Por qué la economía de la IA no puede depender de un único Suez digital

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  • Los ataques a los cables de datos submarinos ponen de manifiesto la vulnerabilidad de la infraestructura digital actual.

  • A medida que la IA expande rápidamente los flujos globales de datos, puntos críticos como el estrecho del mar Rojo, por el que pasan cables vitales, pueden causar graves perturbaciones económicas.

  • Los gobiernos deben seguir planificando infraestructuras terrestres alternativas que aporten capacidad adicional y resiliencia.

Cuando varios cables submarinos quedaron cortados en el mar Rojo a principios de 2024 —un hecho atribuido inicialmente a daños accidentales pero que más tarde se sospechó que estaba relacionado con los ataques hutíes contra buques frente a las costas de Yemen—, el impacto se hizo sentir casi de inmediato. La latencia entre Europa, Asia y África se disparó de la noche a la mañana. Los servicios en la nube se ralentizaron. Las transacciones financieras se vieron afectadas. Cientos de empresas y millones de usuarios sufrieron interrupciones sin saber nunca por qué.

Para los centros de datos y los mercados, el impacto fue inmediato. Para los gobiernos, debería haber sido una llamada de atención. Este incidente fue solo uno de los presuntos actos de sabotaje contra cables submarinos: hubo al menos 11 en el mar Báltico entre 2023 y 2024, y varios incidentes en aguas cercanas a Taiwán en 2025. A esto se suman las decenas de accidentes que afectan a los casi 600 cables submarinos de todo el mundo, desde daños causados por la pesca hasta los provocados involuntariamente por anclas.

Esas interrupciones dejaron al descubierto una vulnerabilidad que la mayoría de la gente, incluidos muchos responsables políticos, todavía tiende a subestimar. Por ejemplo, alrededor del 17 % de todo el tráfico mundial de internet, y más del 90 % de los flujos de datos entre Europa y Asia pasan por el estrecho de Bab el-Mandeb, en el mar Rojo, angosto y políticamente volátil. En este corredor de 14 millas de ancho, más de una docena de sistemas de cables submarinos discurren en paralelo. Si uno solo sufre daños, sus efectos se propagan de Bombay a Fráncfort en cuestión de minutos.

Las lecciones del mar Rojo en 2024 deberían haber sido claras, pero se impuso la inercia. Más importante que la causa fue lo que ocurrió después: las reparaciones se prolongaron durante meses porque las aseguradoras retiraron la cobertura y las restricciones navales impidieron que los buques de reparación entraran en la zona. En marzo y, de nuevo, en septiembre de 2025, nuevos cortes afectaron a los cables PEACE, IMEWE y FALCON en el mar Rojo, volviendo a estrangular la conectividad en la nube y el tráfico de los mercados financieros de Londres a Dubái.

Cada incidente puso de relieve verdades incómodas. La columna vertebral digital de la que depende el mundo actual es cada vez más vulnerable y sufre ataques reiterados. Al mismo tiempo, la arquitectura afronta una enorme presión para alcanzar la escala, la velocidad y la resiliencia que exige la era de la IA. Aunque la redundancia (sistemas y rutas de respaldo) de los cables submarinos y las alternativas limitadas de transmisión de datos por satélite moderan los daños, es poco probable que por sí solas puedan satisfacer la necesidad, en rápido aumento, de transmisión intercontinental de datos.

El talón de Aquiles de la IA

La IA está transformando las economías a una velocidad vertiginosa. Sin embargo, la infraestructura física que transporta sus datos, ya sea bajo nuestros mares o a través de satélites, no basta para satisfacer esta necesidad. Los cables submarinos son indispensables y escalables, pero su capacidad y vulnerabilidad les impiden satisfacer las demandas de las cargas de trabajo de IA. Los satélites y otras alternativas ofrecen un nivel muy bajo de redundancia, pero se enfrentan a límites aún más estrictos de capacidad, latencia y coste. Las cargas de trabajo de IA previstas pronto sobrecargarán la infraestructura existente. A medida que los sistemas de IA exijan volúmenes de datos exponencialmente mayores, latencia ultrabaja y un tiempo de actividad casi perfecto, todas las vías de transmisión estarán bajo presión.

Las implicaciones van mucho más allá de la conectividad. En la era de la IA, la transmisión de datos ya no es una cuestión técnica limitada. Se ha convertido en un asunto fundamental de economía, seguridad y resiliencia. Las rutas concentradas y las arquitecturas con un único punto de fallo generan riesgos estructurales. Los puntos críticos vulnerables propician interrupciones, accidentales o deliberadas. El coste de un fallo afecta ahora a economías enteras. Los eslabones más débiles tienen ahora consecuencias mundiales.

Lo que ha pasado prácticamente inadvertido son las oportunidades que ofrecen las rutas terrestres alternativas, que pueden aportar mayor redundancia, capacidad y resiliencia para el tráfico a escala de la IA. En Irak, por ejemplo, en iQ Group hemos construido un corredor de fibra óptica de 4.500 kilómetros, principalmente terrestre, que conecta Europa con el golfo Pérsico a través de Irak. Con la puesta en servicio de rutas secundarias, incluidas extensiones por las fronteras turca y siria, la Red de Tránsito de la Ruta de la Seda ofrece la primera ruta operativa, de alta capacidad y preparada para la IA que evita por completo el mar Rojo.

Silk Route Transit ya está en funcionamiento. La importancia particular de este corredor no reside solo en su geografía, sino también en su tecnología. Para gestionar el volumen de tráfico de datos que exige la IA, redes como esta deben permitir un redireccionamiento seguro y estable en tiempo real, una gestión predictiva de fallos y un estándar mundial de redundancia en múltiples rutas, idealmente dentro de la propia red. Estas salvaguardas son esenciales para que la IA alcance todo su potencial y están diseñadas para evitar fallos en cascada como los del mar Rojo. En todo el mundo, solo un puñado de redes de fibra óptica cumple estos estándares y puede responder a la urgencia estratégica de diversificar las arterias digitales críticas.

El «segundo Suez»

El corredor de Irak forma parte de una carrera mundial más amplia para construir un «segundo Suez» para los datos; es decir, rutas alternativas que transporten el tráfico entre Europa y Asia sin depender del punto crítico de Egipto. Google y Sparkle, de Telecom Italia, respaldan el sistema Blue-Raman, que combina rutas submarinas desde India hasta Omán y Arabia Saudí con tránsito terrestre por Jordania e Israel hasta Italia. El corredor TEAS de Cinturion conecta India con Grecia a través de Arabia Saudí y Jordania. En Arabia Saudí, stc y center3 impulsan varios sistemas hacia el oeste, en consonancia con Vision 2030. Más al norte, la Ruta Digital de la Seda del Caspio aspira a conectar Asia Central con Europa a través del Cáucaso.

Lo que distingue la ruta de Irak es que ya está activa, es totalmente terrestre y está operativa: un ejemplo funcional, no un concepto trazado en un mapa. Pero la verdadera lección para la economía de la IA, en plena evolución, es que la redundancia importa tanto como la velocidad o la capacidad. Toda estrategia de infraestructura de IA debe incluir rutas múltiples y diversas; además, son posibles las vías terrestres de baja latencia y resistentes a los conflictos: rutas que no pueden ser ancladas, minadas ni bloqueadas en el mar, ni dependen de la capacidad limitada de los satélites. Aunque desde luego no son invulnerables, las rutas terrestres comparten características y vulnerabilidades aceptables con los oleoductos.

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Las interrupciones en el mar Rojo no fueron una anomalía. Fueron un anticipo. Existen métodos adicionales y alternativos para transmitir datos, como el enrutamiento terrestre, que permiten mitigar riesgos, aportar redundancia y sumar la capacidad que necesita la revolución de la IA. La cuestión es si el mundo, guiado por quienes llevamos décadas dando forma a la infraestructura digital, actuará antes de que el próximo corte convierta una advertencia en una crisis.

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