Desde que somos capaces de mantenernos erguidos y hablar, hemos contado historias. Explicaban los misterios del mundo: el nacimiento, la muerte, las estaciones, el día y la noche. Fueron el origen de la creatividad humana, expresada en palabras, pero también en imágenes, como lo demuestran las pinturas rupestres de Chauvet (Francia) y Maros (Indonesia). En las paredes de estas cuevas, las pinturas, que datan de alrededor de 30-40.000 a. C., nos hablan de mitos o relatos sagrados sobre los espíritus de la tierra, la fauna de las regiones y la relación de la humanidad con ellos.
A medida que la humanidad avanzaba, surgieron otros tipos de historias. Estas no se ocupaban de los misterios del sentido de la vida, sino de asuntos cotidianos y domésticos. Aunque los temas que exploraban eran más corrientes, estos relatos no eran menos extraordinarios por su creatividad y por la inclusión de elementos sobrenaturales.
Estas historias más breves y cotidianas, que combinan el mundo de los seres humanos con criaturas fantásticas y tramas aparentemente imposibles, se clasifican hoy como cuentos de hadas o cuentos populares. Estos relatos, originados en sociedades ágrafas y transmitidos por el pueblo (o la gente común), recogen las esperanzas y los sueños de la humanidad. Transmiten mensajes sobre cómo superar la adversidad, pasar de la pobreza a la riqueza y reconocer los beneficios del valor.
Los cuentos de hadas también son profundamente morales en su distinción entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Su idea de justicia remite a la antigua tradición del ojo por ojo, y sus castigos son implacables y absolutos. Originalmente dirigidos a los adultos (a veces, a los niños), los cuentos de hadas pueden ser brutales, violentos, sexuales y estar cargados de tabúes. Cuando los primeros recopiladores, como los hermanos Grimm, registraron las primeras versiones, mantuvieron el contenido adulto. Pero, con el paso del tiempo y la intervención de la moral cristiana, los relatos se suavizaron, se adaptaron a los niños y se volvieron más inocuos.
A pesar de estos cambios, es evidente que los cuentos de hadas siguen siendo necesarios hoy, incluso para los adultos. De una manera extraña y, a veces, inexplicable, seguimos contándolos, consciente e inconscientemente, a pesar de los avances de la lógica, la ciencia y la tecnología. Es como si hubiera algo arraigado en nosotros —algo que no podemos reprimir— que nos impulsa a interpretar el mundo que nos rodea a través del prisma de esos relatos. Y, si no somos quienes los cuentan, somos sus ávidos consumidores.
«Princesas de cuento de hadas» y «brujas malvadas»
Por ejemplo, el vigésimo aniversario de la muerte de Diana, princesa de Gales, se ha presentado —al igual que su vida— como un cuento de hadas. A lo largo del año, se la ha conmemorado en artículos con títulos como «un cuento de hadas turbulento», «más allá de un cuento de hadas» y «un cuento de hadas más». Aunque estos artículos han intentado deconstruir el relato conocido, no lo han conseguido del todo.
La idea de la princesa de cuento de hadas también ha caracterizado la cobertura de la princesa Mary de Dinamarca y Catalina, duquesa de Cambridge. Incluso después de 13 años de matrimonio, nuestra propia «princesa australiana» es descrita como alguien que vive un cuento de hadas, como muestran las noticias de 2017 con títulos como «El romance real de cuento de hadas de la princesa Mary y el príncipe Frederik». Del mismo modo, Kate, que antes era una plebeya y ahora es princesa, ha aparecido en artículos titulados «La historia de amor de cuento de hadas del príncipe William y la duquesa Kate» y «El vestido de cuento de hadas más regio de Kate (hasta la fecha)». Como muestran algunos de estos títulos, también aparece el inevitable príncipe azul (William), o el príncipe que acaba revelándose no tan encantador (Charles). Otros amplían la fórmula del cuento de hadas para incluir a las madrastras malvadas (la madrastra de Di en la vida real) y las brujas malvadas (Camilla).
¿Es recurrir a los cuentos de hadas simplemente una maniobra mediática para vender historias empaquetadas en una cajita de consumo fácil y cargada de cotilleos? ¿O reflejan estos artículos nuestra profunda compulsión por contar historias y, a su vez, escucharlas? Las respuestas son «sí» y «sí». Pero dejemos de lado el papel de los medios y examinemos este último punto, que es más interesante.

Muchos cuentos de hadas comenzaron a existir hace miles de años, aunque la antigüedad depende de cada relato. La Bella y la Bestiatiene su origen en la historia de Cupido y Psique de la novela griega El asno de oro, del siglo II d. C.
En este relato, la bella Psique recibe por la noche la visita de un amante invisible —solo oye su voz—, a quien la llevan a creer que es un monstruo. Aunque el novelista Apuleyo la dejó por escrito, la historia es casi con toda seguridad mucho más antigua; quizá se originó en el mito y el ritual y se transmitió oralmente.
La investigación del Dr. Jamie Tehraniha descubierto que el origen de Caperucita Rojase remonta al menos a 2.000 años; no se originó en Asia, como se creía antes, sino probablemente en Europa. Otros relatos estudiados por Tehrani se remontan a hace nada menos que 6.000 años.
Los cuentos de hadas son excelentes relatos para reflexionar sobre diversas experiencias humanas: alegría, incredulidad, decepción, miedo, envidia, desastre, codicia, devastación, lujuria y dolor (por nombrar solo algunas). Ofrecen formas de expresión que arrojan luz no solo sobre nuestras propias vidas, sino también sobre las vidas ajenas. Y, al contrario de lo que suele creerse —que los cuentos de hadas siempre acaban felices y comiendo perdices—, no siempre es así; ahí reside gran parte de su poder.
Ayudaron a nuestros antepasados a dar sentido a la imprevisibilidad o aleatoriedad de la vida. Repetían experiencias conocidas de injusticia, desgracia, mala suerte y malos tratos, y a veces mostraban cómo incluso quienes tenían menos poder podían emplear el valor, la determinación y el ingenio para cambiar el curso de los acontecimientos.
Jack y las habichuelas mágicas, por ejemplo, cuenta cómo un encuentro casual con un desconocido (un anciano que ofrece habichuelas mágicas) puede traer un peligro terrible (encontrarse con un gigante), pero también una suerte extraordinaria (conseguir una gallina que pone huevos de oro). El relato también celebra cómo un niño pobre puede sacar el máximo partido de una situación arbitrariamente peligrosa, cuyo desenlace podía ser la muerte o la riqueza, gracias a su valentía y su inteligencia.
Los cuentos de hadas también celebraban la buena fortuna inesperada y los actos de bondad y heroísmo, reforzando —e incluso restaurando— nuestra fe en la humanidad. Como relatos del pueblo, no solo entretenían, sino que reflejaban las tribulaciones y los triunfos de las clases bajas y les permitían fantasear sobre cómo vivía «la otra mitad».
Cenicienta y la crítica social
Pero los relatos de reyes, reinas, príncipes y princesas —de los que hay muchos— no son solo una vía de evasión mental para los pobres. También son un medio de crítica social.
En Cenicienta, tal como la registró Charles Perrault, las dos hermanastras pueden tener todas las posesiones materiales imaginables, pero su crueldad las vuelve grotescas. Y, por supuesto, la humilde Cenicienta triunfa. En la versión alemana, Aschenputtel, registrada por los hermanos Grimm, el destino de las hermanastras es muy distinto. Mientras que en la versión de Perrault la bondadosa Cenicienta las perdona, los Grimm —que claramente partían de otra tradición— cuentan que unas palomas les sacan los ojos.
Esos relatos que fantasean con la vida real y, al mismo tiempo, la desprecian quizá hayan servido como desahogo emocional, similar a la experiencia griega antigua de la catarsis (la liberación de las angustias al contemplar tragedias escandalosas y comedias obscenas).
Por ejemplo, al tomar la fascinación por la vida de Diana como un cuento de hadas, seguimos recurriendo al efecto catártico del género para examinarla y, quienes así lo deseamos, encontrar algún sentido al fenómeno Di. Desde el cortejo romántico hasta la boda del siglo y aquel vestido, pasando por la maternidad, el glamour, la traición, el desamor, el divorcio, la alienación y un nuevo amor truncado por una muerte prematura.
Algunos, por supuesto, han criticadoel sentimentalismo cálido y reconfortante que ha surgido del cuento de hadas de la vida de Di. Si no es de tu agrado, hay relatos más contundentes, con poderosos mensajes de resistencia y resiliencia. En relatos como Hansel y Gretel y Piel de asno, los jóvenes protagonistas sufren la persecución y los abusos de depredadores.
Desde una perspectiva políticamente correcta o feminista, hay mucho que reprochar en estos relatos. Son violentos y subversivos: Gretel empuja a una bruja dentro de un horno y, en la versión de Perrault de Piel de asno, un rey quiere casarse con su hija tras la muerte de su esposa. Pero son más que relatos de abusos. También hablan del valor y el ingenio de los jóvenes que sobreviven.
Piel de asno, cuyas variantes se conservan en inglés (Catskin) y en alemán (All-Kinds-Of-Fur), ensalza la valentía y la bondad innata de la joven heroína, que se viste con la piel de un asno y abandona el palacio para escapar de los deseos de su padre. Su vida posterior como sirvienta, sucia, humillada, despreciada y rebautizada «Piel de asno» por sus compañeras, nunca logra quebrantar su espíritu.
En el marco de la fantasía y la conveniente aparición de ayudantes sobrenaturales o de un final romántico, ambos presentes en Piel de asno, estos relatos nos recuerdan con fuerza que el mal existe en el mundo bajo la forma de seres humanos, pero no es definitivo ni invencible.
Reinterpretaciones contemporáneas
Con la publicación en 1812 de los Cuentos de la infancia y del hogar de los Grimm, los artistas e ilustradores fueron los primeros en interpretar los cuentos de hadas. Las respuestas visuales abarcan desde obras célebres de Gustave Doré, Arthur Rackham y Edmund Dulac hasta las de Maurice Sendak y Jan Pieńkowski.
Entre las respuestas más contestatarias figuran las fotografías de Dina Goldstein, cuya serie Fallen Princesses (Princesas caídas, 2007-2009) es una perspicaz respuesta al fenómeno de las princesas de Disney y a las imágenes inalcanzables y debilitantes de feminidad y romance de las versiones censuradas de los relatos originales. Aquí, Goldstein critica la superficialidad del estereotipo de la princesa y nos recuerda que resulta tan simplista para los niños como el sueño del cuento de hadas de Diana para los adultos.
Antes que Goldstein, la fotógrafa Sarah Moon también cuestionó la dilución de los cuentos de hadas en Occidente moderno con su interpretación provocadora (a veces prohibida) de Caperucita Roja. En esta poderosa versión, Moon devuelve al lector infantil los significados originales y descarnados que encierra el relato, explorando el tema del depredador humano bajo la apariencia simbólica del lobo.
La decisión de Moon de volver al terror y al dramatismo de la versión de los Grimm da testimonio de la necesidad de cuestionar la dilución y contaminación de los relatos. Incluso los Grimm fueron culpables de añadir y quitar elementos, sobre todo al insertar una moral cristiana explícita. En igual o mayor medida, la disneyficaciónde los cuentos de hadas los ha despojado del poder y el dolor a los que vuelve Moon.
Escritores y poetas también han respondido a los relatos y, como Moon, han intentado a menudo devolverles su antiguo carácter imponente. Las autoras, en particular, han creado nuevas versiones poderosas, a veces desgarradoras, pero siempre reales y veraces.
Entre los miles de relatos antiguos con nuevos ropajes figura la literatura de las feministas de la segunda ola, incluida la serie titulada Transformaciones (1971), de la poeta rebelde Anne Sexton, quien toma el carácter doméstico de los relatos originales y se burla de ellos, los ridiculiza, los aprecia y, literalmente, los transforma. La obra de Angela Carter La cámara sangrienta (1979), una magnífica colección de nuevas versiones de cuentos de hadas célebres, está repleta de empoderamiento femenino, sensualidad y violencia, en una obra maestra que restituye la fuerza de los relatos y los reinventa.
La novelista, poeta y ensayista Margaret Atwood también transforma los originales. Su respuesta a La niña sin manos, que cuenta la historia de una joven que acepta sacrificar sus manos para salvar a su padre del diablo, es un poema del mismo nombre y una profunda reflexión sobre la continuidad tanto del abuso como de la supervivencia.
Los cuentos de hadas preservados por primera vez por recopiladores como los hermanos Grimm —vueltos a contar, deformados, editados, anotados, prohibidos y reivindicados— pertenecen, en última instancia, al pueblo que los contó primero. Y el pueblo sigue contándolos y volviéndolos a contar. Más cerca de casa que la Selva Negra, una nueva exposición en el Museo de Arte Ian Potter incluye obras de artistas internacionales y australianos, entre ellos Tracy Moffatt y Sally Smart. Una vez más, la exposición recurre a los cuentos de hadas para expresar inquietudes y preocupaciones sociales en torno a cuestiones como el abuso de poder, la injusticia y la explotación.
En efecto, los cuentos de hadas son buenos para reflexionar, y sus nuevas versiones arrojan luz sobre movimientos culturales, sociales y artísticos. Tanto niños como adultos deberían leer más cuentos de hadas, tanto las versiones originales como las transformadas, pues son uno de nuestros referentes culturales.
