Estas aplicaciones ayudan a los habitantes de Ámsterdam a compartir coches, herramientas, habilidades e incluso comidas

A woman uses her Apple iPhone while waiting to cross 5th Avenue in New York, September 20, 2012. Apple's iPhone 5 goes on sale tomorrow as Apple works to increase it's market share in the mobile phone market. REUTERS/Lucas Jackson (UNITED STATES - Tags: BUSINESS SCIENCE TECHNOLOGY TELECOMS SOCIETY) - RTR387LK
‘We want people to feel like they have a connection not just with the city, but to each other as well.’Image: REUTERS/Lucas Jackson
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Ámsterdam ha creado decenas de nuevas plataformas digitales que animan a la ciudadanía a participar en la economía colaborativa.

Una aplicación llamada ParkFlyRent alquila coches aparcados por turistas en el aeropuerto de Schiphol. En lugar de permanecer inmóviles durante semanas, los coches se alquilan y parte de los ingresos se entrega a sus propietarios. Una aplicación llamada Djeepo encuentra espacios de almacenamiento privados (sótanos, áticos y habitaciones libres) para quienes necesitan más espacio para sus pertenencias.

Konnektid permite a los usuarios compartir habilidades como tocar la guitarra o hablar idiomas extranjeros. We Helpen ofrece información sobre el trabajo voluntario disponible en los barrios de la ciudad. Una aplicación llamada Camptoo permite alquilar autocaravanas de propiedad privada, que suelen utilizarse solo 4-5 veces al año. Abel conecta a conductores con pasajeros que van en la misma dirección.

«Queríamos que vivir en la ciudad fuera realmente una experiencia compartida», explicó Harmen van Sprang, uno de los organizadores de la iniciativa de economía colaborativa de Ámsterdam. «Queremos que la gente sienta que tiene una conexión no solo con la ciudad, sino también entre sí».

Las aplicaciones incorporan a la ciudadanía a la economía colaborativa y le recuerdan que la sostenibilidad es una motivación inherente. Como parte de un esfuerzo concertado para reducir los residuos y retirar de las carreteras de Europa el uno por ciento de todos los coches, una aplicación llamada SnappCar permite a los usuarios alquilar sus vehículos y monetizar un medio de transporte que permanece sin utilizar el 90% del tiempo. Otra aplicación llamada MyWheels permite a los usuarios alquilar un coche de inmediato en algún lugar de su barrio.

La colaboración se extiende a otros servicios, como la comida y la bebida. Durante un almuerzo de sopa de zanahoria, pan y queso en su casa del barrio de Jordaan, una cocinera aficionada llamada Caro van der Meulen describe una plataforma llamada AirDnD (Drink and Dine), que ofrece comida preparada en hogares particulares por unos 2.000 cocineros aficionados. Los comensales pueden entrar en una cocina privada para disfrutar de comida casera.

«Disfruto cocinando y me gusta conocer gente», dijo Meulen. «Creo que para quienes tienen la cocina como afición, o no quieren correr el riesgo de abrir un restaurante, esta es una solución única. Quienes vienen a comer son clientes habituales y personas curiosas que han oído hablar de AirDnD. Creo que contribuye a la experiencia comunitaria».

La iniciativa de economía colaborativa de Ámsterdam supone alejarse de plataformas tradicionales monetizadas como Airbnb y Uber. Una aplicación llamada Home Exchange, por ejemplo, pide a los usuarios que suban fotos y descripciones de sus viviendas. Después pueden intercambiar casas para escapadas cortas o vacaciones más largas. El intercambio directo fomenta un nivel de confianza que no existe en plataformas como Airbnb.

Desde la perspectiva del sector público, compartir y colaborar son herramientas valiosas para avanzar hacia una ciudad sostenible y acogedora. «Intentamos aumentar el capital social, y compartir es algo bueno», afirma Nanette Schippers, responsable del programa de economía colaborativa de la oficina de innovación del gobierno de Ámsterdam.

Y añadió: «Todo indica que la gente sigue compartiendo por muchas otras razones, como contribuir a una sociedad sostenible. Ahora sabemos quién está dispuesto a compartir: es más probable que lo hagan las personas de entre 20 y 45 años. Pero nuestro papel consiste en ampliar este grupo para incluir a las personas con bajos ingresos y a las mayores. Queremos una actitud proactiva y abierta, que comprenda la iniciativa de compartir y ayude a todo el mundo».

La primera «ciudad colaborativa»

La iniciativa comenzó en 2015, cuando Ámsterdam fue nombrada la primera ciudad colaborativa de Europa. Desde entonces, promover nuevas plataformas relacionadas con la colaboración ha sido una prioridad para el gobierno de la ciudad. Gran parte de este trabajo lo han llevado a cabo el gobierno de Ámsterdam y una empresa social llamada SharedNL, que asesora a empresas emergentes sobre cómo fomentar la colaboración entre el sector público, las empresas y la ciudadanía local.

ShareNL se fundó en 2013 y estudia nuevas tendencias, además de convocar a más de 60 socios públicos y privados interesados en participar en la economía colaborativa. ShareNL también organiza mesas redondas con sus socios cada tres meses y encuentros gratuitos para emprendedores. Hace poco, ShareNL lanzó Sharing City Alliance, que promueve ideas de otras ciudades afines, como Barcelona, Tel Aviv, Hamburgo y Toronto.

«Dos tercios de los consumidores ya utilizan plataformas de economía colaborativa»

Ámsterdam empezó a percibir el potencial de la economía colaborativa en 2013, cuando una encuesta a 1.300 adultos reveló que más del 84% de las personas encuestadas en Ámsterdam estaban dispuestas a participar en al menos un tipo de consumo colaborativo. «Todo apunta a que la economía colaborativa seguirá creciendo», afirmó Harmen van Sprang, uno de los fundadores de la empresa. «Dos tercios de los consumidores ya utilizan plataformas de economía colaborativa. Esto demuestra que quieren colaborar».

Su cofundador Pieter van de Glind coincidió: «Creemos que para 2020 una gran parte de la población habrá probado alguna forma de compartir. En 2013, el diez por ciento de los habitantes de Ámsterdam dijo que compartiría algo con un desconocido. El año pasado, esa cifra subió al 32%».

Un valor de miles de millones de dólares

El ejemplo emblemático de la economía colaborativa neerlandesa es Peerby, lanzada en 2012, que permite a los usuarios pedir prestados artículos domésticos a sus vecinos. La mayoría de los artículos están disponibles gratis y algunos se pueden alquilar, en cuyo caso Peerby recibe una parte de los ingresos. Hay desde ollas a presión hasta vehículos recreativos, taladros eléctricos e incluso juguetes para niños. El año pasado, Peerby —cuyo inventario de productos está valorado en alrededor de 1.000 millones de dólares— recaudó 2,2 millones de dólares de 1.051 participantes en financiación colectiva a través de OnePlanetCrowd, una plataforma neerlandesa de financiación colectiva sostenible. Peerby ha ampliado sus servicios a 20 ciudades de Europa y Estados Unidos.

«Algunos productos, como los taladros, por ejemplo, pasan meses sin usarse. Creemos que las comunidades son más fuertes cuando la gente comparte», dijo el fundador Daan Weddeppohl, sentado en su sala de reuniones en la azotea. La idea de Peerby se le ocurrió en 2009, cuando perdió su casa en un incendio y, posteriormente, su trabajo. «Uno de los retos es convencer a los comercios tradicionales con establecimientos físicos para que participen en lo que consideran un modelo nuevo. Todos podemos aprender de esto. Estamos viendo surgir una generación que preferiría compartir tanto servicios como habilidades».

«Estamos viendo surgir una generación que preferiría compartir»

Esa tarde, mientras dos empleados de servicio se movían de un lado a otro a su alrededor, Judith Manshanden, propietaria del Café GEEF, habló de cómo renunció a su trabajo en Boer & Croon Management Consulting para abrir en Ámsterdam un restaurante en el que cada cual paga lo que puede. GEEF comenzó como restaurante temporal en Róterdam en 2013 y ocupó varios locales provisionales antes de reabrir como GEEF Café Amsterdam en abril de 2016.

El restaurante prepara su menú exclusivamente con alimentos que están a punto de desecharse. A los comensales se les comunica informalmente el precio de coste y pagan en consecuencia. Parte de los ingresos se utiliza para dar de comer a las personas más necesitadas. Además, como forma de reforzar la cohesión comunitaria, los clientes también pueden ofrecer su tiempo como voluntarios en el restaurante a cambio de comida.

Durante la cena, Manshanden describió la gestión cotidiana de la parte empresarial de GEEF: «¡Ni siquiera sé cocinar en casa!». Dejó su trabajo corporativo porque no se sentía realizada y buscaba un reto más interesante. «Quería encontrar algo que me hiciera sentir más feliz. Pensaba que una carrera profesional tenía que ser algo más que ambición e ingresos». Se rio: «Nadie dice que llevar un restaurante sea fácil, y GEEF no es una excepción. Pero el aspecto comunitario es muy gratificante».

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