En un mundo fracturado, necesitamos la cultura para sobrevivir y prosperar

"As we make our way toward an unknown future, culture has a crucial role to play in our survival," writes cellist Yo-Yo Ma
"As we make our way toward an unknown future, culture has a crucial role to play in our survival," writes cellist Yo-Yo MaImage: REUTERS/Toru Hanai
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Mi trabajo como músico es sembrar esperanza: cuando pienso en el futuro, veo enormes posibilidades. Pero también me preocupa. La buena noticia es que el conocimiento humano avanza a un ritmo más rápido que nunca. La mala noticia es que, dado el ritmo del cambio, quizá no siempre avancemos de la manera más conveniente para las personas. Si nuestro progreso supera nuestros valores, corremos el riesgo de precipitamos hacia delante sin un mapa y encontrarnos al borde del abismo, tras haber logrado avances sin precedentes, pero perdido de vista nuestra humanidad.

Empecé a reflexionar sobre este desafío cuando leí el libro de Klaus Schwab de 2016, La cuarta revolución industrial. Describe una época en la que los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial y la robótica, mejoran significativamente la vida de las personas y, a la vez, provocan una enorme disrupción. Y esto ocurre en un momento en que nuestro mundo está cada vez más fracturado y menos preparado para absorber cambios tan rápidos, cuando los lazos que nos unen, tanto en el plano económico como en el social, se están debilitando.

He tocado el violonchelo durante más de cinco décadas y, con los años, he descubierto que los seres humanos inventaron la cultura por una razón: nos da una ventaja evolutiva. Mientras avanzamos hacia un futuro desconocido, la cultura tiene un papel crucial que desempeñar en nuestra supervivencia.

Como seres humanos, necesitamos por naturaleza alimento, agua y refugio para sobrevivir. Pero igual de importante es comprender. Para sobrevivir, debemos entender nuestro entorno, a los demás y a nosotros mismos. Inventamos la cultura para satisfacer esta necesidad: encontramos una forma abreviada de recoger los valores y las verdades esenciales de una sociedad y condensarlos en relatos codificados, sonidos, imágenes y símbolos que significan algo para todos nosotros.

Desde la regla de oro hasta la icónica «Oda a la alegría» de la Novena Sinfonía de Beethoven, símbolo de libertad y unidad en todo el mundo, y E=MC2, la fórmula revolucionaria que cambió nuestra manera de entender el universo, estas palabras, sonidos y códigos nos ayudan a hablar un lenguaje común y a ponernos de acuerdo sobre valores compartidos. Nos proporcionan una base para la confianza.

Mi comprensión del alcance de la cultura se desarrolló a lo largo de muchos años, desde que en 1962, con siete años, emigré de París a Nueva York. Todo era, literalmente, extranjero. El pan Wonder sustituyó a las baguettes. Había béisbol y perritos calientes. Hasta el cielo era distinto, reducido por la altura de los rascacielos. Fue una experiencia a la vez desconcertante y estimulante, y pasaron décadas, junto con la generosidad de muchas personas, antes de que pudiera sentirme en casa. Recorrí ese camino con la ayuda de la música.

La cultura convierte al «otro» en «nosotros», dice Yo-Yo Ma

La música es el prisma a través del cual encontré el código para acceder a la vida interior de los desconocidos y aprendí a confiar en ellos como vecinos. El bluegrass me llevó al corazón de Estados Unidos; los tangos de Piazzolla, a Argentina; Shostakóvich, a la era estalinista; un músico ciego de Namibia, al mundo de los cazadores-recolectores preagrícolas; y un cantante de canciones largas, al corazón de Mongolia. Las aspiraciones poéticas de dos jóvenes músicos de Ammán, Jordania, me llevaron a Silkroad, un proyecto que cambió mi manera de pensar sobre la tradición, la música y las fronteras. Hoy me siento en casa en el mundo.

Este es el potencial de la cultura. La verdad es que la política, cuya moneda es el poder, y la economía, cuya moneda es el dinero, solo nos llevan hasta cierto punto. También necesitamos la cultura, cuya moneda es la confianza. Y la complejidad de este momento exige que abordemos nuestros desafíos globales con una mirada más integral, en la que la política, la economía y la cultura actúen en armonía.

Es alentador ver cada vez más artistas en espacios como Davos, no solo como entretenimiento, sino como participantes que contribuyen de manera significativa al debate. Pero esto es apenas el comienzo. No basta con delegar la cultura en los artistas y músicos y recibirla como un público pasivo. Debemos involucrar todo el espectro del entendimiento humano, y cada uno de nosotros debe participar continuamente en el fortalecimiento de nuestros recursos culturales: generar confianza y entendimiento mediante la investigación científica básica, tocar música juntos o, sencillamente, contemplar las estrellas. Debemos dar prioridad a la cultura, porque es la única manera de asegurarnos de que las decisiones que tomamos como sociedad global sean realmente buenas para la humanidad.

No es exagerado decir que nuestra supervivencia depende de ello. Mi nieto heredará un mundo lleno de problemas más complejos de lo que podríamos haber imaginado. Y, sin embargo, también contará con los conocimientos científicos, el espíritu emprendedor y los avances tecnológicos para afrontarlos. La pregunta es: ¿cómo logrará su generación no solo encontrar la manera de salir adelante, sino también una razón para tener esperanza? ¿Cómo buscará la felicidad y la realización? Como siempre ha hecho, la cultura nos da propósito y sentido: nos arraiga y nos estabiliza en medio del cambio. También nos enseña a imaginar una vida que trasciende nuestra propia existencia, y permite que cada uno de nosotros forme parte de una historia más amplia. Sobre todo, nos permite vivir con amor en vez de miedo, con comprensión en vez de división y con empatía en vez de indiferencia.

La cultura convierte al «otro» en «nosotros». La comprensión compartida que genera la cultura puede unirnos como un solo mundo en estos tiempos de división y orientarnos hacia decisiones políticas y económicas que beneficien a toda la especie. Y esto nunca había sido tan importante. La tecnología nos ha dado el poder de determinar el futuro de nuestra sociedad y de nuestro planeta. Ahora debemos usar ese poder para hacer el bien: construir una comunidad global unida, conectada y comprometida entre sí, que trabaje por el progreso de toda la humanidad. Elijamos juntos el siguiente paso de nuestra evolución.

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