Move: un extracto del nuevo libro de Parag Khanna sobre el poder de la movilidad

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Capítulo 1: La movilidad es destino

Los niños del siglo XX conocen los adagios «La geografía es destino» y «La demografía es destino». El primero implica que la ubicación y los recursos determinan nuestro destino, mientras que el segundo sugiere que el tamaño de la población y la estructura por edades son los factores más importantes. Juntos nos dicen que estamos atrapados donde estamos; más vale esperar que el país esté bien poblado y sea rico en recursos. ¿Debemos seguir aceptando semejante determinismo? Por supuesto que no. La geografía no es destino. La geografía es lo que hacemos de ella.

En mi libro de 2016, Connectography, propuse un tercer axioma para explicar la trayectoria de la civilización global: «La conectividad es destino». Nuestras vastas redes de infraestructura —un exoesqueleto mecánico de ferrocarriles, redes eléctricas, cables de Internet y mucho más— permiten el rápido desplazamiento de personas, bienes, servicios, capital, tecnología e ideas a escala planetaria. La conectividad y la movilidad son complementarias, dos caras de la misma moneda, y juntas dan lugar a un cuarto axioma que definirá nuestro futuro: la movilidad es destino.

Entonces, ¿qué nos impide aprovechar al máximo nuestra conectividad? La raíz de nuestra inercia colectiva está en las fronteras: físicas, legales y psicológicas. El mapa político del mundo es como es sobre todo por razones contingentes: dónde se asentaron las civilizaciones antiguas, dónde los imperios europeos conquistaron y dividieron, y dónde los accidentes naturales separan a las poblaciones. Las fronteras están donde están porque ahí es donde han estado.

Pero la Tierra es nuestra, no de Estados Unidos, Rusia, Canadá o China. La pregunta es: ¿podemos descubrir un nuevo pragmatismo cartográfico que alinee mejor la geografía política con las necesidades actuales?

El gurú de la gestión Peter Drucker advirtió que «el mayor peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia en sí, sino actuar con la lógica de ayer». Ya no podemos permitirnos ser observadores pasivos de cómo se despliega la geografía humana. En cambio, debemos reorientar activamente nuestras geografías, trasladando personas y tecnologías allí donde se necesitan, al tiempo que mantenemos habitables los lugares en los que es posible vivir. Esto exige un cambio epocal en la organización de la civilización global, una estrategia colectiva de reasentamiento de la población mundial. Pero si lo hacemos bien, aumentaremos nuestras probabilidades de supervivencia como especie, revitalizaremos economías en apuros y trazaremos un mapa de la humanidad más sensato.

Las migraciones masivas son inevitables y, más que nunca, necesarias. En las próximas décadas, regiones enteras superpobladas del mundo podrían quedar abandonadas, mientras que algunos territorios despoblados podrían ganar población de forma masiva y convertirse en nuevos centros civilizatorios. Si tiene la suerte de vivir en un lugar del que no tiene que migrar, como Canadá o Rusia, lo más probable es que los migrantes se dirijan hacia usted. Parafraseando a Lenin: quizá usted no esté interesado en la migración, pero la migración sí está interesada en usted.

El mundo del mañana no solo está lleno de personas móviles, sino que está definido por la movilidad de todo. Todos tienen un teléfono móvil, lo que significa que las comunicaciones, Internet, las consultas médicas y las finanzas son accesibles en cualquier lugar; nadie acude a un «banco». Tanto el trabajo como los estudios han migrado a la red; el número de nómadas digitales se ha disparado. Cada vez más personas viven en casas móviles y otras viviendas desplazables. Incluso las inversiones «fijas» se han vuelto intercambiables: podemos imprimir edificios en 3D, instalar fábricas y hospitales en cualquier lugar, generar electricidad a partir de energía solar u otras fuentes renovables y hacer que los drones nos entreguen cualquier cosa que necesitemos. A medida que nos movemos, también se mueve la cadena de suministro: la mano de obra y el capital pueden desplazarse de forma perpetua hacia nuevas tierras, generando nuevas geografías de productividad. La movilidad es la lente a través de la cual observar nuestra civilización futura.

El concepto de movilidad combina lo material y lo filosófico. Plantea preguntas como: ¿por qué nos movemos y qué revelan esos desplazamientos sobre nuestras necesidades y deseos? Además, hay cuestiones políticas y jurídicas por explorar: ¿quién puede moverse?, ¿qué restricciones enfrentamos al movernos y por qué? Y, no menos importante, existen cuestiones normativas: ¿adónde deberían ir las personas? ¿Cuál es la distribución óptima de la población en el mundo? La movilidad es también una experiencia intangible y espiritual. Deténgase a apreciar lo fluidamente que nuestra anatomía nos transporta. Moverse estimula la creatividad, el proceso de presenciar cómo se unen formas de vida. Filósofos como John Dewey reflexionaron sobre la estética de desplazarse libremente tanto en la naturaleza como en el entorno social, sosteniendo con elocuencia que tal interacción dotaba a la vida de sentido. Walter Benjamin dedicó una década a reflexionar sobre la importancia de los pasajes cubiertos de cristal construidos en el París de mediados del siglo XIX y sobre los flâneurs errantes que invitaban. Moverse es ser libre.

¿Está preparado para moverse? ¿Está en riesgo su bienestar por crisis políticas y económicas, disrupciones tecnológicas o el cambio climático? ¿Estarían las cosas mejor para usted y su familia en otro lugar? ¿Qué le impide irse allí? Sea lo que sea, tendrá que superarlo. Para miles de millones de personas, la movilidad perpetua se está convirtiendo en la norma. El movimiento puede convertirse en un fin en sí mismo: uno no solo se mueve; siempre estará en movimiento. Pero quizá, al movernos, redescubramos lo que significa ser humanos.

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