Las instituciones, tanto del sector privado como del público, siempre pueden obtener beneficios para su imagen pública al hacer el bien, al tiempo que cumplen sus objetivos. A medida que los recursos escasean, una de las principales formas de mejorar el desempeño social es conservar los recursos, algo que aún se aprovecha poco.
Aunque el modelo tradicional de la economía lineal ha funcionado desde siempre y nunca se reemplazará por completo, es esencialmente derrochador. En comparación, la economía circular, que consiste en reintroducir recursos y bienes de capital en el sistema para reutilizarlos en lugar de desecharlos, reduce los costos de producción, fomenta el reciclaje, disminuye los residuos y mejora el desempeño social. Cuando se combinan los modelos de economía circular (EC) con el Internet de las cosas (IdC), es decir, con dispositivos conectados a internet que recopilan datos y los transmiten a ordenadores centrales, la eficiencia se dispara. Debido al agotamiento de los recursos finitos, el futuro de la economía será cada vez más circular. La presencia ya generalizada del IdC, su rentabilidad y la respuesta positiva del público acelerarán sin duda la transición económica hacia la EC.
A diferencia de la economía lineal, basada en el modelo «extraer, producir, desechar», la economía circular es una economía industrial que aumenta la productividad de los recursos con el objetivo de reducir los residuos y la contaminación. Los principales factores que generan valor en la EC son: (1) prolongar los ciclos de uso de un activo; (2) aumentar su utilización; (3) hacer circular los activos o utilizarlos en cascada en ciclos de uso adicionales; y (4) regenerar nutrientes para la biosfera.
El Internet de las cosas es la interconexión de dispositivos físicos mediante componentes electrónicos y sensores que se utilizan para recopilar e intercambiar datos. Los principales factores que generan valor en el IdC son la capacidad de determinar (1) la ubicación, (2) el estado y (3) la disponibilidad de los activos que supervisan. Se prevé que para 2020 habrá al menos 20 millones de dispositivos conectados al IdC en todo el mundo.
La convergencia de los factores que generan valor en la EC y el IdC potencia considerablemente la EC. Si los objetivos de una institución son la rentabilidad y la conservación, el IdC permite alcanzarlos mediante datos, macrodatos y análisis. La supervisión automática y remota de la eficiencia de un recurso durante su recolección, producción y al final de su ciclo de uso puede mejorar la eficiencia en todas las partes de la cadena de valor.
Al examinar la cadena de valor en su conjunto, los mayores beneficios del IdC se obtienen al final. Una forma de lograrlo es mediante la logística inversa. Cuando llega el momento de que un usuario se deshaga de un activo, el IdC puede facilitar su recuperación para reciclarlo y aprovechar sus componentes. Gracias a una logística inversa eficiente, los bienes tienen una segunda vida, se extraen menos nutrientes biológicos del medioambiente y se posibilita la circulación o el uso en cascada de los activos.

Una forma de transformar la cadena de valor tradicional es el modelo de arrendamiento habilitado por el IdC. En vez de vender un electrodoméstico o un vehículo costoso, los fabricantes pueden producirlos voluntariamente con la intención de arrendarlos a sus clientes. Al incorporar el IdC a estos activos, los fabricantes pueden supervisar su estado y repararlos de forma dinámica en el momento preciso. En teoría, la calidad de los activos mejorará, ya que a los productores les conviene más hacerlos duraderos que desechables y reemplazables.
Ya hoy, muchos sectores se benefician del IdC para conservar recursos. En el sector energético, Barcelona ha reducido en un 33% el consumo de energía de su red eléctrica, mientras que GE ha empezado a utilizar contadores eléctricos «inteligentes» que reducen entre un 10% y un 20% las facturas de electricidad de sus clientes. GE también ha automatizado sus turbinas eólicas y paneles solares para que se ajusten automáticamente al viento y al ángulo del sol.
En el entorno construido, ciudades como Hong Kong han implementado la supervisión mediante el IdC para el mantenimiento preventivo de las infraestructuras de transporte, mientras que Río de Janeiro supervisa los patrones de tráfico y la delincuencia desde su centro de operaciones. Ciudad de México ha instalado ventiladores en sus edificios que absorben el esmog local. En el sector de la gestión de residuos, San Francisco y Londres han instalado contenedores automatizados alimentados con energía solar que avisan a las autoridades locales cuando están llenos. Así se crean rutas óptimas para la recogida de basura y se reducen los costos operativos en un 70%.
Pese a las numerosas ventajas de esta innovación, actualmente existen muchas limitaciones. Debido a la dificultad de legislar sobre nuevas tecnologías, la regulación gubernamental va a la zaga de la innovación. Por ejemplo, como Brasil, China y Rusia carecen de normas legales que distingan los productos remanufacturados de los usados, se bloquean las cadenas de suministro inversas transfronterizas. Estas cadenas también se ven perjudicadas por la actual falta de demanda de los consumidores, causada por el bajo valor residual de los productos devueltos. La propia tecnología del IdC, que recopila tantos datos sobre la vida privada de las personas, genera importantes preocupaciones en materia de privacidad.
Surgen preguntas como estas: ¿quién es propietario de los datos recopilados? ¿Qué fiabilidad tienen los sistemas que dependen del IdC? ¿Qué vulnerabilidad tienen estos activos frente a los piratas informáticos? Pese a la prevalencia actual del IdC y a que el 73% de las empresas invierte en análisis de macrodatos, la mayoría de esos datos se utiliza únicamente para detectar y controlar anomalías, y el IdC sigue estando muy infrautilizado. Por ejemplo, una plataforma petrolífera puede tener 30.000 sensores, pero solo se examina el 1%. La infrautilización del IdC costó a las empresas una cifra estimada de 544.000 millones tan solo en 2013.
A pesar de estas barreras actuales, las perspectivas para la futura implementación de una EC potenciada por el IdC son prometedoras, gracias a los beneficios potenciales y a la mejora del desempeño social.
A medida que la regulación gubernamental se ponga al día y mejore la tecnología, el reciclaje y la conservación serán más rentables, y las cadenas de suministro inversas podrán proliferar. Cuando las leyes definan por fin con claridad quién es propietario de los datos recopilados, la interoperabilidad de los datos del IdC podrá consolidarse y aumentar su eficiencia. A medida que la EC se extienda a distintos sectores de la economía, los agricultores podrán supervisar sus cultivos a distancia y utilizar tractores guiados por GPS para arar y cosechar con precisión; los gobiernos podrán evitar el agotamiento de las poblaciones de peces mediante el seguimiento de los barcos pesqueros con el IdC; las empresas energéticas podrán compartir sus responsabilidades de producción de energía instalando paneles solares con conectividad en los tejados de las ciudades; en el sector de las infraestructuras, los vehículos inteligentes autónomos guiados por GPS podrán reducir la congestión al tomar rutas óptimas; y en la atención sanitaria se podrá generar un valor de 1,1 billones de dólares al año mediante la supervisión remota de pacientes con enfermedades crónicas, entre otras posibilidades.
Se estima que las instituciones que adopten modelos de EC podrían reducir sus costos un 20%, además de disminuir los residuos. El aumento de la eficiencia, junto con la buena voluntad generada por la conservación, representa una propuesta beneficiosa para todos en materia de innovación; incluso teniendo en cuenta los costos de implementación, la rentabilidad monetaria futura hará que la decisión sea obvia.
