Las universidades no son torres de marfil. Este es el papel que pueden desempeñar hoy

A student walks past Royce Hall on the University of California Los Angeles (UCLA) campus in Los Angeles, California, U.S. November 15, 2017. REUTERS/Lucy Nicholson - RC1C51CDA550
The University of California campus: Academia has a role to play in bringing societies togetherImage: REUTERS/Lucy Nicholson
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En los últimos años, hemos sido testigos de una creciente pérdida de confianza de la gente en las instituciones y los expertos. Las universidades y los científicos, entre otros, ya no gozan del respeto que antes inspiraban.

Soy un firme defensor de la educación superior internacional y de todos los beneficios que las universidades aportan a la sociedad. Me desalienta el clima mundial actual, pues siento que algunas personas consideran que la educación superior forma parte del problema y no de la solución. Aunque nos esforzamos por ser universidades de élite sin ser elitistas, no logramos conectar con muchos sectores de la sociedad. Los cambios provocados por una economía cada vez más globalizada y los rápidos avances tecnológicos han reducido las perspectivas de algunas personas. Para ellas, crece la sensación de frustración y alienación.

Se están analizando y debatiendo las razones de esta alienación. En su ensayo de Harvard Business Review, Joan C. Williams escribe sobre una clase trabajadora blanca que ha quedado rezagada en términos culturales y económicos. Una generación trabajadora, acostumbrada a una vida dura, ahorradora y disciplinada está en declive, y muchos de sus integrantes resienten profundamente este cambio y a los profesionales, expertos e instituciones que consideran responsables. Como señala Williams, los empleos con «salarios sólidos, excelentes prestaciones y un lugar respetado en sus comunidades» son muy deseados y cada vez más difíciles de encontrar.

En sus conmovedoras memorias, Hillbilly Elegy, JD Vance muestra cómo un segmento de este grupo —las familias rurales de clase trabajadora de los Apalaches— afronta la inseguridad económica y cultural. A medida que escasean los empleos bien remunerados para quienes no tienen títulos universitarios, la posibilidad de progresar y estudiar en grandes universidades, como hizo Vance, puede parecer inalcanzable. Quienes logran llegar a las universidades estadounidenses, dice Williams, pueden enfrentarse a «insultos abiertos dirigidos a estudiantes de origen obrero». El trabajo duro ya no parece dar sus frutos, mientras prosperan las élites con una buena formación.

¿Qué papel pueden desempeñar las universidades en este mundo cambiante? ¿Cómo podemos ayudar a personas como estas a encontrar esperanza, confianza, oportunidades y respeto?

Creo que parte de la respuesta consiste en desarrollar nuevas formas de colaborar y relacionarnos con los residentes de estas comunidades. Debemos crear oportunidades para que quienes forman parte de nuestras universidades trabajen en persona y directamente con los residentes de la comunidad, compartan conocimientos, escuchen sus ideas creativas y trabajen juntos en proyectos con aplicaciones prácticas para la comunidad.

Las universidades comprenden la importancia y el poder de la colaboración. La practicamos a diario con académicos de otras universidades y con nuestros socios del gobierno y del sector empresarial. Debemos ampliar nuestras redes de colaboración para incluir de forma más activa a quienes más desconfían de nosotros, pero menos nos conocen.

El campus más reciente de Imperial está en White City, Londres. El barrio es urbano, multicultural y pobre. Una cuarta parte de los adultos tiene poca formación. En promedio, sus residentes viven una década menos que quienes habitan las zonas más prósperas de Londres. Muchos no se imaginan sentados en nuestras aulas ni trabajando en nuestros laboratorios. Somos una universidad líder mundial, pero, al parecer, no tenemos nada que ofrecerles.

Ahora, nuestro personal y nuestros estudiantes dedican mucho tiempo a escuchar a nuestros vecinos para comprender mejor sus necesidades y trabajar con ellos para atenderlas. Esto ya ha producido algunos resultados emocionantes.

Ramona Williams es una madre de la zona que nació con una discapacidad visual importante. Preguntó si Imperial podría diseñar un cochecito para personas con pérdida de visión que utilizara sensores y tecnología de navegación. Para ella es imposible usar un bastón y empujar un cochecito al mismo tiempo. En respuesta, un grupo de estudiantes de segundo año de Bioingeniería y su supervisor, el Dr. Ian Radcliffe, están diseñando un cochecito que incorpora las ideas de Ramona y responde a sus necesidades.

Otra vecina, Tieyan Eweka, que vive en White City Estate, ha puesto en marcha un negocio temporal de comida de África occidental. Ahora es proveedora oficial de Imperial y ha ofrecido servicios de catering en numerosos actos de la universidad, incluida nuestra jornada de puertas abiertas, a la que acudieron miles de futuros estudiantes y sus familias.

Además de escuchar, estamos invirtiendo en iniciativas como The Invention Rooms. Este nuevo espacio en White City invita a los miembros de la comunidad local a reunirse con académicos, estudiantes, antiguos alumnos y socios de Imperial para probar ideas creativas, construir prototipos reales y compartir la alegría y la satisfacción de crear y descubrir.

Ofrece un modelo para recuperar la confianza de las comunidades que han quedado rezagadas. Esto implica escuchar las necesidades de nuestros vecinos, aprovechar sus talentos y abrirles nuestras puertas. Queremos forjar alianzas auténticas con la gente de White City.

Dentro de The Invention Rooms, hemos creado un espacio de creación Reach Outque ofrece a los jóvenes de la zona experiencia práctica en diseño y creación de prototipos. El espacio cuenta con equipos de última generación, como impresoras 3D, cortadoras láser y maquinaria para trabajar la madera y el metal, además de diversos programas diseñados para que los jóvenes se entusiasmen con la posibilidad de convertir una idea en un producto tangible.

Me encanta el efecto IKEA. Cuando construyes algo, incluso una pequeña estantería de aglomerado, sientes apego por ello y lo valoras porque lo hiciste tú.

Espero que llevemos el efecto IKEA a generaciones de jóvenes que conciban ideas, aprendan a desarrollarlas, fabriquen cosas y hagan cosas, y se vayan con una visión completamente distinta de sus propias capacidades. Queremos que ganen confianza en sí mismos. Queremos que tengan una visión de su futuro y una nueva perspectiva de lo que pueden hacer.

Una iniciativa, Maker Challenge, reúne a jóvenes de la zona de entre 14 y 18 años con voluntarios de Imperial para que aprendan a utilizar diversas herramientas y técnicas que les ayuden a crear sus propios prototipos.

Sus ideas son brillantes, ambiciosas y variadas. Una consiste en hacer que los audífonos sean más modernos y cómodos de llevar. Otras incluyen un mezclador y repartidor de cartas automatizado; un monopatín plegable; un chaleco ligero y ponible resistente a las puñaladas; y zapatillas deportivas con altavoces incorporados que convierten la energía cinética en energía almacenada.

Como estas ideas nacen de sus propias experiencias, adquieren la sensación de que tienen algo que aportar a su comunidad y a los demás. Aprenden que pueden formar parte de las revoluciones tecnológicas, en lugar de quedarse atrás. Se sienten capaces de actuar.

La pérdida de confianza tiene efectos negativos generalizados en todos los ámbitos de la sociedad: político, económico y social. Es uno de los problemas más importantes a los que nos enfrentamos hoy.

Las universidades tienen un papel importante que desempeñar para recuperar la confianza perdida. Podemos marcar el camino escuchando a nuestros vecinos y trabajando con ellos. Podemos ayudarles a recuperar —y fortalecer— la confianza en sí mismos, su dignidad y su esperanza.

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