La fe puede vencer al nacionalismo religioso. Así es cómo

Understanding the best – and the worst – of our own faith tradition is the first step to defeating religious intolerance.Image: Reuters/Yannis Behrakis
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No estamos en la década de 1930, pero se puede ver desde aquí. Si queremos derrotar el auge del nacionalismo religioso, necesitaremos un patriotismo fiel, dotado de nuevas ideas y nuevas habilidades.

Las habilidades de alfabetización religiosa intercultural del pluralismo pactado nos recuerdan lo mejor de quienes somos (definido por aquello que defendemos) y nos capacitan para relacionarnos incluso cuando mostramos lo peor de nosotros (definido por aquello a lo que nos oponemos).

Harán falta personas y comunidades de fe (la alfabetización bíblica para saber qué dicen nuestras creencias sobre los demás); hará falta educación (la alfabetización religiosa necesaria para conocer lo suficiente la fe de nuestro vecino como para respetarla); y harán falta las habilidades interculturales de evaluación propia y contextual, comunicación y negociación para guiar y preparar a patriotas fieles para oponerse al autoritarismo del nacionalismo religioso.

Regresé a Polonia el 24 de agosto de 1989. Era el día siguiente al 50.º aniversario del Pacto Ribbentrop-Mólotov, que dividió Polonia entre la Alemania nazi y la Rusia soviética. Y una semana después, el 1 de septiembre, las campanas de las iglesias repicaron por todo el país para conmemorar el 50.º aniversario de la invasión nazi de Polonia en 1939. Al año siguiente, los soviéticos masacraron a las élites polacas en Katyn, y poco después los nazis establecieron sus campos de exterminio en Auschwitz y Majdanek, entre otros lugares.

Lecciones del pasado

Polonia, por supuesto, es famosa por el papel que desempeñó la fe en la resistencia contra los nazis y, después, contra los comunistas. Nadie encarnó mejor este patriotismo fiel que Karol Józef Wojtyła, quien más tarde sería elegido arzobispo de Cracovia, la ciudad donde yo vivía, precisamente porque no se le consideraba una amenaza para el régimen.

Wojtyła se convertiría en el primer papa no italiano en 455 años. Conocía su propia fe en su mejor expresión (alfabetización bíblica). Se esforzó por garantizar que su fe estuviera preparada para respetar otras religiones, sobre todo en el Concilio Vaticano II (alfabetización religiosa). Y, como papa, ejerció su liderazgo mediante las relaciones y el diálogo intercultural: como polaco en el Vaticano, como europeo durante la Guerra Fría y como cristiano en un mundo de múltiples religiones y grupos étnicos.

Hoy no cabe duda de que Juan Pablo II desempeñó un papel decisivo en el fin del comunismo en Polonia y Europa del Este, y sentó las bases para la desaparición de la Unión Soviética. Mi regreso a Polonia también coincidió con la llegada al poder, por primera vez desde 1946, de un primer ministro no comunista que pudo asumir el cargo libremente.

Pero desde 1989 ha pasado una generación: tiempo suficiente para olvidar las lecciones aprendidas y los ejemplos que nos inspiraron.

Demonizar a las minorías

En algunos países corremos el peligro de volver a la década de 1930, cuando los dictadores moldeaban las creencias y los comportamientos a su imagen y semejanza, y utilizaban un nacionalismo religioso que manipulaba a la mayoría etnorreligiosa y la definía en oposición a las minorías etnorreligiosas. La mayoría de la ciudadanía no estaba preparada para defenderse de esa demonización, lo que allanó el camino para la invasión de Polonia y la Segunda Guerra Mundial.

La década de 1930 parece acechar de nuevo. Sin embargo, a diferencia de entonces, hoy la ciudadanía tiene mucha más información y más opciones para decidir cómo se organizan su sociedad y el mundo.

En mis viajes por el mundo, he comprobado que solo un patriotismo fiel puede derrotar al nacionalismo religioso. Un patriotismo fiel es un orgullo por el país libre de xenofobia, definido por aquello que defiende e inclusivo, con un lugar acogedor para las minorías étnicas y religiosas.

Sin embargo, el patriotismo fiel requiere un pluralismo pactado que, a su vez, cuente con las habilidades prácticas de la alfabetización religiosa intercultural.

Respeto mutuo

El pluralismo pactado va más allá de la mera diversidad —vivir codo con codo sin relacionarse— y propone un compromiso mutuo de relacionarnos, respetarnos y protegernos, sin que ello implique necesariamente atribuir el mismo valor moral a las creencias o los comportamientos de los demás.

El pluralismo pactado admite afirmaciones exclusivas de verdad. No pretende asimilar las creencias y los comportamientos de las minorías —hacer que sus integrantes se parezcan y actúen como la mayoría—, sino integrarlos como elementos clave que contribuyen al bien común, en calidad de conciudadanos.

Le pregunté a mi amigo cómo debía entender su identidad. Me respondió: «Llevo 3.000 años siendo pastún, 1.400 siendo musulmán y 57 siendo pakistaní».

El resultado es una mayor estabilidad, porque las minorías religiosas o los grupos étnicos se sienten parte de la historia común del país y, por tanto, ciudadanos en igualdad de condiciones que contribuyen al bien común de su país.

Este efecto es más probable y sostenible cuando se dota deliberadamente a las personas de las habilidades de alfabetización religiosa intercultural. Recuerdo mi primer encuentro con el pueblo pastún. Le pregunté a mi amigo cómo debía entender su identidad. Me respondió: «Llevo 3.000 años siendo pastún, 1.400 siendo musulmán y 57 siendo pakistaní».

Pronto descubrí, durante esos viajes a la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán, que la mejor manera de relacionarme con una identidad etnorreligiosa así era abrazar la mía propia. Conocía lo bastante bien mi fe (el cristianismo) y, sumada a la extraordinaria hospitalidad local, eso hizo que no me intimidara el contexto de una abrumadora mayoría musulmana. De hecho, como cada uno sabía en qué creía, pudimos escucharnos mejor. A pesar de nuestras diferencias teológicas irreconciliables, aprendimos a estar de acuerdo en discrepar, cordialmente, y así a trabajar juntos en la práctica (por ejemplo, creando un programa de becas para estudiantes de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Bannu).

Comprender la propia fe

En otras palabras, tenía que comprender mi propia fe en su mejor expresión (alfabetización bíblica) y conocer lo suficiente la fe de mi vecino como para respetarla (alfabetización religiosa). La clave está en escuchar con empatía y haciendo preguntas, para abrir la posibilidad de establecer una relación: un diálogo intercultural en el que aprendamos a hablarnos con un lenguaje y una lógica de respeto mutuo y, con el tiempo, de apoyo mutuo.

También aprendí durante mis viajes que, si quería trabajar en favor de las minorías, lo mejor era colaborar con el grupo etnorreligioso mayoritario y a través de él. Si lograba comprender a esos creyentes tal como se comprendían a sí mismos, también podría empezar a entender cómo veían y cómo se relacionaban con los integrantes de una minoría étnica o religiosa.

Por ejemplo, en mis numerosos viajes a Myanmar, conocí a muchos monjes budistas que respetaban profundamente otras tradiciones religiosas, como expresión de su propia fe. En cualquier contexto, líderes influyentes como ellos autorizan a la mayoría a comportarse de acuerdo con lo mejor de su fe.

Lo peor de la religión

Pero también conocí a personas que creían que ser birmano significaba ser budista y que, por tanto, no había lugar en Birmania para grupos etnorreligiosos como los rohinyás musulmanes. Ejemplos así alimentan lo peor de la religión.

El liderazgo empieza por el grupo mayoritario, que tiene la responsabilidad, como parte de su fe, de incluir a las minorías en igualdad de condiciones. Ese liderazgo debe basarse en una alfabetización religiosa intercultural que incluya no solo la alfabetización bíblica y religiosa, sino también, como he aprendido, las habilidades relacionales necesarias —de evaluación, comunicación y negociación— para mejorar juntos, entre distintas religiones y grupos, y desarrollar políticas y programas prácticos.

No será fácil adquirir estas habilidades para formar parte de un pacto entre nosotros y profundizarlo. Tendremos que comprender lo mejor de la fe y lo peor de la religión en nuestra propia tradición, promover lo bueno y alzar la voz contra lo malo.

Tendremos que aprender a escuchar con humildad otras tradiciones que, como la nuestra, varían de una cultura a otra. Y tendremos que querer aprender las habilidades de alfabetización religiosa intercultural necesarias para construir las coaliciones multirreligiosas y multiétnicas en favor del bien común que nuestros países necesitan, como comunidades globales dispuestas a actuar.

Si lo hacemos, no solo nos mantendremos unidos en todo el mundo como patriotas fieles contra el nacionalismo religioso, sino que también ofreceremos un nuevo modelo para contener las amenazas comunes mediante la defensa de nuestros valores compartidos.

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