Los coches eléctricos copan los medios como grandes agentes de cambio en la movilidad urbana. Estas noticias parecen relegar al olvido que los coches eléctricos ocupan tanto espacio como sus equivalentes de combustión y, podría decirse, nos quitan aún más tiempo que los coches que consumen mucho combustible; y que, en términos de cifras absolutas, el verdadero factor de cambio es la bicicleta eléctrica.
El tiempo es lo más valioso que tenemos los seres humanos. Es lo único que el dinero no puede comprar.
La calidad de nuestro tiempo depende sobre todo de nuestras decisiones personales. Sin embargo, a muchos nos falta lo que podría llamarse «higiene del tiempo». Higiene entendida como un conjunto de prácticas que contribuyen a mantener cierta calidad de salud. Del mismo modo, podríamos considerar la higiene del tiempo como prácticas que contribuyen a mejorar la calidad del tiempo: un equilibrio óptimo que prevenga el estrés y fomente la felicidad mediante decisiones conscientes.
Nuestras decisiones cotidianas influyen en el tiempo que tenemos para dedicar a lo que nos gusta. Nuestros hábitos diarios de desplazamiento consumen gran parte de ese tiempo. La mayoría de la gente parece no saber que, en las ciudades, las bicicletas son más o menos tan rápidas como los coches y que, en hora punta, son mucho más rápidas —en Europa, un 40 % más de media—. Comparar los coches eléctricos con las bicicletas eléctricas no cambia la ecuación a favor de los coches. Al contrario: las bicicletas eléctricas son incluso más rápidas que las bicicletas sin asistencia eléctrica. Y son, con diferencia, más rápidas que los coches eléctricos si al tiempo del trayecto le sumamos el tiempo que dedicamos a trabajar para poder pagar nuestro vehículo.
Pensemos en un trayecto urbano habitual de 10 kilómetros (seis millas). Sin contar la hora punta, recorrer esa distancia llevaría, de media, unos 20 minutos en coche eléctrico y 33 minutos en bicicleta eléctrica.
Los coches y las bicicletas, sin embargo, no son gratis. Para ganar dinero, trabajamos muchas horas y nos esforzamos mucho.
Traduzcamos el dinero que ganamos al tiempo que dedicamos a trabajar para obtenerlo: el coste medio de un coche eléctrico, incluidos el precio de compra y el mantenimiento, equivale a 40 minutos de trabajo por cada 10 kilómetros recorridos en ese coche. En cambio, el coste de una bicicleta eléctrica equivale a solo seis minutos de trabajo por cada 10 kilómetros. A estas alturas, parece evidente que los coches eléctricos, al igual que sus equivalentes de combustión, nos quitan mucho más tiempo valioso que las bicicletas eléctricas. Sencillamente, no son higiénicos para el tiempo.

La higiene del tiempo consiste en encontrar más tiempo para nosotros: para pensar, para hacer lo que nos gusta. Las actividades de ocio, como la contemplación, pasear o dar una vuelta en bicicleta, mejoran nuestra salud general, bienestar y creatividad. En este sentido, la higiene del tiempo incorpora la eficacia como una forma de trabajar mejor, y no solo más.
En un mundo donde cada año 75 millones de personas se trasladan del campo a la ciudad, el tiempo que pasamos atrapados en el tráfico se ha vuelto asombroso. En Estados Unidos, el viajero medio pasa 100 horas al año sentado en el tráfico, lo que equivale a medio año a lo largo de una vida.
La planificación y el diseño urbanos nos ayudan a pasar de un sistema centrado en el coche a otro centrado en la bicicleta, al hacer que las bicicletas y su infraestructura sean más funcionales y atractivas. Sin embargo, aún hay que rediseñar las ciudades para que sean más adecuadas para las bicicletas eléctricas. Por ejemplo, ya vemos montones de estaciones de carga para coches eléctricos en nuestras ciudades, pero ninguna para bicicletas eléctricas. ¿No sería estupendo poder cargar nuestra bicicleta mientras está aparcada frente al trabajo, en la estación o donde sea? Sin duda, más gente se animaría a usar una bicicleta eléctrica si le preocupara menos tener acceso a un punto de carga y quedarse sin batería.
Sin sudar
Las propias bicicletas están cambiando y animan a quienes hoy conducen coches a dejarlos y pasarse a los vehículos de dos ruedas, o de tres. La llegada masiva de bicicletas eléctricas a las ciudades supone un paso decisivo en esa dirección. Permiten recorrer distancias más largas y a mayor velocidad que las bicicletas convencionales, sin llegar empapados en sudor al trabajo.
Muchas empresas de bicicletas de carga, entre ellas Butchers & Bicycles, han pasado por completo de las bicicletas sin asistencia eléctrica a las eléctricas. En países montañosos como Suiza se observa un auge repentino de las bicicletas, porque ahora los padres pueden subir cuestas con sus hijos y las compras gracias a la asistencia eléctrica. La estética también desempeña un papel importante, y los hermosos diseños de bicicletas por fin están a la altura de los de los coches.
Las investigaciones muestran que las ciudades de todo el mundo están abandonando poco a poco el transporte centrado en el coche, y que las bicicletas eléctricas representan una parte considerable de ese cambio. Por ejemplo, Madrid y Copenhague ya ofrecen servicios de bicicletas eléctricas compartidas, mientras que quienes se desplazan al trabajo en Inglaterra, Holanda y Dinamarca pueden recorrer «superautopistas ciclistas», más anchas que los carriles bici normales y con pocas o ninguna interrupción, para aprovechar todo el potencial de sus bicicletas eléctricas.
Agentes de cambio
En algunas zonas del mundo en desarrollo se observa otra tendencia: el crecimiento económico ha llevado a millones de personas que antes se desplazaban en bicicleta a pasarse a las motocicletas. Los medios estadounidenses han llamado a Hanói, Vietnam, y Uagadugú, Burkina Faso, respectivamente, la ciudad de los scooters y la tierra cautivada por los ciclomotores . En esos lugares, a los coches eléctricos les ha costado abrirse paso, pero ya se sienten los efectos negativos de los motores de combustión.
Las bicicletas eléctricas también podrían ser agentes de cambio en estos lugares, donde la gente ya ha descubierto que dos ruedas avanzan más rápido que cuatro y quiere aire limpio. En Japón, la demanda de bicicletas eléctricas superó a la de las motocicletas pequeñas hace nueve años, mientras que en Alemania unos 6.000 empleados postales ya reparten el correo en bicicletas eléctricas en lugar de scooters. En toda Europa se venden ahora más de un millón de bicicletas eléctricas al año. En Asia, el año pasado se vendieron la asombrosa cifra de 33 millones de bicicletas eléctricas.
Falta de inversión
A pesar de las evidentes ventajas de las bicicletas eléctricas y de su creciente popularidad, los coches eléctricos siguen presentándose como la solución de movilidad del futuro. Las estrategias del sector público impulsan, financian y refuerzan esta tendencia contraria a los hechos, con inversiones casi nulas en bicicletas eléctricas. Pensemos en Alemania: hasta 2014 (el último año del que hay cifras disponibles), las subvenciones para coches eléctricos ascendieron a 1.400 millones de euros, mientras que para las bicicletas eléctricas fueron… bueno, ninguna. A finales de 2016, solo circulaban por las carreteras alemanas 25.500 coches eléctricos, frente a nada menos que 2,5 millones de bicicletas eléctricas.
Imaginemos cuántos ciclistas más podrían contribuir a salvar nuestras ciudades y evitar un mayor calentamiento global si adoptaran bicicletas eléctricas, siempre que recibieran un apoyo estratégico y financiero similar al de quienes conducen coches eléctricos.
E imaginemos, en lo personal, cuánto más tiempo podríamos ganar —para nuestros hijos, nuestras familias, nosotros mismos… para lo que queramos— si adoptáramos una mejor higiene del tiempo — y una bicicleta eléctrica.
