Este fragmento pertenece al libro de Raj Kumar, «El negocio de cambiar el mundo». El libro fue elegido como lectura mensual del Club de Lectura del Foro Económico Mundial en junio. Cada mes se selecciona un nuevo libro, que el grupo analiza y debate, y el autor se une el último día del mes para responder a algunas preguntas de nuestros participantes.
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En la Escuela Kennedy de Harvard, en 2000, el año en que pusimos en marcha Devex allí, el ambiente era embriagador. Internet había llegado y estaba dando la vuelta al mundo. Ese año dos profesores de la Escuela de Negocios de Harvard, Michael E. Porter y Jan W. Rivkin, publicaron un artículo titulado “Transformación de la industria”, en el que sostenían que internet estaba transformando de forma revolucionaria los negocios de muchos sectores. De hecho, cinco de las diez empresas más valiosas del mundo actual surgieron durante la revolución de internet.
Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, en África Occidental, una niña de diez años llamada Jaha Dukureh se enfrentaba al hecho de que ya había sido prometida a un hombre mucho mayor en Nueva York. Con una semana de vida había sufrido una brutalidad ceremonial común en su país, Gambia: le cortaron los labios menores y el clítoris en lo que hoy se conoce como mutilación genital femenina, o MGF. Doscientos millones de mujeres y niñas en el mundo actual han sufrido este horror, que, entre otras cosas, aumenta el riesgo de muerte durante el parto. Pronto ella iba a unirse a los cuatrocientos millones de mujeres de entre veinte y cuarenta y nueve años vivas hoy que fueron obligadas a casarse siendo todavía niñas, lo que significaba, entre otras cosas, que no recibiría educación.
Esta era de internet que vimos germinar en 2000 terminó propiciando la decodificación del genoma humano, el desarrollo de la inteligencia artificial con la que podemos hablar en nuestros hogares, y una prosperidad tal que bastante más de dos mil personas en todo el mundo son multimillonarias en dólares estadounidenses. Y, sin embargo, hoy el 10 por ciento de todas las personas en la Tierra siguen viviendo en situación de pobreza «absoluta» o «extrema». Esos adjetivos son arbitrarios pero importantes. Intentan describir a personas tan desposeídas que su supervivencia cotidiana está en duda. Algunos economistas se refieren a las personas en estas circunstancias como los «ultrapobres».
En el país de la infancia de Dukureh, Gambia, la mitad de la población vive en pobreza extrema. En el mío, la India, es una cuarta parte de la población. Allí donde hay pobreza extrema, no se trata simplemente de no tener ingresos suficientes. Los economistas podrían medir la pobreza en dólares y centavos, pero en realidad es la suma de muchas privaciones interconectadas, demasiado terribles como para ponerles precio. No tener suficiente para comer es una, claro, pero otro aspecto de la pobreza es la niña que no puede decidir cuándo ni con quién se casa, cuántos hijos tendrá o si recibirá educación. Estas injusticias no solo empobrecen a las personas, sino que también las mantienen en la pobreza.
Desde hace más de medio siglo crece una industria entera dedicada a poner fin a ese tipo de pobreza. Los nombres son famosos: UNICEF, Banco Mundial, Save the Children, Bono, Bill y Melinda Gates, Malala. En conjunto, la industria es enorme: cada año se destinan más de 200.000 millones de dólares a la ayuda para las personas y los países más pobres.
Al principio, la próspera industria de la ayuda se había adaptado más lentamente que otras industrias. Probablemente esto se debe a que no existían los desencadenantes de transformación que Porter y Rivkin identificaron: las nuevas tecnologías disruptivas, «un cambio en lo que los clientes necesitan o desean», y las nuevas regulaciones. Hoy, sí existen. La nueva industria de la ayuda tiene el tipo de ambiciones que solemos asociar con los disruptores de Silicon Valley, como Uber, Facebook y Tesla. Una confluencia de tendencias tecnológicas relacionadas —mayor conectividad a internet, identificación biométrica y banca móvil— hace posible llegar directamente a los más pobres del mundo y obtener resultados en tiempo real sobre lo que funciona y lo que no. Los receptores de ayuda adoptan las expectativas de los clientes, mientras que los donantes esperan resultados, y no solo información tranquilizadora sobre cuánto dinero se gastó en una escuela o cuánta medicina se distribuyó.
Estamos al borde de una nueva industria mundial de la ayuda, que está experimentando una transformación masiva en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, se pasa del predominio de unas pocas grandes agencias de ayuda exterior y filantropías consolidadas a una era de competencia más abierta. Hay nuevos actores, entre ellos filántropos multimillonarios muy dinámicos; empresas con ánimo de lucro e inversores que buscan ganar dinero y hacer el bien; empresas sociales «puras», empresas de «compre uno, done uno»; plataformas de financiación colectiva en línea y numerosas iniciativas emergentes pequeñas en todo el mundo. También hay nuevas alianzas, algunas con grandes corporaciones, fondos de pensiones e inversores particulares. La industria de la ayuda —antes un club cerrado de profesionales expatriados— se está convirtiendo rápidamente en una industria global en la que las startups y los emprendedores sociales desafían el poder y la influencia de las agencias de ayuda exterior de Washington, Londres y Bruselas.
En segundo lugar, se pasa de un modelo mayorista a un modelo minorista de la ayuda. La mentalidad mayorista concebía los proyectos de ayuda como la principal «unidad de actividad». Estos proyectos, a menudo de gran escala y plurianuales, están diseñados para llegar a poblaciones enteras durante un periodo determinado y dentro de un presupuesto concreto. Se estructuran en torno a identificar un problema que enfrenta una población, diseñar una solución e implementarla mediante una cascada de contratistas, subcontratistas, beneficiarios de subvenciones y consultores independientes, quizá con una revisión a mitad y al final del proyecto para supervisar su eficacia real. La tecnología y la conectividad actuales hacen posible algo muy distinto. Ahora la unidad principal de actividad no es el proyecto, sino la persona necesitada. La industria de la ayuda se orienta cada vez más a destinar fondos y adaptar programas a personas y comunidades concretas. Estos programas se organizan como lo haría un negocio minorista. Están diseñados para reaccionar e iterar a partir de los comentarios de los clientes. Esto forma parte de un cambio importante hacia considerar a los receptores de ayuda como «clientes» de la ayuda, en lugar de «beneficiarios» anónimos y sin voz.
En tercer lugar, este creciente interés por determinar y recompensar lo que funciona está desatando nuevos enfoques creativos para resolver los mayores problemas del mundo, incluidas injusticias arraigadas como el matrimonio infantil, tan vinculadas a la pobreza extrema. Estos enfoques van mucho más allá del análisis económico que suele asociarse a los proyectos de ayuda e incluyen la ciencia del comportamiento, el diseño centrado en las personas y el pensamiento sistémico. Lograr resultados para las personas más pobres del mundo exige ahora una nueva forma de entender la pobreza, el hambre, las enfermedades, la falta de educación y otros males sociales, y de saber qué hacer al respecto.
Hay otro cambio en curso, más difícil de precisar, en la actitud. La industria mundial de la ayuda ha operado durante mucho tiempo con la premisa implícita de que lo más importante es tener buenas intenciones. Al fin y al cabo, esto es una especie de caridad. En el vestíbulo del Banco Mundial hay un cartel que dice, en letras enormes: «Nuestro sueño es un mundo libre de pobreza». Los sacos de grano que USAID entrega a los refugiados hambrientos dicen: «De parte del pueblo estadounidense».
Desde que las personas dan dinero y ayuda a desconocidos, al fin y al cabo, se han sentido impulsadas por la intención de hacer el bien y, a menudo, de recibir el reconocimiento por ello. Incluso la palabra «caridad» deriva de la palabra griega ágape, que se refiere al amor incondicional hacia los semejantes.
En otras palabras, el concepto de caridad ha girado en gran medida en torno al donante. Es el «nuestro» sueño y es «de» nosotros. Es un signo de «nuestro» amor: las buenas personas que hacen un sacrificio para ayudar a otros. Cuando todo gira en torno al sacrificio, no sorprende que la cantidad que damos equivalga de algún modo a cuánto amamos a quienes lo necesitan y, en última instancia, sugiera lo buenos que somos. Crecí en un colegio católico y recuerdo que, cuando un sacerdote local llamado monseñor Cassidy visitó mi clase de teología de octavo curso, subrayó precisamente este punto. La verdadera caridad, dijo, consiste en «dar de lo que te falta». Es decir, dar tanto que duela.
Esta actitud se está poniendo patas arriba. En la nueva industria de la ayuda, la donación se evalúa cada vez menos por la bondad de las intenciones o por la cantidad de dinero entregada, y cada vez más por los resultados. ¿Hay menos niños con retraso del crecimiento? ¿Más familias se han vuelto autosuficientes? ¿Cuánto bien se ha logrado realmente y a qué coste?
En conjunto, estos cambios están transformando la industria de la ayuda, pasando de un modelo de «vieja ayuda» a un enfoque de «nueva ayuda» muy distinto.
Vieja ayuda decía: regalar cosas gratis. Nueva ayuda dice: cuando tenga sentido, regalar cosas gratis, pero hacerlo de forma focalizada. Limitar la duración. Prestar atención a dinámicas del mercado y a los sistemas más amplios en juego. Trabajar para que las economías locales funcionen por sí mismas y para que la gente vuelva a trabajar.
Vieja ayuda decía: llegar desde fuera con la Gran Idea. Nueva ayuda dice: preguntar a la gente local qué es lo que le frena. Escucharla. Luego apoyar sus propias ideas, que suelen ser más modestas, más graduales y más realistas.
Vieja ayuda decía: el desarrollo es un proyecto con un presupuesto y un calendario. Nueva ayuda dice: el desarrollo es un proceso. Construir un modelo de negocio autosostenible, a largo plazo y capaz de adaptarse a circunstancias cambiantes.
Vieja ayuda decía: ayudar a la víctima. Nueva ayuda dice: apoyar la fuerza más poderosa para cambiar la vida de una persona: él o ella misma.
En 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas respaldó los Objetivos de Desarrollo Sostenible, una lista de diecisiete metas ambiciosas para el mundo que deben alcanzarse para el año 2030. En lo más alto de la lista, firmada por 193 países, entre ellos Estados Unidos, está poner fin a la pobreza extrema. Otros objetivos incluyen eliminar el hambre, mejorar radicalmente la salud humana y reducir la desigualdad y la discriminación.
Para algunos, estos objetivos pueden sonar quijotescos, hiperbólicos, inalcanzables. ¿De verdad vamos a erradicar varias enfermedades y acabar con la pobreza extrema en apenas una década? Al fin y al cabo, estos son desafíos a los que la humanidad se ha enfrentado desde el surgimiento de nuestra especie. Si seguimos el enfoque de la industria tradicional de la ayuda, es posible que los escépticos tengan razón. Simplemente extender cheques más grandes para proyectos de ayuda más extensos no producirá el tipo de resultados que la humanidad lleva milenios esperando alcanzar. Aun así, la nueva industria de la ayuda ha tomado en serio en gran medida estos objetivos y trabaja para erradicar enfermedades concretas, mejorar drásticamente la nutrición, transformar los sistemas educativos y sanitarios, y hacer de la pobreza extrema algo del pasado. ¿Podríamos realmente alcanzar estos objetivos?
Consideremos las poderosas nuevas tecnologías y la enorme riqueza creada en nuestra época. Industrias enteras se están transformando ante nuestros ojos en lo que el Foro Económico Mundial ha denominado la Cuarta Revolución Industrial. Incluso la forma en que vivimos día a día está cambiando. La aspiración a conducir un coche propio está disminuyendo en favor de la comodidad del transporte a demanda, lo que explica que Uber y Tesla valgan cada una tanto como General Motors. Más de la mitad de los estadounidenses obtiene ahora sus noticias de Facebook, una nueva realidad con implicaciones preocupantes. Y algo tan básico como ir a la tienda está cambiando a medida que el comercio electrónico se infiltra en la vida cotidiana. Amazon, con una capitalización bursátil superior a un billón de dólares, es ahora más valiosa que las veintiuna siguientes cadenas minoristas estadounidenses juntas, incluidas empresas tan grandes como Walmart, Target, Home Depot y Costco.
Estemos preparados o no, se avecina una transformación igualmente radical para la industria de la ayuda. Como detallaré en este libro, hay una ola de nuevos actores que están sacudiendo la forma en que se realiza el trabajo de ayuda.
Jaha Dukureh acabó siendo obligada a cruzar el océano y a casarse a los quince años. Pero escapó y logró que la admitieran en una escuela pública de secundaria de la ciudad de Nueva York, aun sin que ningún progenitor diera su consentimiento. Más tarde se instaló en Georgia, donde obtuvo un título universitario, volvió a casarse, formó una familia y fundó una pequeña organización no gubernamental (ONG) llamada Safe Hands for Girls. No es precisamente una organización bien dotada de recursos ni muy conocida. En un ejemplo que me compartió, Dukureh regresó a Gambia y pidió prestado un coche. Recorrió el país asistiendo a todos los discursos y apariciones del presidente gambiano, hasta que finalmente este accedió a reunirse con ella. En 2015, su campaña llevó al presidente a prohibir la MGF.
La rapidez con la que la industria de la ayuda se transforme y si logra alcanzar los objetivos globales dependerá de líderes de base como Dukureh. También dependerá de los profesionales de la industria de la ayuda, de los votantes y contribuyentes que financian la ayuda exterior, de los donantes ordinarios y los filántropos multimillonarios, de los líderes corporativos y de organizaciones sin ánimo de lucro, y, en última instancia, de todas las personas afectadas por la pobreza global, las pandemias, el cambio climático y las violaciones de los derechos humanos. En otras palabras, dependerá de usted.
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