De Dadá a Davos: cómo los artistas dicen la verdad al poder

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Hace cien años nació en Suiza el dadaísmo. Surgió como respuesta artística al nacionalismo imperante de la época, que muchos consideraban responsable de haber conducido a la Primera Guerra Mundial. Las obras de Max Ernst, Hans Arp, Hannah Höch y varios otros artistas eran antibelicistas y contrarias al orden establecido; en cambio, reflexionaban sobre los absurdos de la vida contemporánea. El urinario Fuente de Marcel Duchamp, que satirizaba la veneración tradicional de las artes, es uno de los muchos ejemplos que vienen a la mente.

Los dadaístas querían plantear preguntas difíciles a la sociedad. Luchaban contra la racionalidad y querían dar forma a un relato distinto para aquella época. El movimiento dadaísta propuso una nueva normalidad, un nuevo discurso. Su impacto fue de gran alcance, no solo en aquel momento, sino también por la influencia que ejerció en el diseño, el arte de la protesta y los movimientos artísticos que surgieron de él, como el surrealismo, el arte pop y el arte conceptual.

Los artistas tienen un papel fundamental a la hora de acentuar o resistirse a que lo impactante se vuelva cotidiano. Nuestra cultura cambiante se infiltra en la vida diaria de maneras poco perceptibles. Se manifiesta en los sutiles cambios en nuestra forma de hablar o vestir, en la música que se convierte en la banda sonora de nuestros días, en las cosas que empezamos a desear, en los pensamientos que se vuelven aceptables de expresar y en los nuevos modelos que aspiramos a imitar. Es ese momento en que, de repente, toda la familia está mirando sus teléfonos alrededor de la mesa; cuando ya no nos sorprende ver a personas del mismo sexo tomadas de la mano en público; o cuando nos hemos acostumbrado a la realidad de los vuelcos electorales recientes.

El relato de nuestra época podría llegar a ser el del cambio climático irreversible, la interminable crisis de los refugiados, el populismo en todo el mundo y la fascinación por los resultados trimestrales. ¿Cómo han afrontado o alimentado los artistas las fuerzas que nos han llevado hasta aquí? ¿Es nuestra situación actual, en parte, consecuencia de que nuestra cultura no haya logrado dar forma a relatos distintos? ¿También se han dejado arrastrar los artistas y quienes controlan el acceso al mundo del arte por la obsesión con los datos y la adoración del rendimiento de la inversión de los últimos 25 años, olvidando su responsabilidad de decir la verdad al poder?

El deber de los artistas

La cantante Nina Simone tenía muy claro el papel de los artistas en el devenir de la historia: «El deber de un artista… es reflejar la época. ¿Cómo se puede ser artista y no reflejar la época?», preguntó con insistencia.

Los artistas que reflejan su época nos hacen conectar con la realidad. Nos ayudan a entender que no tenemos por qué aceptar lo que se considera normal. En ese sentido, son líderes: nos señalan una nueva dirección. Por supuesto, puede resultarles difícil tener un impacto amplio. Algunos son inconformistas y el público mayoritario a menudo los malinterpreta. Mientras tanto, la censura y detención de artistas siguen aumentando. Y la financiación de las artes sigue menguando. En las artes, al igual que en cualquier otro ámbito, también operan sistemas de poder y exclusión.

Pese a estos obstáculos, hay pioneras como Negin Khpolwak, la primera mujer directora de orquesta de Afganistán, de 19 años, que arriesga la vida cada día para hacer música; Sabine Choucair, la payasa profesional libanesa que dirige talleres de teatro para que los refugiados sirios den forma a sus propias historias; Tracy Fullerton, diseñadora de videojuegos de Los Ángeles que está subvirtiendo las convenciones de los videojuegos en un ámbito tradicionalmente masculino; Sharmeen Obaid-Chinoy, cineasta pakistaní que aborda la violencia contra las mujeres y cuyas películas han contribuido a cambiar la legislación del país. Entre sus filas también está John Grade en Seattle, que reúne a miles de voluntarios para crear obras de arte monumentales; Keiichi Matsuda, diseñador y cineasta afincado en Londres cuyos vídeos sobre un futuro de realidad mixta sirven de advertencia a la humanidad; y el berlinés Tomas Saraceno, cuyas esculturas flotantes proponen visiones de una economía futura en la que vivamos en armonía con nuestro entorno.

Estos y otros líderes culturales estarán este mes en Davos. Acudirán para decir la verdad al poder e inspirar un liderazgo más receptivo y responsable. Pueden hacerlo señalando cosas que aún no existen o recordándonos lo que hemos olvidado. Si escuchamos a los artistas que hacen de espejo de la sociedad, quizá aún podamos entablar el tipo de conversación abierta y significativa que tanto necesitamos hoy, tal como la necesitábamos hace 100 años, cuando nació el dadaísmo, aquí mismo en Suiza.

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