Este es un extracto del libro elegido para septiembre de 2020 por el Club de Lectura del Foro Económico Mundial: Casta, de la autora Isabel Wilkerson, ganadora del Pulitzer. Está tomado del capítulo titulado «Una casa antigua y una luz infrarroja». Únete a nuestro Club de Lectura para debatir.
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El inspector dirigió su lente infrarroja hacia una curvatura irregular del techo; un haz de luz invisible examinaba las capas de listones para comprobar lo que el ojo no podía ver. Esta casa se había construido generaciones atrás, y yo había notado la más leve protuberancia en una esquina del yeso de una habitación de invitados y la había atribuido a una peculiaridad. Con el tiempo, la protuberancia del techo se convirtió en una ondulación que se ensanchó y abombó pese al techo nuevo. Llevaba años creciendo más allá de lo perceptible. Una casa antigua es una especie de devoción en sí misma: una tía abuela con una historia que espera que la animen a contarla, un misterio, una serie de enigmas entrelazados a la espera de ser resueltos. ¿Por qué está este sofito escondido en la esquina sureste de un alero? ¿Qué hay detrás de esta zona descolorida del ladrillo? En una casa antigua, el trabajo nunca termina, y uno no espera que termine.
Estados Unidos es una casa antigua. Nunca podemos dar por terminado el trabajo. El viento, las inundaciones, la sequía y las convulsiones humanas golpean una estructura que ya está lidiando con los defectos que quedaron desatendidos en los cimientos originales. Cuando vives en una casa antigua, quizá no quieras bajar al sótano después de una tormenta para ver los estragos que han causado las lluvias. Pero elegir no mirar puede ponerlo todo en peligro. Quien es dueño de una casa antigua sabe que aquello que ignora nunca desaparecerá. Lo que acecha seguirá agravándose, tanto si decides mirar como si no. La ignorancia no protege de las consecuencias de la inacción. Eso que deseas que desaparezca te atormentará hasta que reúnas el valor para afrontar lo que preferirías no ver.
Quienes vivimos en el mundo desarrollado somos como propietarios que heredaron una casa en un terreno hermoso por fuera, pero cuyo suelo es una mezcla inestable de limo y roca, que se hincha y se contrae generación tras generación; las grietas se reparan, pero durante décadas, incluso siglos, se hace caso omiso de las fracturas más profundas. Muchas personas pueden decir, con razón: «Yo no tuve nada que ver con cómo empezó todo esto. No tengo nada que ver con los pecados del pasado. Mis antepasados nunca atacaron a los pueblos indígenas ni tuvieron esclavos». Y sí. Ninguno de nosotros estaba aquí cuando se construyó esta casa. Puede que nuestros antepasados más cercanos no tuvieran nada que ver con ello, pero aquí estamos, los actuales ocupantes de una propiedad con grietas por tensión, paredes combadas y fisuras en los cimientos. Somos herederos de todo lo que está bien o mal en ella. No levantamos los pilares ni las viguetas desnivelados, pero ahora nos toca hacernos cargo de ellos.
Y cualquier deterioro posterior está, de hecho, en nuestras manos.

Si no se atienden, las fracturas y las grietas diagonales no se repararán solas. Las toxinas no desaparecerán; al contrario, se extenderán, se filtrarán y mutarán, como ya lo han hecho. Quienes viven en una casa antigua acaban por acostumbrarse a las peculiaridades y a los peligros manifiestos que acechan en una estructura vieja. Ponen cubos bajo un techo que gotea, apuntalan los suelos que crujen y aprenden a esquivar el peldaño podrido de madera de la escalera. Lo incómodo se vuelve aceptable, y lo inaceptable, apenas una molestia. Si convives con ello el tiempo suficiente, lo impensable se vuelve normal. Al quedar expuestos generación tras generación, aprendemos a creer que lo incomprensible es la forma en que debe ser la vida.
El inspector se enfrentaba al misterio del techo deformado, así que primero apoyó un sensor en la superficie para detectar si estaba húmeda. Como la lectura no era concluyente, sacó la cámara infrarroja para obtener una especie de radiografía de lo que ocurría, con la idea de que no se puede arreglar un problema hasta que se logra verlo. Ahora podía ver más allá del yeso, de lo que se había cubierto con papel pintado o pintura, tal como ahora se nos pide que hagamos en la casa donde todos vivimos, para examinar una estructura construida hace mucho tiempo.
Como otras casas antiguas, Estados Unidos tiene un esqueleto invisible: un sistema de castas tan fundamental para su funcionamiento como los montantes y las viguetas que no vemos en los edificios físicos que llamamos hogar. La casta es la infraestructura de nuestras divisiones. Es la arquitectura de la jerarquía humana, el código subconsciente de instrucciones para mantener, en nuestro caso, un orden social de cuatrocientos años. Observar las castas es como sostener a contraluz la radiografía del país.
Un sistema de castas es una construcción artificial: una clasificación fija y arraigada del valor humano que contrapone la supuesta supremacía de un grupo a la supuesta inferioridad de otros, sobre la base de la ascendencia y, a menudo, de rasgos inmutables; rasgos que serían neutros en abstracto, pero a los que se atribuye un significado de vida o muerte en una jerarquía que favorece a la casta dominante, diseñada por sus antepasados. Un sistema de castas emplea límites rígidos, a menudo arbitrarios, para mantener separados los grupos clasificados, diferenciarlos entre sí y confinarlos a los lugares que se les asignaron.
A lo largo de la historia de la humanidad, han destacado tres sistemas de castas: el sistema de castas de la Alemania nazi, de desarrollo trágicamente acelerado, estremecedor y oficialmente derrotado; el sistema de castas milenario y persistente de India; y la pirámide de castas de Estados Unidos, cambiante, tácita y basada en la raza. Cada versión se apoyó en estigmatizar a quienes eran considerados inferiores para justificar la deshumanización necesaria para mantener a las personas de menor rango en el fondo y racionalizar los mecanismos de aplicación. Un sistema de castas perdura porque suele justificarse como voluntad divina, derivada de textos sagrados o de supuestas leyes de la naturaleza, y se refuerza en toda la cultura y se transmite de generación en generación.
En nuestra vida cotidiana, la casta es el acomodador silencioso de un teatro a oscuras, que dirige la linterna hacia los pasillos y nos guía hasta los asientos asignados para la función. La jerarquía de castas no tiene que ver con los sentimientos ni con la moralidad. Tiene que ver con el poder: qué grupos lo tienen y cuáles no. Tiene que ver con los recursos: a qué casta se considera merecedora de ellos y a cuál no, quién puede adquirirlos y controlarlos y quién no. Tiene que ver con el respeto, la autoridad y las presunciones de competencia: a quién se le conceden y a quién no.
Como medio para asignar valor a amplios sectores de la humanidad, la casta nos guía a menudo más allá de lo que alcanzamos a percibir. Se nos mete en los huesos como una clasificación inconsciente de las características humanas y establece las reglas, expectativas y estereotipos que se han utilizado para justificar atrocidades contra grupos enteros de nuestra especie. En el sistema de castas estadounidense, la señal de rango es lo que llamamos raza: la división de los seres humanos según su apariencia. En Estados Unidos, la raza es la herramienta principal y el señuelo visible, la fachada de la casta.
Extracto de Casta (Club de Lectura de Oprah), de Isabel Wilkerson. Copyright © 2020 de Isabel Wilkerson. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este extracto puede reproducirse ni reimprimirse sin autorización por escrito de la editorial.
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