La destrucción de la catedral de Notre Dame es lamentable. Un maravilloso icono quedó en gran parte destruido por el fuego. Sin embargo, no debemos desesperar.
Parte de la razón por la que esta pérdida resulta tan dolorosa es que estamos inmersos en una forma de pensar occidental que equipara la autenticidad con la conservación de los materiales originales utilizados para crear un objeto o edificio.
Pero no todas las sociedades piensan así. Algunas tienen nociones muy distintas de lo que es auténtico. Edificios emblemáticos, como el Palacio de Catalina en Rusia y los monumentos históricos de la antigua Nara en Japón, han sido restaurados con éxito, en ocasiones tras sufrir grandes daños, y hoy son apreciados por millones de personas.
El preámbulo de la Carta Internacional para la Conservación y la Restauración de Monumentos y Sitios (la Carta de Venecia de 1964) establece que «Impregnados de un mensaje del pasado, los monumentos históricos de generaciones de personas perviven en la actualidad como testigos vivos de sus tradiciones ancestrales… Es nuestro deber transmitirlos en toda la riqueza de su autenticidad».
Pero en nuestro diverso mundo, la definición y la evaluación de la autenticidad es un asunto complejo. La Convención del Patrimonio Mundial establece en sus directrices que los bienes pueden considerarse conformes a las condiciones de autenticidad si sus valores culturales «se expresan de manera veraz y creíble».
En consecuencia, la autenticidad de un edificio se determina en relación con su ubicación y entorno, su uso y función, su espíritu y sentimiento, así como su forma y materiales.
Los monumentos históricos de la antigua Nara en Japón, compuestos por templos budistas, santuarios sintoístas y los restos excavados del gran Palacio Imperial, aportan valiosas claves sobre la capital de la nación durante el siglo VIII. Estos edificios no son menos auténticos por haber sido ampliamente restaurados tras la promulgación de la Ley de Conservación de Santuarios y Templos Antiguos en 1897.
Un palacio devastado
El Palacio de Catalina en Tsarskoe Selo (Pushkin), al sur de San Petersburgo, quedó devastado durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando los rusos vieron por primera vez los daños, deben de haber sentido desesperación.
No obstante, el gobierno proporcionó los recursos necesarios para permitir la restauración sala por sala. La restauración de la Sala ámbar, uno de los interiores palaciegos más famosos del siglo XVIII, es un triunfo.
Los paneles que habían sido saqueados por los nazis se recrearon a lo largo de 25 años con una inversión de 11 millones de dólares. Hoy el palacio está completamente restaurado, un espectacular icono que atrae a millones de visitantes al año.
¿Qué ocurre con las reliquias y las obras de arte?
El incendio de Notre Dame ha puesto en peligro una vasta colección de reliquias y obras de arte cristianas que se encontraban en el edificio y en sus terrenos, entre ellas la corona de espinas. Los equipos de emergencia salvaron muchos objetos, pero no todos. Todavía no sabemos cuáles han sobrevivido.
¿Se aplica también el argumento sobre la autenticidad a estas reliquias y preciadas obras de arte? Pues sí y no.
Existen dos escenarios. El primero es que las reliquias y las obras de arte hayan resultado parcialmente dañadas por el fuego, el humo y la caída de materiales del edificio. En este escenario, el foco estará en la restauración, y en el ámbito de la conservación de materiales pueden producirse resultados extraordinarios.
El segundo escenario es que las reliquias o las obras de arte queden destruidas total o prácticamente. En este caso, las obras solo pueden reproducirse, no restaurarse. Dicha reproducción tendría un vínculo precario con las obras originales.
Desde el punto de vista de la restauración, existe una diferencia crucial entre los artefactos portátiles y los no portátiles. Salvo los que formaban parte de la estructura del edificio, las reliquias y las obras de arte no se fabricaron in situ. El edificio en sí, sin embargo, mantiene una continuidad de identidad y función por estar ubicado en un paisaje específico.
¿Qué ocurre ahora con Notre Dame?
Una vía posible es utilizar la Carta de Venecia (1964) como guía para la restauración. Esto implicaría que los nuevos materiales empleados en la conservación de esta estructura histórica se mantuvieran claramente distinguibles de la construcción original.
Otra vía sería restaurar la estructura de forma similar a la del palacio de Catalina I, en el que un ojo no experto encuentra difícil distinguir entre las partes antiguas y las nuevas. Dada la magnitud de los daños, este sería el enfoque estéticamente más agradable y menos chocante.
A diferencia de otros lugares de profunda relevancia cultural, que pueden destruirse para siempre debido al desarrollo comercial, Notre Dame puede reconstruirse. Con la tecnología moderna, es perfectamente posible recrear la catedral con una precisión casi idéntica a la original. Podemos hacerlo y conservar el espíritu y el sentimiento del edificio anterior.
