. Compartían algo más fundamental: inseguridad económica, poca voz política y un sistema político que, en gran medida, había seguido adelante sin contar con ellos.

Además, Jackson hablaba con claridad y convicción moral, a menudo sin rodeos, ante públicos que no estaban acostumbrados a que se les hablara de esa manera. Hizo campaña en comunidades a las que se les había transmitido, muchas veces sin palabras, que sus voces eran secundarias, y defendió de forma convincente que no lo eran. Esto incluyó nombrar explícitamente a los estadounidenses gais y lesbianas como parte de la Coalición Arcoíris y abogar públicamente por medidas contra el VIH y el sida en un momento en que la mayoría de los líderes políticos nacionales guardaban silencio.

La coalición no pidió a la gente que dejara de lado sus identidades en nombre de la unidad. Al contrario, insistió en que la unidad y las diferencias podían coexistir, y en que lo que estaba en juego para todos podía ser la base de un poder compartido.

Los resultados fueron significativos. En 1984, Jackson ayudó a inscribir a más de un millón de nuevos votantes y obtuvo alrededor de 3,5 millones de votos en las primarias. Esos nuevos votantes contribuyeron a que los demócratas recuperaran el Senado en 1986. Para 1988, había ayudado a inscribir a dos millones más de votantes, había ganado siete primarias, había liderado brevemente el recuento de delegados y había obtenido casi siete millones de votos.

Jackson nunca ganó las nominaciones. Pero no era necesario que lo hiciera para que la coalición importara. Como declaró más tarde Emanuel Welch, legislador del estado de Illinois: «No tendríamos a Barack Obama como presidente si Jesse Jackson no se hubiera presentado en 1984 y 1988».

Jesse Jackson marcha junto a miembros de un sindicato en 2003.Image: REUTERS

Los principios siguen vigentes

La idea central de la Coalición Arcoíris era sencilla: la unidad no exige uniformidad.

Esto va en contra de dos tendencias que moldean buena parte de la cultura política dominante actual. La primera es la fragmentación: el repliegue en espacios cada vez más reducidos, organizados en torno a identidades, donde las coaliciones parecen imposibles porque las diferencias se perciben como demasiado grandes para superarlas. La segunda es el consenso forzado: la presión por minimizar las diferencias en nombre de la unidad, algo que casi siempre beneficia a quienes ya tienen el poder.

La Coalición Arcoíris ofreció una tercera vía. Las diferencias se reconocían abiertamente, sin disimularlas, y lo que estaba en juego para todos se convirtió en la base del poder compartido.

En particular, el legado de Jackson ofrece tres lecciones prácticas para los líderes de hoy:

  • Partir de las realidades materiales compartidas, ya que las apelaciones abstractas a la unidad rara vez perduran. Lo que sí perdura es un reconocimiento claro de lo que está en juego para todos, como la seguridad económica, el acceso a oportunidades y la experiencia de sentirse realmente escuchado.

  • Diseñar para la inclusión en lugar de darla por sentada. La Coalición Arcoíris no surgió por casualidad: requirió acercamientos deliberados, una estructura planificada y la voluntad de convivir con las diferencias en vez de apresurarse a dejarlas atrás.

  • Considerar las diferencias un recurso. Las coaliciones que reúnen experiencias y perspectivas distintas suelen ser más resilientes que las que logran cohesión mediante la uniformidad. El objetivo no es alcanzar un consenso sobre todo, sino contar con suficiente propósito compartido para actuar juntos en lo que más importa.

La Coalición Arcoíris tuvo tensiones reales. No se mantuvo perfectamente unida, y las campañas de Jackson no estuvieron exentas de polémica.

Pero el modelo —la decisión deliberada de organizarse a través de las diferencias y no dentro de ellas— sobrevivió a las campañas. En resumen, su legado es sencillo: la unidad no se encuentra, se construye.

Por qué importa ahora

Hoy, la polarización no es solo cultural; también es estructural.

La desigualdad económica concentra el poder en menos manos, y el debilitamiento de las instituciones cívicas reduce los espacios donde se pueden negociar las diferencias. Mientras tanto, la desinformación acelera la desconfianza, y esta dificulta la acción colectiva. Cuando la polarización se acumula de este modo, deja de ser un mero problema político. Se convierte en un problema de gobernanza y resiliencia, y, en última instancia, económico.

Además, esta historia no ocurre solo en Estados Unidos. De Europa al África subsahariana y al Sudeste Asiático, se repite el mismo patrón: cuando la inseguridad económica coincide con la exclusión política, las fracturas se agravan. Todas las sociedades deben afrontar la cuestión de cómo construir coaliciones duraderas que superen las diferencias.

La Coalición Arcoíris no resolvió estas fuerzas estructurales; ninguna iniciativa por sí sola podría hacerlo. Pero ofrece algo que los líderes de hoy necesitan con urgencia: una demostración en el mundo real de que es posible construir coaliciones amplias e inclusivas incluso en períodos de profunda división, y de que hacerlo es, ante todo, una decisión deliberada.

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