Objetividad y verdad en la era de las noticias falsas
Maryanne Reed, Universidad de West Virginia
Busca la verdad y minimiza el daño. Así es como instruimos a los jóvenes periodistas para que se preparen para la profesión. Hasta hace poco, el mantra del periodismo moderno era informar con rigor factual y objetividad. Pero ¿es la objetividad un concepto pertinente en la era de las noticias falsas, burbujas de filtro y hechos alternativos?
Al tratar con una administración presidencial poco veraz, los medios tradicionales se han vuelto más combativos. Los artículos y las emisiones informativas suenan a editoriales: los periodistas llaman «mentiroso» al presidente Trump y advierten a la ciudadanía sobre lo que describen como un peligroso giro hacia el fascismo. El encabezado del prestigioso Washington Post ahora dice: «La democracia muere en la oscuridad», una declaración contundente que se refleja en su cobertura sumamente crítica de la presidencia de Trump.
Quizá haya llegado el momento de recalibrar la noción de objetividad. En los últimos años, la práctica de informar de manera «equilibrada» ha diluido el concepto. Se da el mismo tiempo a cada parte, independientemente del mérito relativo de sus argumentos, lo que crea falsas equivalencias y confunde al público.
Quizá los periodistas deberían ejercer su oficio con un enfoque más científico. Los científicos también buscan la verdad. Pero persiguen soluciones basadas en pruebas, sin importar los índices de audiencia televisiva, las cifras de circulación o los «me gusta» en las redes sociales.
El periodismo podría adoptar un enfoque similar mientras lucha por recuperar su relevancia. El mejor camino no es necesariamente volver a la objetividad. Más bien, pasa por un método riguroso para buscar y contar la verdad, basado en hechos reales y en el peso de las pruebas. Nuestra profesión y nuestra democracia dependen de ello.
Los políticos mienten; la democracia necesita la verdad
Christopher Beem, Universidad Estatal de Pensilvania
El mes pasado, el verificador de datos de The Washington Post publicó un recuento actualizado de todas las afirmaciones falsas y engañosas que había hecho el presidente Donald Trump desde que asumió el cargo: 1.057, un promedio de cinco al día.
Sin duda, es una cifra elevada. Pero ¿de verdad importa? George Orwell dijo célebremente:«el lenguaje político… está diseñado para que las mentiras suenen veraces y el asesinato, respetable». Orwell habla por la mayoría de nosotros: ser político es mentir. Por eso muchos preguntarán: cinco veces al día o 25, ¿qué diferencia hay en realidad?
Hannah Arendt fue una filósofa política y judía que huyó de la Alemania de Hitler y se estableció en Nueva York. En su ensayo, «Verdad y política», planteó precisamente esta pregunta. Sostenía que una sociedad democrática exige que estemos de acuerdo en dos cosas. Primero, que existen hechos. Y segundo, que debemos esforzarnos por presentar esos hechos de la mejor manera que podamos comprenderlos. En otras palabras, debemos intentar decir la verdad.
¿Por qué? Porque cuanto más incumple un político —por ejemplo, el presidente— estos acuerdos, más difícil les resulta a los demás estar de acuerdo con lo que dice, refutarlo o siquiera evaluarlo. Cuando esto ocurre, el debate pierde cada vez más sentido. Y, llegado cierto punto, la propia democracia queda en peligro.
Si Arendt tiene razón, entonces las mentiras sí importan. Sobre todo ahora, decir la verdad es un acto profundamente político.
La etiqueta «anticiencia»
Troy Campbell, Universidad de Oregón
Hoy, a quien niega el cambio climático o cualquier hecho aceptado por la comunidad científica se le suele etiquetar de inmediato como «anticiencia». Sin embargo, quienes niegan hechos científicos concretos quizá sean más afines a la ciencia de lo que pensamos.
Una encuesta de Pew Research de 2015 reveló que el 79 por ciento de los estadounidenses consideraba que «la ciencia había facilitado la vida a la mayoría de las personas».
Cuándo, cómo y por qué se niega, se ignora o se deja de lado la ciencia tiene menos que ver con una desconfianza total en el método científico y más con la confianza en fuentes concretas, la desinformación, los casos aislados de negación motivada o incluso lo que mis colegas y yo llamamos una «huida de los hechos», en lugar de una simple «negación de los hechos».
Casi todo el mundo niega la ciencia en algún momento. Cuando era más joven, rechacé las conclusiones del médico que me diagnosticó hipoglucemia. Habría sido absurdo etiquetarme de «anticiencia» cuando entonces era el mejor alumno de ciencias de mi instituto. Más bien, tenía prejuicios y estaba motivado para negar un hecho científico concreto que implicaba renunciar a todas mis comidas favoritas.
Los prejuicios, las motivaciones, la polarización y las cámaras de eco son los que causan los verdaderos problemas en la aceptación de la ciencia. Y, por desgracia, la etiqueta simplista «anticiencia» suele ocultar estos problemas e impedir que comuniquemos la verdad científica.
Si amamos la ciencia, debemos empezar a adoptar un enfoque más científico ante la negación de la ciencia.
Espacios informativos supuestamente neutrales y verdad
Dan Klyn, Universidad de Michigan
En el espacio informativo monetizado, la verdad no está sobrevalorada: no tiene ninguna cotización.
El senador Ted Stevens casi acertó: estos espacios no son tanto una serie de tubos como una panoplia de rectángulos. Desde las aplicaciones para teléfonos inteligentes hasta los platós de televisión, la disposición de la información en estos espacios rectilíneos está diseñada para parecer «neutral».
Desde la época de Vitruvio, las concepciones occidentales del espacio nos han enseñado que lo que está arriba es lo más importante, lo supremo. Esta arcaica jerarquía espacial nos ha acompañado hasta el espacio digital. Los flujos horizontales de noticias e información discurren por la parte inferior sin atender a su valor. Pero lo que está en la parte superior de la pantalla sigue siendo especial.
Entonces, ¿ese espacio especial se reserva para lo más verdadero? No: allí va algo más importante, el contenido con más probabilidades de generar dinero.


