Este extracto procede del libro de Brad Smith y Carol Ann Browne «Tools and Weapons: The Promise and the Peril of the Digital Age». El libro fue elegido como la selección del Club de Lectura del Foro Económico Mundial de octubre.
Cada mes se selecciona un nuevo libro, que el grupo analiza y debate; el autor se une al debate el último día del mes para responder a algunas preguntas de nuestros participantes.
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De Capítulo 16 Conclusión:
Gestionar una tecnología que es más grande que nosotros
Es una época de enormes promesas, pero también de nuevos desafíos. Las tecnologías digitales se han convertido literalmente en herramientas y armas al mismo tiempo. Nos remiten a las palabras que Albert Einstein pronunció en 1932, en las que recordaba a las personas los beneficios que había traído la era de las máquinas, pero instaba a la humanidad a garantizar que su capacidad organizativa avanzara al mismo ritmo que sus progresos técnicos.5 Mientras seguimos trabajando para llevar más tecnología a la humanidad, también necesitamos llevar más humanidad a la tecnología.
La tecnología actual tiene un impacto económico enormemente desigual: genera grandes avances y riqueza para algunos, mientras deja atrás a otros, al desplazar empleos y no llegar a comunidades que carecen de conectividad de banda ancha. Está cambiando el rostro de la guerra y la paz, creando un nuevo teatro de operaciones bélicas en el ciberespacio y nuevas amenazas para la democracia a través de ataques patrocinados por Estados y de la desinformación. Además, está aumentando la polarización de las comunidades nacionales, erosionando la privacidad y creando una capacidad emergente para que los regímenes autoritarios ejerzan una vigilancia sin precedentes sobre sus ciudadanos. A medida que la IA siga avanzando, todos estos acontecimientos se acelerarán todavía más.
No es realista esperar que el ritmo del cambio tecnológico se ralentice. Pero no es pedir demasiado que hagamos más para gestionar este cambio. A diferencia de las etapas e inventos tecnológicos anteriores, como el ferrocarril, el teléfono, el automóvil y la televisión, la tecnología digital ha progresado durante varias décadas con una regulación, o incluso una autorregulación, sorprendentemente escasas. Es hora de reconocer que esta actitud de no intervención debe dar paso a un enfoque más activista que aborde de forma más firme los desafíos cambiantes.
Un enfoque más activo no significa que todo deba dejarse en manos de los gobiernos y de la regulación. Eso sería tan miope e ineficaz como pedir a los gobiernos que no hagan absolutamente nada. Al contrario, esto debe comenzar con las empresas individuales y con un trabajo más colaborativo en todo el sector tecnológico.
Cuando Microsoft estaba en el punto de mira hace dos décadas, reconocimos que necesitábamos cambiar. De nuestras batallas extraje tres lecciones de las que seguimos aprendiendo y que seguimos aplicando.
En primer lugar, necesitábamos aceptar las mayores expectativas que tenían de nosotros quienes forman parte del gobierno, de la industria, nuestros clientes y la sociedad en general. Debíamos asumir más responsabilidad, estuviera o no exigida por la ley.
En segundo lugar, necesitábamos salir a escuchar lo que otras personas tenían que decir y hacer más para ayudar a resolver los problemas tecnológicos que debían solucionarse.
Debíamos comprender mejor las percepciones y preocupaciones que otras personas tenían sobre nosotros. Necesitábamos hacer un mejor trabajo resolviendo los pequeños problemas antes de que se descontrolaran.
Y, por último, necesitábamos desarrollar un enfoque más basado en principios en nuestro trabajo. Debíamos mantener una cultura emprendedora, integrándola al mismo tiempo con principios de los que pudiéramos hablar tanto interna como externamente.
Aunque las empresas individuales y el sector tecnológico tienen una enorme oportunidad de hacer más de forma colectiva, es imposible concluir que esto pueda eximir a los gobiernos de su responsabilidad de hacer también más. El sector tecnológico está formado por personas buenas y reflexivas, pero en los tres siglos transcurridos desde el inicio de la revolución industrial no ha surgido ningún gran sector que se haya regulado con éxito y por completo a sí mismo.
¿Cómo pueden los gobiernos regular una tecnología que es más grande que ellos mismos? Quizá este sea el mayor enigma que afronta el futuro regulatorio de la tecnología. Pero una vez que se plantea la pregunta, una parte de la respuesta resulta clara: los gobiernos tendrán que trabajar juntos.
Existen muchos obstáculos que habrá que superar. Vivimos una época en la que los vientos geopolíticos turbulentos llevan a muchos gobiernos a replegarse hacia dentro. Resulta difícil esperar grandes avances para acercar a las naciones cuando los titulares dominantes del día hablan de países que abandonan bloques comerciales o se retiran de tratados de larga data. Además, es una época en la que a muchos gobiernos les cuesta incluso tomar decisiones que solo les afectan a ellos mismos.
Pero, pese a estas presiones, el curso inexorable de la tecnología está obligando a una colaboración internacional mayor. Cuestiones como la reforma de la vigilancia, la protección de la privacidad y las salvaguardas de ciberseguridad han exigido que los gobiernos se relacionen entre sí de nuevas formas. Esta es una de las razones por las que muchas de nuestras iniciativas en Microsoft se han centrado en apoyar los elementos básicos necesarios para el progreso internacional. Desde comienzos de 2016, estas incluyen la respuesta coordinada a WannaCry, el Acuerdo Tecnológico de Ciberseguridad del sector, el Llamamiento de París de carácter multilateral, el Escudo de la Privacidad UE-EE. UU., la autorización de acuerdos internacionales de la Ley CLOUD y una visión a largo plazo de una Convención Digital de Ginebra. Estos mismos años han visto cómo una protección más sólida de la privacidad cruza el Atlántico y cómo surge una nueva conversación global sobre la IA y la ética. Si este tipo de progreso es posible en una época de nacionalismo creciente, hay esperanza de avanzar aún más cuando el péndulo internacional vuelva hacia el centro.
Para empezar, deberemos seguir construyendo coaliciones de los dispuestos. Seis gobiernos y dos empresas se unieron públicamente para abordar WannaCry. Un grupo de treinta y cuatro empresas puso en marcha el acuerdo tecnológico, y un grupo inicial de cincuenta y un gobiernos formó parte del respaldo multilateral al Llamamiento de París. En cada caso hubo omisiones importantes e incluso críticas. Pero el progreso no llegó por detenerse en quién faltaba, sino en quién podía ser persuadido de unirse. Esto, a su vez, generó un impulso continuado y una expansión adicional más adelante.
También debemos reconocer que algunos temas pueden llevar a un consenso mundial y otros no. Muchas de las cuestiones tecnológicas actuales implican debates sobre privacidad, libertad de expresión y derechos humanos que carecen de apoyo mundial. Es muy probable que una coalición de los dispuestos requiera que los países democráticos del mundo se unan. No es un grupo pequeño. Hoy existen unas setenta y cinco naciones democráticas con una población total que se aproxima a los cuatro mil millones.14 Esto significa que más personas viven en sociedades democráticas que en cualquier otro momento de la historia. Pero, recientemente, las democracias del mundo se han vuelto menos sólidas. Quizá más que cualquier otro grupo de sociedades, su bienestar a largo plazo requiere una nueva colaboración para gestionar la tecnología y su impacto.
Esto hace aún más importante mantener el impulso hasta el día en que el gobierno de los Estados Unidos retome su papel diplomático de larga data, apoyando y liderando este tipo de iniciativas internacionales. No cabe duda de que las democracias del mundo son más débiles cuando Estados Unidos se mantiene al margen del resto.
El progreso continuado también exige que los gobiernos reconozcan que, además de regular la tecnología, deben regularse a sí mismos.
Cuestiones como la ciberseguridad y la desinformación darán forma al futuro de la guerra y a la protección de nuestros procesos democráticos. Del mismo modo que ningún sector en la historia se ha involucrado por completo en una autorregulación exitosa por sí solo, no hay precedentes de que una nación se proteja confiando únicamente en el sector privado o incluso regulándolo. Los gobiernos tendrán que actuar conjuntamente, y parte de esto requerirá nuevas normas y reglas internacionales que limiten la conducta nacional y exijan responsabilidades a los países cuando infrinjan dichas reglas.
Esto dará lugar inevitablemente a nuevos debates sobre las virtudes de las normas internacionales. Ya se pueden oír las preocupaciones que se expresarán sobre la probabilidad de que algunos países cumplan estas reglas mientras que otros no lo hagan. El mundo cuenta con prohibiciones y limitaciones de control de armamento desde finales del siglo XIX, y durante más de un siglo, las controversias han girado siempre en torno a los mismos puntos. La dura realidad es que algunos países incumplirán estos acuerdos. Pero es más fácil para el resto del mundo responder con eficacia cuando existe una norma o regla internacional.
Los nuevos desafíos de las tecnologías digitales también exigen una colaboración más activa que trascienda las fronteras institucionales tradicionales. Puede verse, por ejemplo, en proyectos exitosos que ayudan a gestionar el amplio impacto social de la tecnología al reunir a gobiernos, organizaciones sin ánimo de lucro y empresas para abordar el empleo y la necesidad de que las personas desarrollen nuevas competencias, como se describe en los capítulos diez y trece. Este tipo de combinación también puede ayudar a afrontar otros retos comunitarios, como la vivienda asequible, tal como reflejan las iniciativas recientes en el área de Seattle.
Pero la oportunidad y la necesidad de nuevas formas de esta colaboración no se limitan a estas cuestiones sociales. Más que nunca, la protección de los derechos humanos fundamentales depende de medidas que los gobiernos, las ONG y las empresas deben adoptar conjuntamente. Esto será cada vez más evidente a medida que más datos se trasladen a la nube y más gobiernos presionen para que los centros de datos se construyan dentro de sus fronteras. Los desafíos del siglo XXI requieren iniciativas que sean a la vez multilaterales y multisectoriales en su alcance.
Una clave de la colaboración multisectorial es reconocer los respectivos papeles que debe desempeñar cada grupo. Los funcionarios públicos desempeñan un papel de liderazgo único, especialmente en las sociedades democráticas, como personas elegidas por la ciudadanía para tomar decisiones de interés social. Solo ellos tienen la autoridad y la responsabilidad de trazar el rumbo de la educación pública y de elaborar y aplicar las leyes bajo las que vivimos todos. Las empresas y las organizaciones sin ánimo de lucro pueden aportar un espíritu cívico y complementar y asociarse con los gobiernos, aportando recursos, conocimientos especializados o datos adicionales que el sector público a menudo necesita. Y las empresas y las organizaciones no gubernamentales pueden probar nuevas ideas experimentando y después avanzar con mayor rapidez, especialmente a través de las fronteras. Todos debemos apreciar y respetar los papeles de los demás.
Muchos temas también exigirán compromisos. Para los líderes empresariales de éxito que han contribuido a construir algunas de las empresas más valiosas del mundo, esto no siempre resulta fácil de contemplar. Por lo general, triunfaron frente a probabilidades muy adversas haciendo las cosas a su manera; la regulación limitará su libertad en el futuro.
Esto quizá explica por qué algunos líderes tecnológicos argumentan en público y afirman aún más en privado que el mayor riesgo para la innovación es que los gobiernos reaccionen de forma exagerada y sobrerregulen la tecnología. Es un riesgo evidente, pero actualmente seguimos lejos de caer en ese precipicio. Políticos y funcionarios han empezado a pedir regulación, pero hasta ahora se ha hablado mucho más que actuado. En lugar de preocuparse en exceso por los peligros de la sobrerregulación, al sector tecnológico le convendría más pensar qué forma debería adoptar una regulación inteligente.
Hay una última consideración, y es la más importante. Estos temas son más grandes que cualquier persona, empresa, sector o incluso que la propia tecnología. Implican valores fundamentales de libertades democráticas y derechos humanos. El sector tecnológico nació y creció porque se benefició de estas libertades. Le debemos al futuro ayudar a garantizar que estos valores sobrevivan e incluso prosperen mucho después de que nosotros y nuestros productos hayamos desaparecido de la escena.
Este contexto aporta claridad. El mayor riesgo no es que el mundo haga demasiado para resolver estos problemas. Es que haga muy poco. Y no es que los gobiernos vayan a avanzar demasiado rápido. Es que serán demasiado lentos.
La innovación tecnológica no va a frenarse. El trabajo para gestionarla debe acelerarse.
De Herramientas y armas: La promesa y el peligro de la era digital de Brad Smith y Carol Ann Browne, publicado por Penguin Press, sello de Penguin Publishing Group, división de Penguin Random House LLC. Copyright © 2019 by Brad Smith y Carol Ann Browne.

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