Los gobiernos y las empresas tienen ante sí una enorme oportunidad para reducir su impacto climático y aumentar sus ingresos y la satisfacción de los consumidores mediante la transición hacia una economía circular. Una «economía circular» es aquella que puede:
Ser regenerativa por diseño y conservar el mayor valor posible de los productos, las piezas y los materiales.
Mitigar el impacto climático de la fabricación continua de nuevos productos.
Recuperar los 4,5 billones de dólares que se desperdician en el actual modelo de consumo de producir, usar y tirar.
El concepto de economía circular ha empezado a expandirse por todo el mundo. Durante el último año, ha ocupado un lugar destacado en muchas conferencias importantes, lo que demuestra su creciente vigencia. Sin embargo, los engranajes de la economía mundial —desde las finanzas y los modelos de negocio hasta el comportamiento de los consumidores y las leyes— siguen incorporando los residuos como un subproducto necesario, aunque desafortunado, de una economía próspera.
Estas son 5 maneras en que los gobiernos, junto con el sector privado, pueden empezar a orientar sus economías hacia este modelo más sostenible.
1. Pasar de una jerarquía de residuos a una jerarquía de circularidad
A partir de la década de 1970, los gobiernos —en su papel de garantes de la salud pública y la protección del medio ambiente— adoptaron el concepto de jerarquía de residuos para establecer prioridades en la gestión de residuos. Esta jerarquía, centrada en la salud pública y la protección del medio ambiente, dio lugar a políticas e infraestructuras orientadas a desviar los residuos de los vertederos y crear valor mediante el reciclaje y la recuperación de energía. Por ejemplo, las instalaciones de valorización energética de residuos crean valor a partir de materiales que, de otro modo, acabarían en vertederos.
Sin embargo, la jerarquía de residuos optimiza una situación perjudicial sin abordar sus causas fundamentales; se centra en gestionar los residuos en lugar de maximizar el aprovechamiento de los materiales como recurso, por ejemplo, prolongando la vida útil de los productos y recuperando materiales valiosos para fabricar otros nuevos. Por ejemplo, el sistema actual de reciclaje de productos electrónicos recupera de forma insuficiente los metales para su reutilización.
Los gobiernos deben sustituir sus jerarquías de residuos por una jerarquía de circularidad, que maximice el aprovechamiento de los materiales al prolongar la vida útil de los productos y extraer el máximo valor de ellos una vez desechados para convertirlos en productos nuevos. Según este nuevo paradigma, todas las políticas, incluidos los impuestos, deberían demostrar, mediante un análisis basado en el ciclo de vida, que alcanzan el máximo nivel posible de circularidad. Para aplicar esta jerarquía, los gobiernos deben permitir que la industria innove sin prescribir en exceso (lo que frenaría la innovación) ni rebajar las normas de salud pública.
2. Actualizar los planes climáticos nacionales para incorporar la economía circular
El flujo de materiales desde la minería hasta la fabricación y el uso es responsable del 50 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Los planes climáticos nacionales en virtud del Acuerdo de París —conocidos como Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC)— deberían actualizarse para incorporar tres palancas clave de la economía circular: los procesos de retención de valor y los materiales secundarios y la cadena de suministro.
Los procesos de retención de valor prolongan la vida útil de los productos mediante la reutilización, la reparación, el reacondicionamiento o la refabricación. Un informe reciente del Panel Internacional de Recursos de la ONU (IRP) examinó tres sectores industriales de Estados Unidos, China, Brasil y Alemania. Concluyó que prolongar la vida útil de los productos mediante procesos de retención de valor podría reducir el uso de materias primas hasta en un 80-99 % y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en algunos sectores entre un 79 y un 99 %. Pero la economía circular no termina ahí.
Una vez que se ha maximizado la vida útil de un producto mediante procesos de retención de valor, recuperar y reutilizar sus materiales en un producto nuevo también puede aportar importantes beneficios climáticos. Un estudio reciente concluyó que la reutilización de aluminio, acero y plásticos en las economías nórdicas podría reducir las emisiones en un 96 %, un 86 % y un 37 %, respectivamente, en comparación con las emisiones de los productos fabricados con materias primas.
Por último, la cadena de suministro ofrece una oportunidad poco reconocida para conectar estas palancas de la economía circular. Un estudio reciente concluyó que las emisiones de la cadena de suministro de una empresa son aproximadamente cuatro veces superiores a las de sus operaciones directas, pero solo alrededor de una cuarta parte de las empresas trabaja con sus cadenas de suministro para reducir las emisiones.
Si los gobiernos envían a las empresas una señal mediante sus NDC y las alinean con políticas facilitadoras centradas en estas tres palancas —los procesos de retención de valor y los materiales secundarios vinculados en la cadena de suministro—, pueden impulsar la circularidad y reducir las emisiones.
3. Reformar la normativa transfronteriza
El Convenio de Basilea es un tratado internacional concebido para reducir el traslado de residuos peligrosos entre países, en particular desde países desarrollados hacia países menos desarrollados, debido a la preocupación por las consecuencias del vertido para la salud pública. La adopción por los países de leyes que aplican el Convenio de Basilea constituye un control fundamental de los flujos transfronterizos problemáticos de residuos. Sin embargo, el Convenio puede obstaculizar la refabricación de productos usados y la recuperación de materiales secundarios procedentes de la fabricación y de productos usados. Así, aunque las baterías de litio de los vehículos eléctricos pueden reutilizarse con otros fines, algunos países las consideran residuos peligrosos, lo que frena la circularidad.
En opinión de este autor, no es probable que se lleve a cabo en un futuro previsible una reforma integral del Convenio que incorpore principios circulares. Sin embargo, los países pueden acelerar la circularidad simplificando los requisitos de aplicación y garantizando una transparencia rigurosa para fomentar la refabricación y el uso de materiales secundarios. Francia, los Países Bajos, el Reino Unido y Flandes han establecido un marco transfronterizo para armonizar los requisitos administrativos de recuperación de materiales procedentes de aparatos electrónicos usados, destinados a fabricar productos nuevos, respetando al mismo tiempo los requisitos legales vigentes y la supervisión pública.
Asimismo, tal como recomienda el IRP, los gobiernos también pueden reclasificar como «no residuos» ciertos productos aptos para la refabricación, sin dejar de vigilar los vertidos ilegales.
4. Reformar la normativa sobre reciclaje para promover la fabricación en circuito cerrado
Reexaminar la normativa nacional vigente para encontrar oportunidades de promover la fabricación en circuito cerrado y la refabricación puede generar beneficios ambientales y económicos.
Los gobiernos deberían modificar la normativa sobre reciclaje para incentivar el aprovechamiento integral de los materiales y ayudar a los fabricantes a reconocer cómo minimizar su pérdida y maximizar su valor. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) aprobó una norma de este tipo que excluye de la categoría de «residuos» los restos de fabricación que se reincorporan a la producción en un circuito cerrado. La EPA también reforzó los requisitos para que las empresas recicladoras gestionen de forma segura los riesgos de incendios, explosiones, accidentes y liberación de materiales peligrosos. Se prevé que los cambios permitan ahorrar 59 millones de dólares en materiales y reducir las emisiones en 344 kilotoneladas de dióxido de carbono equivalente al año.
5. Incentivar el diseño para la circularidad
Nuestra actual economía de producir, usar y tirar no recompensa la fabricación de productos duraderos ni de productos que puedan reutilizarse, reconvertirse, repararse o reciclarse fácilmente.
Los gobiernos deberían animar a las empresas a diseñar productos que conserven su valor o permitan recuperar materiales para utilizarlos como materias primas secundarias. Esto puede lograrse mediante políticas fiscales que favorezcan los productos refabricados. Actualmente, estos productos suelen tributar como si fueran nuevos, lo que los penaliza de hecho, ya que ya se pagaron impuestos por ellos durante su fabricación original. China, por ejemplo, ha reducido los impuestos sobre productos que incluyen «recursos residuales», como los residuos metálicos industriales.
Los gobiernos también pueden fijar objetivos de contenido mínimo reciclado. El Programa de Aplicación del Sistema de Ampliación de la Responsabilidad del Productor de China establece como objetivo que, para 2025, los nuevos productos electrónicos, las baterías y los automóviles contengan un 20 % de materiales reciclados. Asimismo, la Comisión Europea está evaluando actualmente normas de diseño ecológico para impulsar la circularidad.
El potencial de la economía circular
Si se mide, diseña e integra cuidadosamente, la economía circular ofrece perspectivas prometedoras para el medio ambiente, los consumidores, las empresas y los gobiernos, ya que puede:
Reducir los residuos innecesarios
Extraer aún más valor de los productos
Reducir las emisiones nocivas
Actualmente, la economía circular suscita un interés considerable en muchos sectores. Estas son cinco medidas concretas que los gobiernos y el sector privado pueden adoptar a corto plazo para reducir la intensidad del uso de materiales y mejorar los resultados en materia de GEI.






