En una pequeña localidad de la costa suroeste de Escocia hay una librería por cada cien habitantes. Y en este pueblo, ya de por sí inusualmente aficionado a los libros, destaca una librería: quienes trabajan allí también pagan por el placer de hacerlo.
Wigtown, a dos horas en coche al sur de Glasgow, es la ciudad nacional del libro del país y cuenta con unas 10 librerías para sus 1.000 habitantes. Allí lleva dos años en marcha un experimento turístico, un Airbnb llamado The Open Book, donde los visitantes pagan por alojarse durante una semana y regentar la librería de abajo.
El alojamiento cuesta £36 (unos $48) por noche, con una estancia mínima de seis noches. Puede parecer una propuesta extraña pedir a la gente que pague por su propio trabajo, pero a The Open Book no le cuesta encontrar clientes. En el blog de la librería, más de un huésped cuenta que esperó dos años para conseguir su plaza, y las reseñas en Airbnb están llenas de elogios entusiastas. La próxima reserva disponible es en octubre de 2020.
«The Open Book no ofrece exactamente unas vacaciones ni un trabajo», escribe por correo electrónico Harvey Lindsay, quien ayuda con las reservas. «Ofrece una experiencia muy difícil de vivir: una probadita de la vida que muchas personas desearían llevar».

The Open Book no exige demasiado a sus huéspedes: se espera que se aseguren de que las estanterías estén surtidas y que pongan precio a los libros donados. Las normas no estipulan que deban abrir durante un número determinado de horas.
Los huéspedes que escriben en el blog de la librería describen la experiencia como unas vacaciones bastante tranquilas y agradablemente aburridas. En sus entradas, se centran en la lluvia y el escaso tránsito de clientes, y especulan sobre cómo vender más libros. (Pon música de James Taylor, sugiere uno.)
«Como librero de The Open Book, para los vecinos al menos eres tanto una atracción turística como la tienda», Dan Dalton escribió el año pasado tras alojarse en la librería. «Después del almuerzo, un hombre mayor abre la puerta, me mira y dice: “No eres muy exótico”, antes de volver a cerrarla».
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