La insaciable demanda de dispositivos electrónicos de la humanidad está generando el flujo de residuos que más rápido crece en el mundo. Algunas de sus formas aumentan de manera exponencial. Las Naciones Unidas lo llaman un tsunami de residuos electrónicos.
Aunque el aumento de los dispositivos electrónicos forma parte del problema, también puede ser una parte importante de la solución. Un mundo más digital y conectado nos ayudará a acelerar el avance hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (ODS), y ofrecerá oportunidades sin precedentes a las economías emergentes.
Si hacemos las cosas bien, veremos que muchos menos de nuestros valiosos minerales, metales y recursos acaban en los vertederos. Los beneficios para la industria y los trabajadores, así como para la salud de las personas y el medio ambiente, podrían ser enormes. Es crucial adoptar rápidamente una visión más circular en este sector.
Por eso, abordar este problema de frente se considera ahora una tarea crucial para varios organismos mundiales, entre ellos la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y otros miembros de la Coalición sobre los Residuos Electrónicos. Por ejemplo, los Estados miembros de la UIT fijaron recientemente el objetivo de aumentar al 30 % la tasa mundial de reciclaje de residuos electrónicos.
Estos organismos, junto con el Foro Económico Mundial y el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible, han publicado un informe conjunto que reclama una nueva visión circular para el sector. Los argumentos económicos son contundentes. Si analizamos el valor de los materiales de nuestros dispositivos desechados, este asciende a 62.500 millones de dólares en todo el mundo, tres veces más que la producción anual de las minas de plata del mundo, según los datos de el nuevo Informe Mundial sobre Residuos Electrónicos. El PIB anual de más de 120 países es inferior al valor de la creciente acumulación mundial de residuos electrónicos.
Al recuperar este valioso recurso, generaremos muchas menos emisiones de CO2 que al extraer minerales nuevos de la corteza terrestre. También tiene sentido: una tonelada de teléfonos móviles contiene 100 veces más oro que una tonelada de mineral aurífero.
Prolongar la vida útil de los productos electrónicos y reutilizar los componentes eléctricos aporta un beneficio económico aún mayor, ya que los dispositivos que funcionan valen, sin duda, más que los materiales que contienen. Un sistema circular de electrónica —en el que los recursos no se extraen, se usan y se desperdician, sino que se reutilizan de innumerables maneras— crea empleos dignos y sostenibles y conserva más valor en la industria.
Si en 2018 por fin despertamos ante la contaminación por plásticos en los océanos como uno de los grandes desafíos medioambientales, la opinión pública podría y debería volcarse en 2019 hacia los residuos electrónicos. Las cifras son asombrosas: cada año se generan 50 millones de toneladas de residuos electrónicos y, si no se hace nada, esta cifra podría más que duplicarse y alcanzar los 120 millones de toneladas en 2050.
Cuesta imaginar siquiera 50 millones de toneladas, pero ese peso equivale al de todos los aviones comerciales que hemos construido a lo largo de la historia o al de 4.500 torres Eiffel, suficiente para cubrir una superficie del tamaño de Manhattan; y eso corresponde tan solo a los residuos electrónicos que generamos en un año.
Este creciente torrente de pantallas, cables, chips y placas base se alimenta de nuestro gusto por los dispositivos, muchos de los cuales están conectados a internet. Ahora hay más dispositivos que personas y se prevé que su número alcance los 25.000-50.000 millones para 2020, reflejo de la drástica caída de los costes y del aumento de la demanda.
La situación se agrava porque solo se recicla formalmente el 20 % de los residuos electrónicos del mundo. El 80 % restante suele incinerarse o acabar en vertederos. Además, muchos miles de toneladas llegan a distintos lugares del mundo para que los trabajadores más pobres las desmonten a mano o las quemen. Esta forma rudimentaria de minería urbana perjudica el bienestar de las personas y genera una contaminación incalculable.
Ya sabemos cuáles son las soluciones; ahora se trata de aplicarlas eficazmente. En primer lugar, unas mejores estrategias de gestión de residuos electrónicos y unas normas ecológicas pueden ayudar a afrontar este desafío.
Si nos unimos en el escenario mundial, podemos crear una industria sostenible que genere menos residuos y en la que nuestros dispositivos se reutilicen y también se reciclen de formas innovadoras. Esto también crea nuevas formas de empleo, actividad económica, educación y comercio.
Ya son 67 los países que han promulgado leyes para gestionar los residuos electrónicos que generan. Apple, Google, Samsung y muchas otras marcas se han fijado objetivos ambiciosos de reciclaje y de uso de materiales reciclados y renovables.
Ha llegado el momento de plantearnos la desmaterialización de la industria electrónica. El auge de los modelos de negocio de dispositivos como servicio podría ser una vía. Se trata de una extensión de los modelos de arrendamiento actuales, que permiten a los consumidores acceder a la tecnología más reciente sin elevados costes iniciales. Con nuevos modelos de propiedad, los fabricantes tienen incentivos para garantizar que todos los recursos se utilicen de forma óptima durante el ciclo de vida de un dispositivo.

Los cambios tecnológicos, como la computación en la nube y el internet de las cosas (IoT), pueden contribuir a la desmaterialización. Un mejor seguimiento de los productos y los programas de devolución, en los que confíen los consumidores, también constituyen un primer paso importante hacia unas cadenas de valor mundiales circulares.
Se trata de cambiar el rumbo del modelo lineal predominante de «extraer, fabricar y desechar», como primer paso hacia la economía circular que queremos ver en el futuro. Sin embargo, esto requiere soluciones audaces, conocimientos especializados, incentivos y políticas.
Para que la economía circular funcione, harán falta emprendedores, inversores, académicos, líderes empresariales y sindicales, y legisladores. Los modelos empresariales innovadores y las cadenas de suministro inversas, los diseños circulares, la seguridad de quienes recolectan residuos electrónicos y las formas de formalizar y empoderar a quienes trabajan informalmente con estos residuos son parte de la solución. Hay que actuar ahora.
No queremos que los minerales y metales preciosos se conviertan en el nuevo plástico. Los residuos electrónicos no son contaminación ni basura: son un recurso vital que apenas empezamos a valorar plenamente.



