A raíz del Acuerdo de París sobre el cambio climático, cada vez se considera más a las ciudades laboratorios donde se idean soluciones inteligentes para reducir drásticamente las emisiones mundiales.
A diferencia de los países, que por lo general son demasiado grandes y difíciles de manejar para servir como buenos sujetos de prueba, las ciudades representan entornos ideales, tanto por su escala como por su gobernanza, para entender cómo diseñar la sostenibilidad mediante la resiliencia y la circularidad, posiblemente las dos características más cruciales de las sociedades preparadas para el futuro.
Cuando las propuestas no dan resultado, como inevitablemente ocurrirá con algunas, las ciudades pueden volver a empezar sin demasiadas complicaciones. Y cuando encuentran soluciones escalables para problemas difíciles de resolver, pueden ayudar a difundirlas y, al mismo tiempo, aprovechar los beneficios de su ingenio mediante modelos innovadores de contratación pública.

Servicios públicos ágiles
El conjunto de nuevas tecnologías que están empezando a utilizarse —desde sensores complejos de bajo coste hasta macrodatos y aprendizaje automático— permite cartografiar los flujos de entrada y salida de bienes y servicios, lo que posibilita que las ciudades hagan un seguimiento preciso de los patrones de consumo y generación de residuos. Estos conjuntos de datos son la base para diseñar cadenas de suministro más cortas, que dan lugar a economías locales cada vez más circulares.
Mientras las grandes burocracias son notoriamente lentas para adaptarse, los creadores ya están ideando soluciones mejores, más inteligentes y eficientes para producir bienes y prestar servicios. En este mismo momento, comunidades de creadores de todo el mundo contribuyen a elaborar los modelos de una nueva generación de servicios públicos ágiles, adaptados a las circunstancias locales y capaces de ofrecer más valor a menor coste.
Esta nueva comprensión del papel crucial de las ciudades en la construcción de un rumbo común ha despertado un renovado interés por las iniciativas de ciudades inteligentes. Los proyectos de ciudades inteligentes han tenido resultados dispares: algunos no han cumplido sus objetivos o han demostrado ser demasiado caros de mantener. Sin embargo, la incorporación de un nuevo elemento —el movimiento maker— podría ser el secreto para que las ciudades inteligentes sean realmente inteligentes.

Cómo los creadores mantienen la producción en el ámbito local
Cuando el movimiento maker irrumpió a principios de la década de 2000, se consideraba ampliamente un fenómeno de bricolaje que llevaba el «hazlo tú mismo» a la era digital y daba a los aficionados acceso a impresoras 3D, cortadoras láser y de vinilo, fresadoras CNC y otras herramientas en los llamados makerspaces, hackerspaces o FabLabs.
Sin embargo, durante la última década, el movimiento se ha transformado en un ecosistema mundial para crear prototipos que integran software y hardware. Lo que antes era un espacio informal de prueba de métodos de producción avanzados se está convirtiendo rápidamente en el lugar donde los tecnólogos de la próxima generación —capaces tanto de programar como de construir electrónica sofisticada— perfeccionan sus habilidades.
Los makerspaces se están convirtiendo rápidamente en lugares donde se concibe, perfecciona y desarrolla todo tipo de proyectos, desde dispositivos del Internet de las cosas hasta centrales de energía renovable. Estos espacios también parecen destinados a convertirse en laboratorios de experimentación urbana a gran escala y podrían contribuir a crear un nuevo modelo de contratación pública.

El movimiento también trabaja para revertir el declive urbano en ciudades que no son capitales. Los makerspaces contribuyen a ampliar las competencias de la población local, llevan de nuevo la fabricación más avanzada a los centros urbanos y ofrecen a las personas la novedosa oportunidad de producir in situ los artículos que consumen. La fabricación local no solo es una forma eficaz de reducir la huella de carbono de los productos, sino también de crear oportunidades laborales duraderas y dotar a los residentes de las competencias necesarias para prosperar en la Cuarta Revolución Industrial.
¿Dónde empezó todo?
El movimiento maker tiene sus raíces en el Centro de Bits y Átomos del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ideado por el profesor del MIT Neil Gershenfeld. En 2001, Gershenfeld contribuyó a difundir el concepto por todo el mundo al establecer pautas para crear espacios similares —conocidos como FabLabs— en otros lugares. Actualmente hay 1.244 FabLabs en todo el mundo.
A medida que el proyecto se expandía, Gershenfeld y su colaborador Vincente Gallarte, del Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña, reconocieron el efecto multiplicador de agrupar varios makerspaces en una misma ciudad. Según su razonamiento, esta red interconectada de FabLabs urbanos podría proporcionar equipos de trabajo para la digitalización, al tiempo que prestaría servicios a la población local e inspiraría a una nueva generación de profesionales.
Así, en julio de 2014, la Iniciativa Global Fab City se puso en marcha oficialmente durante la conferencia anual Fab10, en Barcelona. Allí, el entonces alcalde Xavier Trias se comprometió a que, para 2054, la mitad de todo lo que se consumiera en la ciudad se produjera localmente en Barcelona.
Esa decisión se debió en parte a que el alcalde comprendió con claridad la importancia de crear nuevas oportunidades económicas tras la devastadora crisis financiera de 2008, que golpeó especialmente a España. En los FabLabs, el alcalde Trias vislumbró una oportunidad beneficiosa para todos: ofrecer el marco para que surgieran soluciones locales capaces de convertirse en empresas locales que prestaran servicios locales y aportaran conocimientos y empleos locales.
La Iniciativa Fab City incluye ahora 18 ciudades y regiones, entre ellas Boston, Ámsterdam, Copenhague, Kerala y Shenzhen, y cada pocas semanas se suman nuevas ciudades. Actualmente desarrolla una plataforma de intercambio de información basada en blockchain para ayudar a las ciudades a ampliar la producción local y volverse autosuficientes y circulares.

Está previsto que el próximo gran encuentro de la Iniciativa Global Fab City se celebre en París en julio de 2018. La alcaldesa Anne Hidalgo, que dirige la red C40 de megaciudades que abordan el cambio climático, ha respaldado firmemente la iniciativa. Esta señal inequívoca de apoyo probablemente atraerá a otras grandes metrópolis mundiales al grupo Fab City.
Ya hay muchos proyectos en marcha
El Maker Mile, un polo creativo de fabricantes, empresas tecnológicas emergentes, estudios y talleres en el este de Londres, constituye un interesante caso de estudio del potencial que se desata cuando las comunidades de creadores se unen.

Uno de los proyectos más interesantes surgidos en la zona es Precious Plastic. Iniciado en 2013 por Dave Hakkens, Precious Plastic es un proyecto de código abierto que transforma residuos plásticos en artículos de uso cotidiano, como cuencos y tazas, y también en objetos más grandes, como mesas. Precious Plastic no solo da una nueva vida a la basura, sino que también suscita un diálogo fundamental sobre soluciones locales de suprarreciclaje.

Opendesk, una tienda de muebles en línea que utiliza diseño y fabricación de código abierto para eludir la cadena de suministro mundial tradicional del sector, es otra empresa emergente de Maker Mile.
Opendesk permite a los clientes elegir muebles en línea y los pone en contacto con el taller de fabricación más cercano, donde se elaborará el producto in situ. Así se elimina del proceso el paso más costoso y contaminante de la cadena de suministro: la logística. A medida que gana popularidad la personalización masiva, Opendesk podría trastocar —o al menos inspirar— a grandes empresas como Ikea.

Barcelona se ha inspirado en el Maker Mile de Londres para crear un polo similar de makerspaces que está tomando forma en un área de un kilómetro cuadrado del barrio costero de El Poblenou.

Repensar el diseño urbano y las cadenas de suministro
La Iniciativa Global Fab City permite a las ciudades aprovechar la energía de muchos grupos diversos para alcanzar objetivos de desarrollo urbano sin una gran inversión inicial. El modelo ofrece una forma rentable de generar impacto en ámbitos clave, como la formación técnica, la incubación de empresas emergentes, el interés corporativo y el diseño directo de servicios tanto para las ciudades como para sus habitantes.
Entre otros beneficios principales se incluyen:
• Crear prototipos de soluciones circulares a escala de barrio y de ciudad y lograr el respaldo de la ciudadanía;
• Forjar modelos de contratación pública de próxima generación, más económicos, ágiles, resilientes y adaptables que los protocolos jerárquicos;
• Respaldar la innovación, desarrollar una fuerza laboral cualificada y estimular la transición a la Cuarta Revolución Industrial;
• Regenerar estratégicamente zonas marginadas mediante una reindustrialización progresiva;
• Acelerar el camino hacia la reducción de emisiones y el cumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París;
• Ofrecer una excelente oportunidad para crear una marca urbana, con un gran potencial de generación de empleo.
El movimiento maker ha superado sus dificultades iniciales y ha madurado hasta convertirse en un facilitador de soluciones centradas en la ciudadanía e innovaciones sociales que trascienden la comprensión general de la economía circular al incorporar herramientas de la economía colaborativa y de la criptoeconomía.
Las autoridades locales, las instituciones académicas y las grandes empresas están empezando a reconocer el potencial del movimiento, que se perfila como un actor clave en la transformación urbana durante las próximas décadas.
La Iniciativa Global Fab City muestra cómo las ciudades, trabajando en coordinación con las comunidades locales y los socios empresariales mundiales, pueden diseñar la próxima generación de soluciones ágiles y adaptables para los servicios públicos; proporcionar a los residentes las competencias necesarias para prosperar en la Cuarta Revolución Industrial; atraer polos empresariales para mejorar la competitividad y fortalecer la resiliencia urbana; y, con el tiempo, reducir la huella ambiental. En resumen, ofrece la oportunidad de participar desde el principio en el movimiento que encabeza la transición hacia una economía circular.
Lea más en nuestro nuevo informe:
La economía circular en las ciudades: evolución de un modelo para un futuro urbano sostenible
Thomas Ermacora es un arquitecto urbanista, tecnólogo, autor y emprendedor de la regeneración galardonado, que actualmente ejerce como futurista residente de la Fundación XPRIZE. Fundador de London Maker Mile y del FabLab de impacto Machines Room, es socio fundador de la Iniciativa FabCity del MIT, inversor en varias empresas emergentes en fase inicial de la Cuarta Revolución Industrial y asesor de la Iniciativa del Foro Económico Mundial para dar forma al futuro del desarrollo y los servicios urbanos.



