Probablemente hayas oído hablar de los diamantes de sangre, en las noticias o incluso en el éxito de taquilla de Leonardo DiCaprio Diamante de sangre, que profundiza en los violentos orígenes de estas piedras preciosas. En todo el mundo, cada vez más consumidores están tomando medidas para asegurarse de no comprar un diamante de sangre cuando buscan un anillo de compromiso.
Pocos tomamos la misma precaución con nuestros dispositivos electrónicos.
Pero aquí va un secreto turbio: tu smartphone está fabricado con minerales de conflicto. Lo mismo ocurre con tu ordenador, iPad, Fitbit y muchos otros dispositivos electrónicos.
Al igual que los diamantes de sangre, muchos de los minerales presentes en estos dispositivos proceden de regiones devastadas por la guerra, plagadas de violaciones de los derechos humanos y condiciones laborales inseguras. Según las directrices oficiales establecidas por la legislación estadounidense, los minerales de conflicto incluyen tantalio (utilizado para fabricar condensadores y resistencias de alta potencia), tungsteno (utilizado para fabricar filamentos), estaño (utilizado para fabricar soldaduras para circuitos electrónicos) y oro (utilizado en placas de circuitos electrónicos), extraídos en el Congo, Angola, Ruanda y otras siete naciones cercanas. Los expertos piden que se añada a la lista el cobalto, un elemento utilizado para fabricar las baterías recargables presentes en la mayoría de los dispositivos electrónicos. Una investigación publicada el año pasado por The Washington Post rastreó el cobalto utilizado por los principales fabricantes hasta llegar a peligrosas minas excavadas a mano en el Congo.
Mientras tanto, las terribles condiciones laborales no se limitan a las minas de África. Las empresas electrónicas dependen de materias primas procedentes de países donde el trabajo forzoso y el trabajo infantil son habituales, como India y China.

Las complejas cadenas de suministro globales hacen que resulte increíblemente difícil (si no imposible) para las empresas determinar si se producen violaciones de los derechos humanos en algún punto de la cadena de suministro. No es raro que los minerales pasen por 10 intermediarios distintos antes de llegar al fabricante. A menudo, los acuerdos se basan en relaciones que se extienden durante varias generaciones y la transparencia es voluntaria; esta combinación permite que persistan las condiciones laborales inhumanas.
Cada vez que compras un dispositivo electrónico nuevo, probablemente estás financiando la industria de los minerales de conflicto. En conjunto, estamos invirtiendo miles de millones en este sector: se prevé que este mismo año se envíen 1.530 millones de smartphones.
El desafío de la eliminación
El problema se agrava por la forma en que desechamos nuestros dispositivos electrónicos. En Estados Unidos solo se recicla el 29 % de los dispositivos electrónicos. El resto acaba en vertederos, donde filtra sustancias químicas, como bromuros, berilio y plomo, al suelo y a las aguas subterráneas.
El reciclaje puede parecer una opción mejor. Pero, en realidad, suele ser un nombre engañoso. Hasta un 80 % del material electrónico reciclado en Estados Unidos se envía al extranjero. China, India, Ghana y Pakistán están llenos de cementerios electrónicos donde los trabajadores queman los dispositivos electrónicos para extraer sus componentes metálicos, e inhalan los humos tóxicos.

La mayoría de los productos reciclados que no se envían al extranjero van a una fundición. Pero incluso este escenario más favorable es problemático: aunque en el proceso de fundición se extraen algunos metales, el resto de los materiales se dejan arder. Esto libera a la atmósfera compuestos nocivos, como dioxinas y furanos, y contamina también la escoria restante.
A medida que crece la clase media mundial, también aumenta la magnitud del problema. Los residuos electrónicos constituyen el flujo de residuos de más rápido crecimiento: para 2020 habrá 20.400 millones de dispositivos conectados, según la firma de investigación Gartner. Si no hacemos cambios drásticos, la mayoría acabará en un vertedero. Nos precipitamos hacia una crisis humanitaria y medioambiental en toda regla.
Cómo salir del dilema de los residuos electrónicos
La necesidad de actuar es evidente. Y el objetivo final está claro: encontrar formas más sostenibles de fabricar, reciclar y reutilizar nuestros dispositivos electrónicos. Lo complicado es el «cómo».
Los rápidos avances tecnológicos y la obsolescencia incorporada generan una demanda constante de los consumidores de dispositivos más nuevos y mejores. Aunque la intención es loable, exigir a los fabricantes que simplemente rastreen y eliminen los minerales de conflicto quizá sea demasiado complicado para llevarlo a la práctica de forma realista. Animar a los consumidores a reacondicionar los dispositivos usados en lugar de tirarlos mejorando su reparabilidad es una opción viable. Pero, mientras las empresas tecnológicas sigan lanzando nuevos productos, su impacto será limitado.
En cambio, debemos reformar por completo la cadena de suministro.
En la actualidad, tenemos un sistema de la cuna a la tumba: los dispositivos electrónicos se fabrican, se venden y luego se entierran en vertederos. Para lograr un cambio significativo, debemos pasar a un ciclo de la cuna a la cuna, en el que los fabricantes se conviertan en custodios de los minerales utilizados en sus dispositivos electrónicos. En esta economía circular, los dispositivos electrónicos antiguos se transforman de nuevo en sus componentes minerales, que luego se utilizan para crear dispositivos completamente nuevos.
Para hacer realidad esta visión de futuro, necesitamos una tecnología mejor. Por suerte, en este ámbito por fin estamos avanzando. Una opción especialmente prometedora toma prestada tecnología sónica a gran escala de las industrias minera y petrolera, donde tradicionalmente se utiliza para rehabilitar suelos valiosos pero contaminados.
Se utilizan potentes ondas sonoras submarinas para separar los dispositivos electrónicos en sus componentes, un proceso que puede recuperar los 21 minerales utilizados para fabricar un iPhone estándar sin destruir los plásticos, la fibra de vidrio y la cerámica. La operación no solo es más sostenible que la incineración, sino que los materiales recuperados pueden volver a la cadena de suministro, reduciendo la necesidad de que los fabricantes compren minerales de conflicto adicionales en bruto. He visto de cerca el potencial de esta solución para el enorme desafío que representan los residuos electrónicos.
En una instalación de prueba situada a 1.000 millas al norte de Silicon Valley, hemos procesado con éxito 36.000 libras de placas de circuitos y paneles solares con esta tecnología. Sin recurrir a fundiciones ni a procesos perjudiciales para el medioambiente, este proceso recupera más del 90 % de todos los metales que contienen. Más aún, los metales restantes siguen dentro del sistema de circuito cerrado, a la espera de ser recuperados en el futuro. Esta solución puede ampliarse a escala mundial y ofrece una alternativa realmente viable al reciclaje electrónico tradicional.
El problema de los residuos electrónicos es real, grave y empeora cada año. La concienciación es el primer paso hacia una solución. Como consumidores, debemos alzar la voz para exigir que los fabricantes trabajen en la creación de una cadena de suministro mejor. Del mismo modo que exigimos que nuestros productos agrícolas sean ecológicos, que nuestro café sea de comercio justo y que nuestras joyas no procedan de una zona de conflicto, ha llegado el momento de exigir que nuestros smartphones se obtengan de forma ética y sostenible. La alternativa es dejar a nuestros hijos una montaña de deuda tóxica: los miles de millones de teléfonos, portátiles y dispositivos electrónicos que compramos despreocupadamente y luego simplemente tiramos.



