Por qué Estados Unidos necesita un nuevo enfoque sobre el banco de desarrollo de China

Por qué Estados Unidos necesita un nuevo enfoque sobre el banco de desarrollo de China
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El fundador del Singapur moderno, Lee Kwan Yew, fallecido recientemente, hizo una valoración bastante incisiva de lo que se conoce como la política estadounidense del «giro hacia Asia»: los estadounidenses conciben las relaciones internacionales como una película e imaginan que podemos pulsar el botón de pausa cuando lo necesitamos y luego darle al play cuando queremos volver. Sin duda, últimamente Estados Unidos ha tenido mucho en lo que centrarse en otras partes del mundo, desde Rusia hasta Irán. Pero en las últimas semanas, parece que la película en Asia ha avanzado a toda velocidad en torno al desarrollo y la financiación mundiales. Y, una vez más, Estados Unidos se apresura a ponerse al día.

He aquí un breve resumen de lo que nos hemos perdido: bajo la tutela de China, cobró impulso un actor nuevo y potencialmente disruptivo en el panorama de la banca de desarrollo: el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), propuesto inicialmente en 2013 por el presidente Xi Jingping. Su misión declarada es «centrarse en el desarrollo de infraestructuras y otros sectores productivos de Asia». Ha atraído a 57 países miembros fundadores. Este grupo incluye a algunos de los aliados más cercanos de Estados Unidos: primero el Reino Unido, seguido de Alemania, Francia, Corea del Sur e Israel, entre otros. Estados Unidos y Japón son dos de los actores más destacados que han rechazado la membresía.

El AIIB cuenta con un capital de trabajo de 50.000 millones de dólares, con la posibilidad de llegar a los 100.000 millones; por ahora, por tanto, es más pequeño que el Banco Mundial, liderado por Estados Unidos (2.223.200 millones de dólares de capital suscrito), o que el Banco Asiático de Desarrollo (162.800 millones de dólares de capital suscrito). Pero, con tantos países importantes a bordo, el AIIB constituye una alternativa creíble a los sistemas establecidos de banca de desarrollo, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otros, que llevan 70 años funcionando en gran medida sin oposición. Es una gran sacudida para el mundo del desarrollo.

La carrera mundial por incorporarse al nuevo banco, pese a las objeciones estadounidenses, es el último capítulo de la historia más amplia del ascenso de China como principal rival de Estados Unidos en la pugna por ser la mayor potencia económica mundial. China no deja de superar un hito tras otro: sacó a 680 millones de personas de la pobreza extrema en 30 años; se convirtió en el mayor tenedor de títulos del Tesoro estadounidense, la mayor nación comercial del mundo, el mayor mercado de comercio electrónico del mundo y la mayor economía del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo. Así, mientras China avanza a toda velocidad en el orden económico mundial, ahora con el AIIB, Estados Unidos sigue la secuencia clásica de una potencia establecida: emprende una campaña defensiva, en vez de mantenerse a la cabeza de estos estallidos de cambio y darles forma. Tras no lograr impedir que sus aliados se unieran al AIIB, Estados Unidos refuerza su estrategia defensiva al impulsar la Asociación Transpacífica, un pacto comercial de 12 naciones que excluye a China.

La oposición de Estados Unidos al AIIB se basa en principios racionales. Hay motivos legítimos de preocupación por el deficiente historial de China en materia de transparencia y gobernanza de sus instituciones, por no hablar de su historial de corrupción y nepotismo, así como de su falta de compromiso con los derechos humanos, la protección de los derechos de propiedad intelectual y la calidad medioambiental. Este nuevo banco plantea muchas preguntas. Por ejemplo, ¿obtendrán las empresas chinas de propiedad estatal acceso preferente a los contratos de desarrollo de infraestructuras? ¿El poder de influencia que el AIIB otorga a China sobre sus vecinos asiáticos alentará sus movimientos territoriales, en particular en el mar de China Meridional?

Aun así, la política de Estados Unidos en Asia se ha convertido en un «giro para alejarse de China», y esta postura presenta varios riesgos clave.

Pérdida de influencia económica y geopolítica en Asia. El AIIB está a punto de disponer de un acceso desproporcionado a las oportunidades de inversión y financiación del desarrollo, de rápido crecimiento, en Asia. El coste de oportunidad de no participar podría ser bastante elevado, tanto en términos económicos como geopolíticos.

La evolución de las infraestructuras asiáticas será un factor clave para posibilitar el crecimiento de la región. Participar en el fortalecimiento de los fundamentos de la región, como las infraestructuras, ofrece oportunidades; al fin y al cabo, se considera ampliamente que este es el siglo asiático. Cabe tener en cuenta que se prevé que tres de las cuatro mayores economías del mundo en 2030 estén en Asia; para 2050, la mitad del PIB mundial procederá de Asia; tres de los seis principales socios comerciales de Estados Unidos están en Asia, y un cuarto país asiático, India, tiene potencial para convertirse en el gran mercado emergente de más rápido crecimiento del mundo.

Ayudar a construir las infraestructuras de la región también es una forma poderosa de generar capital político. Seis de las nueve potencias nucleares conocidas están en Asia, y dos de ellas, Pakistán y Corea del Norte, son Estados muy inestables. Más al oeste, el tramo que va del sur de Asia al oeste de Asia plantea un desafío constante para la seguridad de Estados Unidos y de las fuerzas de la OTAN. Un posible avance diplomático con Irán podría cambiar la dinámica geopolítica y económica no solo en el oeste de Asia, sino también en todo Oriente Medio. Los principales aliados de Estados Unidos en la cuenca del Pacífico y en el océano Índico quisieran ver a Estados Unidos desempeñar un papel más destacado para contrarrestar las crecientes ambiciones marítimas de China. La capacidad de contribuir a diseñar inversiones en puertos y transporte marítimo, junto con una sólida presencia naval, habría sido una importante señal de compromiso con esa función de contrapeso.

Perjuicio para los intereses empresariales de Estados Unidos en China. Según el Consejo Empresarial Estados Unidos-China, China representa un mercado de al menos 300.000 millones de dólares para las empresas estadounidenses. Según algunas estimaciones, las empresas estadounidenses ya han invertido alrededor de 70.000 millones de dólares en China desde principios de la década de 1980.

Casi el 50 % de las empresas encuestadas por el Consejo Empresarial Estados Unidos-China declaró que esperaba un crecimiento de los ingresos de dos dígitos en China, cuando se realizó el estudio en 2014. Para un sorprendente 93 % de las empresas encuestadas, China figuraba entre las cinco prioridades principales; para el 22 %, era la prioridad principal. Otro 70 % afirmó que sus operaciones en China rendían igual o mejor que sus operaciones mundiales.

Las empresas estadounidenses conceden tanta prioridad a China pese a diversos desafíos, como la competencia con empresas chinas, la aplicación de los derechos de propiedad intelectual y las restricciones a la inversión extranjera. Dos tercios de las empresas estadounidenses creen que las condiciones de competencia no son equitativas y favorecen a las empresas chinas de propiedad estatal.

Algunas empresas, como Facebook, ni siquiera tienen presencia formal en China, y la mayoría de las empresas tecnológicas estadounidenses que sí la tienen afrontan enormes desafíos. Empresas como Apple y Cisco fueron eliminadas de la lista de proveedores tecnológicos aprobados por el Gobierno chino tras las filtraciones de Edward Snowden sobre el acceso de la NSA a datos de empresas estadounidenses de tecnología y comunicaciones. Además, citando al exdirector de la NSA, Mike McConnell: «Los chinos se han infiltrado en todas las grandes empresas de cierta importancia en Estados Unidos y han sustraído información». Un aparato de políticas estadounidenses más débil limita la capacidad del Gobierno de Estados Unidos para negociar con las autoridades chinas y ayudar a las empresas estadounidenses a operar en mejores condiciones.

Oportunidades perdidas para colaborar con China. El AIIB es solo la última señal de que China está dispuesta a colaborar con otras potencias mundiales para abordar grandes problemas globales. Pekín ha empezado a desempeñar un papel activo en la aplicación de tratados internacionales sobre cuestiones como el control de armas y armas nucleares —China forma parte del grupo internacional que negocia con Irán— y el cambio climático. China también ha comenzado a contribuir modestamente a las misiones de paz y a las campañas humanitarias. Se ha sumado a las patrullas navales internacionales contra la piratería frente al Cuerno de África e incluso ha empezado a ofrecer el uso de sus buques navales en misiones de rescate que involucran a ciudadanos no chinos.

China todavía está lejos de participar en los asuntos mundiales de una forma proporcional a su peso económico. Por ejemplo, en la reciente campaña contra el ébola en África Occidental, China aportó unos escasos 120 millones de dólares en ayuda y médicos, pese a sus desproporcionados intereses económicos y empresariales en África. En comparación, Estados Unidos gastó más de 1.000 millones de dólares en el ébola. Es esencial que Estados Unidos encuentre nuevas formas de colaborar con China en múltiples frentes y utilice su influencia para animar a Pekín a convertirse en su socio ante las crisis mundiales. El reciente acuerdo climático entre Estados Unidos y China es un paso en la dirección correcta, pero no basta.

¿Es prudente dar un giro para alejarse de China? Mi respuesta es un rotundo no. Como advirtió Henry Kissinger, si llegara a desarrollarse una Guerra Fría entre ambos países, esta «detendría el progreso durante una generación a ambos lados del Pacífico».

El plazo para incorporarse al AIIB ya venció. Es hora de cambiar de perspectiva y de que Estados Unidos y organizaciones como el Banco Mundial y otras encuentren la manera de colaborar con él.

Este artículo se publica en colaboración con Harvard Business Review. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Bhaskar Chakravorti es decano asociado sénior de Negocios Internacionales y Finanzas en The Fletcher School de la Universidad Tufts y director ejecutivo fundador del Institute for Business in the Global Context de Fletcher. Es autor de The Slow Pace of Fast Change.

Imagen: Clientes eligen productos en un supermercado de Lianyungang, provincia de Jiangsu. REUTERS/Stringer

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