En 1985, la canción más vendida en el Reino Unido fue The Power of Love, de Jennifer Rush. Treinta años después, fue Uptown Funk, de Mark Ronson, con Bruno Mars. De una balada de rock suave y poderosa a un tema de baile, eran dos éxitos de las listas muy distintos.
Es evidente que resulta difícil tomar una muestra de dos canciones y extraer conclusiones sensatas sobre los cambios en la música popular. Pero ¿qué tal una muestra de 500.000 canciones? Eso es exactamente lo que han hecho científicos de la Universidad de California en Irvinehan hecho, para seguir las tendencias en el éxito de distintos tipos de canciones entre 1985 y 2015.
Los investigadores aprovecharon la creciente disponibilidad de grandes conjuntos de datos; en este caso, las enciclopedias musicales en línea colaborativasMusicbrainz y Acousticbrainz. Analizaron medio millón de canciones publicadas en el Reino Unido durante ese periodo de 30 años y correlacionaron su éxito en las listas con sus características acústicas.
Estas se desglosan en variables como el timbre, la tonalidad, la capacidad de baile, el estado de ánimo y los grupos de géneros. Los resultados apuntan a una tendencia general: hay menos canciones alegres y más canciones tristes, mientras que, al mismo tiempo, ha aumentado el número de canciones bailables. Sin embargo, aunque este tipo de estudio de «macrodatos» puede revelar nuevos aspectos de la música que escucha la gente, también es importante tener en cuenta el panorama más amplio de cómo la escucha.
La idea de que las canciones pop son cada vez más tristes da pie a lecturas interesantes y titulares llamativos. Pero clasificar las canciones como «alegres» o «tristes» también depende mucho del contexto social y de la interacción. Pensemos en Bohemian Rhapsody, de Queen, que encabezó las listas dos veces, con 16 años de diferencia. Es una producción compleja y de múltiples capas, que no es precisamente bailable y está cantada desde la perspectiva de un asesino nihilista para quien «nada importa realmente». Y, sin embargo, es fuente de mucha alegría yparticipación colectiva.
También conviene tener en cuenta que la forma en que consumimos música y la manera de medir ese consumo han cambiado mucho en 30 años. Las listas tienen ahora mucha menos importancia, pues la cantidad de música disponible para el oyente medio es varios órdenes de magnitud mayor que en 1985. Por aquel entonces, el público dependía de un número relativamente reducido de emisoras de radio para descubrir música nueva. Las listas se elaboraban a partir de un número limitado de sencillos disponibles y ocupaban un lugar mucho más destacado en la escucha cotidiana de la gente.
Hoy, los oyentes llevan en el bolsillo toda la historia de la música grabada y tienen más control sobre cómo crear y ordenar listas de reproducción según sus gustos. La tecnología que usamos para escuchar música incluso hacambiado nuestra relación con ella, ampliando al mismo tiempo las posibilidades de elección musical y haciendo que la experiencia de escucha sea mucho más íntima.
Aunque las propias listas se han adaptado con el paso de las décadas, incorporando las descargas en 2004 y el streaming en 2014, ya no representan el mismo grado de predominio cultural que antes. Como señalan los psicólogosRaymond MacDonald, David Hargreaves y Dorothy Miell, se ha producido una «democratización de los estilos musicales, en el sentido de que la anterior asociación de ciertos estilos con la “seriedad” y de otros con la “popularidad” ya no existe ni mucho menos en la misma medida».
Aunque las listas registran el éxito general, también interactúan con subculturas musicales que a menudo se definen en oposición a la corriente dominante y se nutren de ellas. Al principio crecen porque son distintas de lo que aparece en las listas, pero con el tiempo pueden alcanzar el éxito apoyándose en esa condición, lo que genera tensiones con sus seguidores originales.
Por ejemplo, cuando los periódicos sensacionalistas empezaron a usar con regularidad términos como «acid house» y a incluir camisetas con caras sonrientes en sus selecciones de moda, muchos de los primerosseguidores del rave siguieron adelantepara mantener su sensación de distancia y oposición a la corriente dominante. Es un patrón conocido en las subculturas musicales —desde los mods hasta los hippies y los punks—, a medida que sus rasgos distintivos se incorporan al entorno cultural más amplio.
La música popular, por tanto, es un territorio disputado. Los patrones de gusto cambian constantemente, y el éxito en las listas es solo una de las dimensiones del impacto de la música.
Los límites de los macrodatos
Los algoritmos de recomendación de las grandes empresas tecnológicas son cada vez másparte del proceso de elección musical y cultural, y los enormes conjuntos de datos asociados a ellos son un recurso muy valioso para los investigadores. Pero lo «popular» de la música popular es más que una medida cuantitativa del consumo, y no podemos reducirlo a componentes estéticos y estilísticos. También debemos tener en cuenta sus funciones sociales. Esto significa que investigadores de distintas disciplinas, tanto de las artes como de las ciencias, entablen un diálogo para analizar e interpretar los datos.
La música codificada como datos digitales ya se está incorporando a un entramado más amplio de toma de decisiones económicas y políticas; por ejemplo, elBanco de Inglaterra la utiliza para tomar el pulso a la economía. Por eso, es más importante que nunca que el aspecto social del uso de la música no quede sepultado bajo las cifras.
