Por qué los economistas necesitan ampliar sus conocimientos para incluir las humanidades

Barcode labels are seen inside rare books ahead of digitisation at the Municipal Library of Lyon in this January 15, 2010 file picture. Amid the flat, wide fields of central France, a team of re-trained secretaries and IT experts is packaging Europe's literary heritage for the digital era. To match feature FRANCE-BOOKS/ REUTERS/Robert Pratta/Files (FRANCE - Tags: SOCIETY SCI TECH) - RTR297Q4
" Economists must speak to other disciplines – and let them speak back"Image: REUTERS/Robert Pratta
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En una encuesta de 2006, se preguntó a profesores de universidades estadounidenses si era mejor tener conocimientos de numerosos campos de estudio o de uno solo. Entre los profesores de psicología, el 79 % se mostraba entusiasmado con el aprendizaje interdisciplinario, al igual que el 73 % de los sociólogos y el 68 % de los historiadores. ¿Quiénes mostraban menos entusiasmo? Los economistas: solo el 42 % de los encuestados dijo estar de acuerdo con la necesidad de comprender el mundo desde una perspectiva interdisciplinaria. Como observó alguien, sin rodeos: «Los economistas creen literalmente que no tienen nada que aprender de nadie más».

De hecho, los economistas se beneficiarían mucho si ampliaran su enfoque. Al ocuparse de los seres humanos, la economía tiene mucho que aprender de las humanidades. Sus modelos podrían ser más realistas y sus predicciones, más precisas; además, las políticas económicas podrían ser más eficaces y justas.

Ya se trate de cómo fomentar el crecimiento económico en culturas diversas, de las cuestiones morales que surgen cuando las universidades persiguen su propio interés a costa de sus estudiantes, o de asuntos profundamente personales relacionados con la atención sanitaria, el matrimonio y las familias, los conocimientos económicos son necesarios, pero insuficientes. Si solo tenemos en cuenta esos conocimientos, las políticas fracasan y la gente sufre.

Por su pasión por las explicaciones basadas en las matemáticas, a los economistas les cuesta abordar al menos tres ámbitos: tener en cuenta la cultura, recurrir a explicaciones narrativas y tratar cuestiones éticas que no pueden reducirse únicamente a categorías económicas.

Las personas no son organismos que primero se crean y luego se sumergen en una cultura, como Aquiles en el río Estigia. Son seres culturales desde el principio. Pero, como la cultura no puede expresarse en términos matemáticos, los economistas suelen adoptar la idea de una humanidad precultural.

Para entender a las personas como seres culturales, hay que contar historias sobre ellas. La vida humana no transcurre de forma predecible como la órbita de Marte alrededor del Sol. La contingencia, las particularidades y las decisiones imprevisibles desempeñan un papel irreducible. La vida presenta lo que podría llamarse «narratividad», lo que implica la necesidad de explicarla mediante historias. Y la mejor manera de apreciarla se encuentra en las novelas, que pueden considerarse no solo una forma literaria, sino también una manera distinta de comprender el mundo social. Aunque los hechos que describen las novelas sean ficticios, la forma, la secuencia y las consecuencias de esos hechos suelen ser el relato más fiel que tenemos de cómo transcurren las vidas.

Por último, la economía inevitablemente plantea cuestiones éticas que no pueden reducirse a la propia economía ni, por cierto, a ninguna otra ciencia social. Los economistas suelen introducir de tapadillo inquietudes éticas en sus modelos mediante conceptos como el precio de mercado «justo». Pero hay muchas maneras de hacer explícitas estas cuestiones y abrirlas al debate.

No hay mejor fuente de conocimiento ético que las novelas de Tolstói, Dostoievski, George Eliot, Jane Austen, Henry James y los demás grandes realistas. Sus obras condensan la complejidad de cuestiones éticas demasiado importantes como para confiarse sin más a una teoría general: cuestiones que exigen empatía y buen juicio, capacidades que se desarrollan con la experiencia y no pueden formalizarse. Es cierto que algunas teorías éticas pueden recomendar la empatía, pero leer literatura e identificarse con los personajes implica practicar ampliamente el ponerse en el lugar de los demás. Si uno no se ha identificado con Anna Karénina, en realidad no ha leído Anna Karénina.

Cuando lees una gran novela y te identificas con sus personajes, pasas incontables horas con ellos, sintiendo desde dentro lo que significa ser otra persona. Ves el mundo desde la perspectiva de otra clase social, género, religión, cultura, orientación sexual, comprensión moral u otros rasgos que definen y diferencian la experiencia humana. Al vivir vicariamente la vida de un personaje, no solo sientes lo que ella siente, sino que también reflexionas sobre esos sentimientos, consideras el carácter de las acciones a las que conducen y, con la práctica, adquieres la sabiduría necesaria para apreciar a las personas reales en toda su complejidad.

La idea no es abandonar los grandes logros de la economía, sino crear lo que llamamos «humanómica», que permite a cada disciplina conservar sus características propias. En lugar de fusionar la economía y las humanidades, la humanómica establece un diálogo entre ambas.

Una conversación así devolvería la economía a sus ilustres raíces en el pensamiento de Adam Smith, quien, en La teoría de los sentimientos morales, negó explícitamente que el comportamiento humano pudiera describirse adecuadamente en términos de la «elección racional» de las personas para maximizar su utilidad individual. Al fin y al cabo, la gente suele comportarse de forma insensata. Para Smith, aún más importante era que el interés por los demás constituye una «pasión original» que no puede reducirse a preocupaciones egoístas.

Los escritos de Smith sobre economía y ética comparten una profunda conciencia de los límites de la razón. La planificación central está destinada al fracaso, pero también lo están los modelos algebraicos del comportamiento. Hace falta una apreciación sutil de los detalles, una sensibilidad como la que Jane Austen y sus sucesoras plasmaron medio siglo después del tratado moral de Smith. Como gran psicólogo, Smith sabía que necesitamos tanto sensatez como sensibilidad.

Los métodos econométricos y los modelos matemáticos nos enseñan mucho, pero solo hasta cierto punto. Cuando se trata de vidas humanas, caracterizadas por la contingencia y la narratividad, las historias son una forma indispensable de conocimiento. Por eso, el rigor cuantitativo, la orientación a las políticas y la lógica de la economía deben complementarse con la empatía, el juicio y la sabiduría que definen lo mejor de las humanidades. Los economistas deben dialogar con otras disciplinas y dejar que estas les respondan.

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